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5.PALABRISTAS
Siento que la mancha empieza a aumentar ligeramente de temperatura. Voy acercándome poco a poco al corazón del asunto. La mancha me lo indica. Cierro los ojos. Todavía resuena en mis oídos la melodía que Cinnamon escuchaba esta mañana mientras trabajaba. Ofrenda Musical de Bach. La música permanece en mi cabeza como el murmullo del público en un auditorio de techo alto. Poco después, el silencio desciende danzante, empieza a penetrar en cada una de los pliegues de mi cerebro, como un insecto que desovara. Abro los ojos, los cierro. Se mezclan ambas oscuridades, voy separándome del receptáculo llamado yo.
Como siempre.
"CRÓNICA DEL PÁJARO QUE DA CUERDA AL MUNDO"
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Espero que puedas esperarme
Soy un micro humano caminando sobre un tibio jabón, ya estoy arto de escalar estas viejas zapatillas asfixiantes.
He de tener un trauma por el resto de mi vida, cuando de inconciente me atasqué en una toalla y entre sus hilos me perdí.
Será demasiado odiseoso llegar a donde pretendo, pero sin duda me esforzaré tanto que ya lo he de dar por hecho.
Espero que puedas entender, que este viaje es demasiado riesgoso, y si consigues un microscopio podrás leer estas palabras.
Podrás también entender, que este viaje ha de ser bastante largo, espero que puedas esperarme.
Escalaré unas zapatillas nuevas esta vez, me llevarán a mi destino, la ciudad.
Escuché hablar a esa persona, pude prevenirlo a tiempo, así es que mañana emprenderé mi viaje junto a él y sus zapatos.
Ha, llegaré de noche. Tal vez me quede en el centro a descansar, luego seguiré escalando zapatillas hasta llegar a ti.
Una vez que esté allí, reposaré en tu almohada y gritaré a tu oído lo mas fuerte posible, te diré quien soy.
Porque esta es mi maldición, y solo tú puedes librarla. Por eso te digo, madre, espero que puedas esperarme, como siempre lo has hecho.
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En su rosa, se alberga el sistema:
Ya no pretendo nada especial en mi vida,
Ya no pretendo nada especial en mi vida,
Creo estar partiendo desde hace tiempo a la eternidad.
Y si pudiera pensar en algo que a tiempo me anime,
Pensaría en ti, nada más que ya estoy cansado de vivir seriamente la vida.
¿Por que será que tanto me cuesta decir lo que pienso?
No ha de haber sueño que a la vida recompense.
Además, por que tanto alboroto, si la vida al fin nos mata,
Nadie piensa como debería pensar, nacer, crecer, vivir, morir.
¿Tanto nos interesa el poder que a la maldad orienta?
Maldad, bondad, si al final de cualquier modo moriremos.
Deberíamos disfrutar, esta vida de la cual salimos sorteados,
¿Creerán que es normal nacer, mientras que tantos minutos lo podrían haber evitado?
Entonces, ¿Podríamos decir que la vida es la suerte de nacer?
Yo sin duda lo afirmaría, mientras que el significado nos confunda,
Seguiremos diciendo, ¿Vivir, morir?, ¿Es así de simple?
Más tarde que temprano, el ser humano llega a comprenderlo.
No he de olvidar absolutamente nada, ni los besos de esta mujer.
Estarán pendientes las caricias de aquella otra,
Y viviré normal, viviré para morir de una vez por todas.
El día, que ya aproxima sus labios sedientos de agua,
No será participe de mi terrible y escalofriante ida eterna.
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Estupefacta frente a los impertérritos: (apuntes de mi vida cotidiana en el exilio) Es hora de recuperar mi capacidad completa para expresarme en mi lengua natural. Tanta voluntad puesta no solo en aprender otra lengua sino en "aprehenderla" ha logrado desestabilizar mi forma de escribir, mi organización de ideas, mi libertad de expresión. Y ya sabemos que las lenguas no son sujetos de derechos ni responsables de nada sino los que por sus propias cuestiones les atribuyen "poderes de redención" de no sé qué invento de turno que declaran ejercer.
Pero sigo observando y como no comulgo con lo de "mira y calla" que tanto ha calado en el pueblo mallorquín lo de ver pero lo de VER con mayúsculas me trae más de una incordia. Veo y luego pienso... o mejor dicho... veo, escucho, palpo, huelo, pienso y luego denuncio.
Lo de cultivar la sensibilidad es una tarea de locos en un mundo donde los impertérritos abundan, pero abundan de verdad, no es cuento. ¿Serán las drogas? seguramente un pequeño grupo de inconmovibles lo sean por estar bajo los efectos contínuos de algunas drogas pero no podemos engañarnos, ni siquiera con la generación Y. No ver, no enterarse, no reaccionar, ni tampoco accionar, no opinar, no moverse, permanecer en el anonimato hasta que convenga, en definitiva estar más cerca a ser un vegetal que un sujeto propio de nuestra condición humana.
Pero de tanto intentar ver me estoy quedando "ciega". De tanto escuchar barbaridades mis oídos se vuelven sordos y mi boca empieza a sellarse. No me gusta mi transformación. Sé que deviene supervivencia pero a costa de ¿qué precio?
Así que mi estupefacción es real, contundente. Y ahora silencio que aparece como un puente hacia otros lugares que espero sean más amables y menos contundentes. Añoro los puntos medios, los equilibrios alcanzados fuera de este espacio-tiempo. Todo es extremo aquí. Mejor callar, mejor no ver para no recordar. Me impregno de lo que más odio. Es el momento de gritar...espero que alguien logre escucharme. Cecilia Hadad (desde Mallorca)
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En el Conngo, la muerte mata a tiempo, pero avisa tarde. Burocracias
y autoridades se contienen, recrean y confunden; de manera que el
telegrama fatal puede recibirse años después del deceso, disipando las
sospechas, y diluyendo las anécdotas de esos conngolitos que, sin
saberlo, deberán devolver al silencio el todo de esa parte de su
existencia.
http://conngo.blogspot.com/
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Traficando emociones Traficando
emociones raras, de un amor postrado en mi piel. Me
aproximo lentamente hasta el manantial de agua sagrada, Para
beber un sorbo de vida, un poco de miel, en tu cuerpo, me hace falta. De
tus labios, las sombras de sentidos agudizados, calman mis latidos, Para
dejar abierto el vacío, un poco mas que lo que está, Calmando
el sereno grito de tus piernas, dejándose llevar, al abismo. Un
silencio testigo del sueño ambicioso, el sereno a plena luz, Las
cenizas de un par de cigarrillos cansados, muertos. Y
tu cuerpo reposando tras de mi, a pocos metros, solo. Soledad,
pues nunca y muerta desgraciada, por aquí no ha de pasar. He
de estar tranquilo entre tus brazos, descansando, hasta el final. Y
si pronto llegara a querer morir, en tus brazos deseara hacerlo, Porque
cuando estoy en ellos, el mundo muere de ansiedad. Llegué
a la fuente, llegué hacia el agua, llegué a la vida. Calmé
mi herida, sentí el sabor, de un cielo llano. Ya estoy con ella, ya estoy aquí, solo, solo y solo
con ella, solo
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Estoy tan vacío esta mañana de invierno…como si un hueco oscuro, como si una caverna insondable, se hubiera abierto en mi mente… aunque a lo lejos, en las profundidades de esa cueva, una minúscula fogata cuece alguna idea ingeniosa, que ojalá sirva para inventar un cuento. Me desperezo. Me froto los ojos. Recién son las seis de la mañana y por lo tanto me aseguro que no son sueños los que alcanzo a visualizar. Pero al fin y al cabo, los sueños, también pueden proveer de buenos argumentos… Pero no, definitivamente estoy bien despierto y contento de poder hallar un refugio, íntimo, acogedor, dentro mío donde se doren las ideas. Cierro los ojos. Me concentro y profundizo imaginariamente hacia ese sitio amable y calentito donde bullen los pensamientos creativos… Procuro, en la bajada, dejar la soga bien atada a la pata firme de la mesa donde escribo. Y me hundo, despacio. Cautelosamente. No sé por qué me siento casi desnudo pero sin frío, tampoco escucho los sonidos de la calle. Estoy deslizándome por la soga hacia abajo, con confianza. Distingo en el fondo de la caverna el resplandor de una pequeña hoguera, sobre la cual, un recipiente cuelga del vértice de tres palos unidos. Seguramente el guisado despertará algún misterio. De repente me detengo justo en un nudo de la cuerda. Observo la profundidad y alcanzo a ver sombras que se mueven alrededor del fuego. Tienen el mismo color oscuro de la fosa… Sigo bajando. Hace como diez minutos que decidí hacerlo y estoy entusiasmado. De repente escucho sonidos que provienen del fondo. Me aseguro que desde arriba nadie me llama, incluso me percato de que la luz de entrada ya está cerrándose, como una puertita redonda, que la confundo con una luna llena y lejana. Todo alrededor es oscuridad, dónde sólo alcanzo a ver un tramo de la soga tirante por mi peso. Me siento inquieto. Pero con esa inquietud vecina a la alegría, a la exaltación. Porque allí abajo está el destello de la fogata, que apenas me alumbra y me aguarda. Ya percibo los ecos con mayor claridad. Parecen voces humanas, sonidos guturales, ásperos, rudos, pero no son gritos. En mi prudente descenso las sombras se mueven. Noto que son personas y que tienen el mismo color que la oscuridad de la tierra. No son negros…son como veinte hombres ennegrecidos que me miran con asombro. Estoy a escasos metros. Noto que tienen la cara pintada de blanco. Parecen muchos más, porque la luz los multiplica en la pared de la caverna. Algunos de ellos tienen en sus manos unas varas de madera que distingo no tienen puntas, como las lanzas. Siguen mirándome con curiosidad más que con temor, mientras se mueven; bailotean alrededor de la luz impetuosa de la fogata. Percibo el aroma de la comida que se está cocinando, e invade apetitosamente mis sentidos. Hay humanidad en toda la escena, y por lo tanto misterio, incertidumbre. Continúo bajando por la soga con cierta perplejidad. Lentamente. Veo que los hombres no actúan con hostilidad pero sí con asombro, también vacilantes. No son todos hombres…desde un costado me examinan algunas mujeres sentadas y que no tienen la cara pintada, por eso tardé en distinguirlas. Los senos caídos y arrugados, alimentan algunas criaturas... De un salto caigo al suelo, en el preciso instante en que todos los allí presentes, en silencio, se quedan quietos. Expectantes ante el inesperado arribo. Yo sólo llevo un pantalón corto, por lo tanto mi palidez, de manera extraña, se destaca en la caverna iluminada. Todos, incluso las mujeres, están cubiertos con taparrabos de pieles, la desnudez restante, muestra el tono oscuro de sus cuerpos. Parecen cubiertos con hollín. Algunos, los más osados se acercan con lentitud. No percibo miedo ni agresión, sólo una curiosidad mutua que me tranquiliza. Uno de los hombres, con la vara sin punta, me toca el pecho porque cree que soy de luz, casi transparente. Claro, es por mi piel blanca, que se blanquea aún más por la claridad del fuego y el contraste… Me doy cuenta de la curiosidad del individuo, porque me lo comunica…pero no con palabras. Con su gesto. Con intuición… Frente al magnífico hallazgo yo me persigno y en esa seña se revela mi asombro. Como si el grupo hubiera comprendido da un paso hacia atrás. Entiendo que respetan mi desconcierto… No hablan, tan sólo emiten sonidos roncos, repetitivos, y por momentos parecen chasquidos. Me doy cuenta que se comunican con el presentimiento…Me inclino en el piso. Quiero demostrar mis pacíficas intenciones…pero ellos enseguida se dan cuenta, porque una de las mujeres, se incorpora. Con un cuenco recoge una porción del guiso humeante y me lo ofrece amorosamente, con una suave inclinación de respeto y una leve sonrisa. Le faltan algunos dientes. Todos los demás se sientan en semicírculo, frente de mí. Si hay algo que siempre me molestó es que me vieran comer. Por eso, de inmediato, todos bajan la vista y así compruebo que pueden entenderme fácilmente, aunque no les haya dicho nada. Si fuera antropólogo, con seguridad sabría quienes son estas personas…: Neardentales…Bosquimanos…Cromañones..? Con mis limitados conocimientos, entiendo que son hombres primitivos, olvidados en algún lugar de la prehistoria y que evidentemente conocen el fuego y cómo mantenerlo. Pero es extraño que no hablen…muy extraño para mí. Se me ocurre que en el origen de la especie humana, las ideas y otros contenidos psíquicos, eran transmitidos, sin la palabra hablada. El guiso, que tenía carne, curiosamente no sabía bien pero lo devoré hambriento. Decidí cantarles en un gesto de gratitud… Como no recordaba toda la letra, repetí varias veces la misma estrofa y el estribillo. Era una melodía dulce y muy simple. Los hombres abrieron los ojos con asombro y algunos de ellos conmovidos se estremecieron. Otros presos del hechizo de la canción, se incorporaron y mirando a la distancia, comenzaron a mover los brazos y manos como queriendo atrapar los sonidos dispersos y las notas musicales suspendidas…bailaban con movimientos cadenciosos y armónicos una danza dotada de una belleza inusual... De repente un niño lloró y enseguida fue alimentado por su madre. La caverna no era un espacio cerrado. Por el contrario, de ese ambiente central y amplio, se abrían las oquedades de varios túneles divergentes. A través de uno de ellos llegó un rugido tenebroso, que se multiplicó en ecos ensordecedores. Pensé que era de un Saurio gigante en busca de la presa ya que de inmediato, todos los hombres de mi caverna, huyeron despavoridos hacia el interior de otras galerías. Y yo asustado, me así de la soga y comencé a subir, rápido. Finalmente llegué agitado a la superficie de mi casa. Desaté y recogí la soga. Cubrí la entrada del túnel imaginario, con una alfombra. El sol ya entraba con tibieza por la ventana. Preparé el café, abrí el cuaderno y me puse a escribir un cuento.
Armando Rondelli
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Tres pájaros azules sobrevuelan la escena. Otros seres son mudos testigos: El sol de Josué sobre Gabaón bucólica; dos cisnes de nácar ornando el lago iridiscente; el agua, decepción de Heráclito, detenida en el tiempo; hacia el fondo la guardia pretoriana, insignificante, de los álamos. Ella se ve tímida; su cabeza, inclinada. Su apenas sonrisa adivina el impudor que brota desde el escote y quiebra el broquel de gasas rosadas. Él, núbil rodilla en tierra, la contempla y adora como a virgen que agoniza. Entre jubón y calzas, su virilidad pugna por salir de la noche desierta. La acaricia con la pasión de quien teme quebrar el cristal antes de hora. Asqueado de tanta tersura, el artista quiebra su paleta. Estalla la cursilería en astillas de azúcar. Vuelan por el aire terrones de tela. Los colores evadidos se confunden con los muebles, las paredes, la humedad, el atril, el lienzo en blanco, las manchas, la decepción, las deudas... Se tiñen de vida real. Terco, uno de los pájaros azules, el tercero, resiste. Juan Pablo Angelone (Rosario; 1967)
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Tomé delicadamente el bisturí, como lo haría con un lápiz, y tracé una línea recta, roja sangrante, perfecta, en la mitad del pálido abdomen que comenzó a abrirse en un surco amarillento, adiposo. Y luego incidí la aponeurosis. Enseguida el peritoneo, hasta llegar a la cavidad. Comprobé de nuevo, el misterio de los colores de las vísceras ante la presencia de la intensa luz del quirófano. Uno no pensaría que las tripas se mueven por sí solas y son grises, azuladas, ambarinas... De un tono inconfundible, cuando están sanas… –“¡Gasa!”-. –“¡Pinza de hemostasia…rápido!”- Mi ayudante cauterizó con premura el vaso sangrante. La grasa crepitó y de ese sitio salió humo –“¡Más relajación. Está muy tenso!”- le dije al anestesiólogo, que sudaba tanto como yo y que se esmeraba para disminuir la tensión de la pared muscular del enfermo. El aire acondicionado de la sala de operaciones no funcionaba. El calor era irritante… los cristales de los anteojos se opacaron de golpe, por el tufo del ambiente, por el hálito de ese abdomen abierto y por el vaho de mi respiración cubierta por el barbijo. -“¡Séqueme la frente, por favor”!- La enfermera, de inmediato, cumplió con el pedido: delicadamente con una gasa y como una caricia que se extendió hacia las mejillas. Hubiera deseado que continuara… Introduje mi mano, en el interior de aquella caverna abierta, hasta el codo, en busca de la dureza. Comprobé que el diafragma tenía un amplio y raro defecto congénito. Presentaba una grieta y parte de las entrañas se habían introducido en el tórax. Seguí explorando hacia arriba y con suavidad agarré el corazón con toda mi mano enguantada…me conmoví. La fuerza de los latidos vencía con vehemencia rítmica, fácilmente, la tensión de mis dedos. Era como tocar el alma… ¿Puede haber mayor acto de entrega de un ser humano a otro, que en el acto quirúrgico?...Preferí no pensar en eso. Ahí no había sitio para la poesía, ni para fantasías filosóficas…
Continué hasta localizar el tumor y extirparlo… Parecía benigno.
La cirugía terminó con éxito luego de tres horas....El último punto de cierre en la piel, lo dio el ayudante. El enfermo comenzó a respirar por sí solo, aún dormido regresa, felizmente, de ese limbo parecido al de la muerte. En el que no hay nada: Ni dolor. Ni pesadumbre, ni alegría. Ni sufrimiento. Ni sueños…Ni tampoco habría recuerdos…
Ya en la cama de la habitación, el dolor espantoso que intenta, vanamente mitigar el analgésico, ingresó a la conciencia, como si un sablazo en el campo de batalla, lo hubiera partido en dos. Y como si todo el abatimiento de una guerra ausente, oscura, mística, medioeval, le hubiera arrebatado la voluntad para seguir peleando. Se sentía débil. Vulnerable. Fatalmente ahora ya casi nada dependía de él…Sólo esperaba reponerse, y yo, con toda la fuerza de mi alma, curarlo.
Por Armando Rondelli
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Corazones, tripas y puñetazos
piropos, puteadas, desplantes
caricias sin guantes,
ni manos ni pies.
Cuando te dije “al revés”
entendiste “como antes”
de un antes, que antes
entendiste “al revés”
Esa luz que dejaste
en el vano de la escalera
ojala que no muera
vestida de payaso,
Y si llegado el caso,
la trama nos cruza de nuevo,
nada de nosotros propuse,
así que nada de mí, te debo.
Este recibo de acuse
no replica, ni justifica un ruego.
me niego a no ser el campeón
de este juego de manos ...placebo.
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Mitad de Una Clase: Prudente Hermandad del Justo Medio que a fin de mes con lo medio justo llegas. Augusta te sientes, a gusto te sientas con la clase que se robó tu otro medio y aunque no es justo, desprecias a los otros, los que ni medio tienen.
Clase a Medias: Engendras bienpensantes cuyas recetas perfectas del pensar aquí el ahora nos ahorran las molestias.
Clase a Tientas, cada tanto, aunque no sientas, hijos distintos te nacen. Cuando díscolos tus retoños se rebelan, reaccionaria te revelas, podríamos decir que te tientas. Eludiendo los llamados de la sangre, aludiendo que las clases son sagradas, poco lamentas, Poco Más que Una Clase, que esa parte de tu carne desangrada, en más, perezca. Juan Pablo Angelone
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Llora llora Gato sin ojos pues tus lágrimas son vertientes de agua bendita.
Ríe ríe Gato sin ojos los luceros no son más que embrujos no es más que Pitágoras. Ríete del Perro ríete de los Canguros que llevan atrocidades, ríete de los sables esos sables que están lleno de sangre post guerra. No se olvida fácil la guerra las almas quedan oscuras, sumergidas somnolientas sarcásticas de maldad.
¿Gato? ¿Estás deprimido? Estás moribundo Gato estás echo un corcho de pincel, pinturas, pinturas Holandesas. La Dalia tiene pétalos y la espina la arrastras en tu cola, yo lo sé Gato no me ocultes lápidas, los muertos ya están con flores de Dalia.
Sin soles se encuentra su soledad está matemáticamente analfabeta Es la soledad del Gato sin ojos
Fría es la porcelana es fría y parca mas ojos buscaste en el Jesús de mármol.
Grita Gato sin ojos grita calumnias grita pescados sin espinas grita sarcófagos grita sales desmerecidas
No te hundas Gato, no te encuentres sin papel busca tu libertad de parodias. (Hueles como chanchos Gato te estás pudriendo)
Chacras fue el ojo izquierdo el derecho fue, solo fue, la visión del mundo no esta derecha
Descomposición en las extrañas entrañas en tu vientre de cristal, Gato.
Las ranuras soplan ranas verdes de valor, trata de abrir la puerta de tu doncella Morte.
el unicornio está celeste y el Gato morado, es la vida injusta para vosotros
Ya casi no queda viento ya casi no queda respiración (el Gato no tiene ángel de la guarda)
No rebeles tu condición de animal ¡No! Solo vuela Gato la lechuza te prestará sus alas.
El Perro desangró al Gato sin ojos las Dalias cubrieron la tempestad las Dalias taparon la roña las Dalias tenían pétalos y el gato arrastró su espina en la cola-
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Trascurría la siestita soleada de un sábado otoñal. El rubio follaje de los fresnos alineados en el borde de la calzada, imprimían al paisaje una luminosa serenidad. El humo de hojas secas amontonadas y quemadas junto al cordón, se diseminaba por el barrio “La Tablada”, cargando el aire de un inconfundible encanto aromático. También la humareda de chorizos asándose en su propia grasa, contribuía a ese clima festivo y popular. Era un sábado típicamente futbolero. Alrededor de la cancha de Central Córdoba, se iba congregando la multitud entusiasta, para ver a su equipo, que prometía una victoria por goleada… La voz metálica y disonante del estadio “Gabino Sosa”, desde algunas cuadras a la redonda, encendía los corazones de la hinchada Charrúa, cuyo equipo jugaría contra Sarmiento de Junín quien peleaba, con poca esperanza, para evitar descender a la “C”. Entre todos los hinchas, que transitaban por esas calles aledañas rumbo a la cancha, no se distinguía a simple vista, por ninguna característica especial a Héctor Bianco, oriundo de la ciudad de Junín quien residía desde hacía varios años, en la ciudad de Rosario. Héctor caminaba con paso cansino, casi con el mismo desaliento que el demostrado, en las últimas fechas, por el equipo de sus amores infantiles. Nuestro hombre, curiosamente, había variado por diversos matrimonios, pero la terca fidelidad demostrada por Sarmiento durante su juventud, lindó los márgenes del fanatismo genético más insensato y colérico, que cualquier razonamiento humano podría concebir. Pero a decir verdad, aparentemente los años habían atemperado ese entusiasmo por su Club, hacia una simpatía romántica, como un estigma lejano, casi como un recuerdo de glorias pasadas, como cuando Sarmiento en 1980, ascendió a primera división, permaneciendo en ella sólo por dos temporadas… Hacía fresco y el solitario Héctor caminaba mansamente bajo el solcito, tratando de localizar alguna bandera verde de Sarmiento ondeando por las calles y de esa manera sentirse menos extraño entre el público local. Pero fue en vano. El predominio de trapos azules adversarios, le resultaba abrumador e intimidante. Al llegar al estadio, comprobó que había poca gente haciendo cola para adquirir las entradas. Se sintió afortunado. En el muro periférico de ladrillos repintados por la cal, se recortaban como minúsculas oquedades, los ventanucos enrejados de las boleterías. Héctor se acercó a una de ellas y con voz queda, solicitó una entrada “visitante” al expendedor que apareció, a los ojos de nuestro hincha, como una ratita escondida en el interior de su cueva. -¿Cómo dice?- inquirió el boletero estupefacto. Por lo que Héctor con mayor orgullo y desparpajo, exigió: -¡Quiero una entrada “visitante”!- - No, mi amigo. No hay disponibles entradas para la visita - retrucó el empleado. -¿Es que están agotadas?- indagó con extrañeza Héctor, quien llegó a pensar, por un instante, que todos los simpatizantes de Sarmiento ya se hallaban en el interior del estadio, ocupando la tribuna correspondiente. -¡No señor, no llegó nadie!- respondió el taquillero, inmutable tras las rejas. “¡Rata inmunda!”. Pensó Héctor, quien se sintió burlado con semejante aclaración. – Vea, amigo…desde hace un mes La Justicia decretó que no se vendiera entradas para la hinchada visitante- continuó el dependiente -…para evitar la violencia… ¿sabe…?- -Aaahh…- exclamó con tristeza y resignación el Hincha de Junín, quien obviamente desconocía esa normativa. A la que calificó en su pensamiento, como totalmente absurda. –Bueno…dadas las circunstancias, véndame una entrada local- dijo con poca convicción. -Tengo prohibido venderle, señor, pero lo haré como una excepción, sólo si me promete no hacer lío – Lejos estaba en Héctor la intención de “hacer lío”, de comportarse violentamente, sobre todo ante el evidente desequilibrio de fuerzas y soledad con la que se hallaría en el interior del estadio. Pero mucho más allá de esas razones, sus buenos propósitos, el sentimiento de fiesta que le animaba el interior de su espíritu un partido de fútbol, lo excluía categóricamente de cualquier acto de insensatez. –Está bien… Intentaré portarme como corresponde -. Mientras el expendedor le extendía el billete, Héctor le guiñó un ojo de manera jocosa y cómplice. Una vez que ingresó al estadio, comprobó que en realidad no había demasiado público en las tribunas. Existía, además poco entusiasmo por parte de la hinchada local…Se evidenciaba un clima pacífico y hasta reconfortante… Buscó para sentarse un tablón alto, algo apartado detrás de uno de los arcos, para evitar el bullicio y así poder gozar de la contienda deportiva, una vez que diera comienzo, dentro de breves minutos. Finalmente ambos equipos entraron a la cancha. Primero lo hizo el local. Una explosión de entusiasmo, expresados por los más fanáticos, impacientó inesperadamente, a nuestro hincha solitario. Pero obviamente se contuvo, sobre todo ante la entrada del conjunto juninense, donde nuestro amigo permaneció, aparentemente impasible. Pero dentro de él, sabiéndose el único simpatizante, una emoción recóndita e inesperada, se asomó con la presencia de una sentida lágrima… Sus gladiadores, definitivamente no se hallaban solos. El estaba a su lado. Acompañándolos inclusive, en esas circunstancias injustas y por lo tanto adversas. El partido desde que se inició, fue verdaderamente soporífico. Pocas intervenciones tuvieron los arqueros por lo que los goles aparecían como una ilusión lejana. Muchos fules y poco fútbol fueron lo habitual durante esa etapa del juego. El espectáculo deportivo distaba mucho de ser entretenido, al menos hasta la finalización del primer tiempo. Incluso la hinchada local, fue piadosa con los jugadores visitantes, por lo que nuestro amigo, no se sintió incómodo ni agredido. Durante el intervalo, Héctor bajó de su tribuna y compró una porción de pizza y un vaso de coca cola. Una vez reiniciado el juego, el partido tampoco brilló por su embeleso. Sin embargo, finalizando el encuentro, ocurrió algo que cambiaría el destino de los acontecimientos: Una falta ingenua dentro del área, por parte del defensor de Sarmiento, que los simpatizantes locales interpretaron como malintencionada, enfervorizó a la hinchada Charrúa, que comenzó con improperios y gestos agraviantes hacia el futbolista juninense, causante de la infracción. Incluso una morocha en sobrepeso, fumando un pucho, se acercó al tejido perimetral y comenzó a insultar al jugador de Sarmiento y, por las dudas, también al Juez… ¡Hijo de puta… Hijo de puta…! Actitud que incomodó, aunque de manera contenida, al único hincha visitante. Héctor Bianco percibía esos insultos como si fueran para él y lo que era peor para su madre que lo había parido y amamantado en la ciudad de Junín, a escasos doscientos metros del Club Sarmiento. Su integridad, entonces, pareció enardecerse en pos de una justa defensa…pero aquel heroico ímpetu, de consecuencias imprevisibles, fue dominado de golpe, apabullado por el silbato del árbitro, que cobró un penal a favor de los locales. Héctor pensó que esa sentencia inesperada, sin duda, hubiera podido ser atemperada, con el condicionamiento de la protesta de un público visitante. Pero ahora nada se podía hacer. El verdugo ya se encontraba frente a la pelota colocada en el punto blanco de los doce pasos. Si el penal era convertido en gol, Sarmiento de Junín descendía a la “C” como un oprobio inadmisible. Faltaban sólo dos minutos para la finalización del partido. Un silencio comparable al de un camposanto rural, de repente, dominó el estadio. La expectativa era generalizada. Héctor Bianco miró al cielo implorando a Nuestro Señor, el milagro. Se persignó de manera desprolija, mientras dentro de su pecho se alborotaban contradictorios, los latidos de su corazón…En un sólo segundo todo concluiría…Era sencillamente cuestión de vida o de muerte… El disparo, finalmente fue directo al ángulo izquierdo del guardameta, quien como una paloma mensajera de buenos augurios, voló y voló… hasta tocar con sus últimas plumas del ala enguantada, al endemoniado balón, que logró enviar al córner. Bajo los tres palos, el Semidiós, convertido en arquero, desvió el gol, imponiendo con firmeza deportiva, el derecho divino. Un aullido generalizado de las tribunas, expresó el fracaso por el gol ausente. Héctor Bianco gritó, pero a los oídos de los demás, el grito aspirado y mudo del hincha de Junín sonó como un lamento…nadie se percató que su llanto irrefrenable, consentía la emoción escondida, de la eterna felicidad... ARMANDO RONDELLI
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I
El rechazo es irremediable
¡Ya me estoy ahogando!
El miedo está presente,
de vuelta
protagonista
director
¡El miedo!
Muchos gigantes
cubren este telón
Están muchas las marionetas
sin sogas, que se sueltan...
y casi vuelan, pero...
no levita
no está el polvo encantado
solo arenillas
solo cortinas rojas.
¡Mi miedo es el teatro!
II
Los cisnes son la paz,
la paz pasiva de la flauta mágica,
en los lagos están los temores
sumergidos, a punto de soltar;
¡Ríe el monstruo del pantano!
¡Están maníacos mis tambores!
A veces se frustra este miedo
Está acobardado
es lechón
es dulce
es vino
es la triste correntada,
los peces ya son muchos.
De a ratos, solo de a ratos,
Aparece Pie Grande,
Calza bota; son de olvido.
III
El chasquido de la bota es marrón.
La realidad se volvió pantera.
La pantera se volvió nicho
¿Este miedo quiere ir al nicho?
Son muchos los leones,
son muchas las gacelas.
¡Oh miedo!
¡Oh pantera!
La pantera y el miedo 2
Es la casa la que me asusta,
es la casa que penetra en la poesía.
¡Es la casa de la poesía!
¡El poeta tiene miedo!
Están sin sinónimo mis derroches
de cosas rojas,
son cosas,
son la nada,
Por un instante...
casi se pierde el miedo.
Mauro Morgan.
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Esta soledad es bicho, solo la noche del bosque la puede comprender.
Los humanos no son peces. El mundo no es la mar.
¡Oh mandriles! ¡Oh Escarlata!
En la alcantarilla, Mi soledad es rata, Solo la mugre la empaña La leve brisa de estiércol La consiente.
Los humanos no son escorpiones. El mundo no es el tropical.
Esta soledad envuelve el costumbrismo de la miseria. Todo es desecho, todos edificios, y la mugre es oro, moneda corriente.
¡Oh puerto! ¡Oh dimensión!
Los humanos sí son gotas. El mundo sí es hambre.
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Es sábado por la tarde y estoy en un bar, leyendo el diario. Es otoño, pero el sol rosarino no se da por enterado. Hay demasiada vida por aquí. Un niño -¿o niña?- a quien no veo desde mi rincón casi oculto, ríe a los gritos y es feliz. Es otoño, pero el niño -¿o niña?- no se da por enterado -¿o enterada?-. Sigo leyendo. Me entero. En Italia es primavera, pero para Bruno el invierno fue demasiado. Su mente abierta resistió al rape. Su melancolía no se dio por enterada, pero la primavera suele reflorecer entre eternos retornos. Tal vez sólo fuera cuestión de tiempos, no de estaciones. Pero Bruno no pudo esperar. Bruno se suicidó. Celebran los machos camisas pardas, los transexuados de signori que fueron de a poco robándole la vida. Bruno tenía veinte años. Bruno era el nieto de Osvaldo Bayer. Bruno se suicidó, tenía veinte años y era el nieto de Osvaldo Bayer pero el sol rosarino no se da por enterado. Pido la cuenta. Ya no quiero leer el diario. Ahora quiero escribir. El mismo niño -¿o la misma niña?- a quien no veo desde mi rincón casi oculto, sigue riendo a los gritos, sigue siendo feliz, sigue viviendo de a poco la vida. La risa de ese pendejo -¿o pendeja?- es insoportable. Por Juan Pablo Angelone 10 de mayo de 2008
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Por Juan Pablo Angelone
Es sábado por la tarde y estoy en un bar, leyendo el diario. Es otoño, pero el sol rosarino no se da por enterado. Hay demasiada vida por aquí. Un niño -¿o niña?- a quien no veo desde mi rincón casi oculto, ríe a los gritos y es feliz. Es otoño, pero el niño -¿o niña?- no se da por enterado.
Sigo leyendo.
Entonces me entero.
En Italia es primavera, pero para Bruno el invierno fue demasiado. Su mente abierta resistió al rape. Su melancolía no se dio por enterada de los eternos retornos de la primavera.
Bruno se suicidó.
Bruno tenía veinte años.
Bruno era el nieto de Osvaldo Bayer.
Bruno se suicidó, tenía veinte años y era el nieto de Osvaldo Bayer pero el sol rosarino no se da por enterado.
Pido la cuenta. Ya no quiero leer el diario. Ahora quiero escribir.
El mismo niño -¿o la misma niña?- a quien no veo desde mi rincón casi oculto, sigue riendo a los gritos, sigue siendo feliz.
La risa de ese pendejo -¿o pendeja?- es insoportable. 10 de mayo de 2008
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Independientemente de la calidez de un roble o la frialdad de las soldaduras sobre las barras de acero, en toda noche hay camas que almacenan montoncitos de incómodas posiciones. Su contenido más que indeseable se expresa en el dibujo sobrecargado de ornamentos y firuletes que las sábanas marchitas exponen con orgullo (o sin demasiado orgullo) tras el salto presuroso y sin modorra con que se sepulta la noche. Una calavera o una silueta de hombre descansando, cruzada diagonalmente por la consistencia de un pliegue de sábana a modo de un simbolismo donde fácilmente se puede leer “Prohibido dormir”. Leer los pliegues de una sábana por la mañana es como leer la borra del café. La incertidumbre que por la noche se nos presenta ante la lisura de una suave sábana, comienza a resolverse con el paso de las horas nocturnas y a plasmarse por la mañana en su todavía suavidad o en su rotunda aspereza.
Hay una campana que suena en la noche con un sonido pesado, que atraviesa niveles de oscuridades. No conté las campanadas, no me hace falta para saber que son las tres. Un auténtico desvelado que sepa desempeñarse correctamente en su cargo no puede ignorar los segundos que ahora mismo pasaron de las tres (con éste ya van tres. Sin intenciones de parafrasear). No podría explicarlo, pero raramente comienzo a sentirme observado. Presumo la mirada de Roberto Arlt, fiel a sus costumbres, con sus Aguafuertes en mano, posándose en mi ventana que delata un velador encendido y un improvisado cenicero de papel, sobre poblado ahora y desbordado.
Leer las líneas de la sábana como se lee una mano fatigada, hastiada del roce con las actividades diarias, cansada de negar, de atar cordones y desprender tachuelas de los zapatos, de abofetear sin el menor temblor el rostro corporizado de la prisa. Emparentarse con un paréntesis donde poder entregarse sin mostrar los nudillos, sin súplicas y sin frió sudor (como esta cama inmóvil- pensé agobiado de tristeza- reteniendo espesos líquidos). Palma desprovista de caricias, sumisa. Acatando dócilmente la sátira de la limosna.
La imposibilidad de desobedecer al insomnio me sofoca. Su insalvable rigidez. La imposibilidad mas grande de en ciertas ocasiones estipular una cita en un horario puntual. Permaneceré recostado con La nausea a los pies de la cama, como un gato maltratado de una vida, que me acompaño en mas de siete. A mi lado un cuerpo se ausenta. El mío que poco sabe de apariencias, perfectamente distribuido disipa esa impresión, ocupando terrenos recientemente conquistados, asumiéndolos como baldíos. Los parpados enormemente arremangados, los ojos agrietados (también el techo), ahora los parpados se pliegan, hasta deformarme el rostro se fruncen y exprimen a un reseco limón ocular.
Y en el hastío de una sábana enredada entre las piernas algo más que gratificante es ponerse a calcular las coordenadas y latitudes donde situar el infaltable perro que con bravura se debate contra el silencio de la noche. Pero seria absurdo porque esta noche no es como todas las demás. Y la bestia de la cola entre las patas, lustradora de zócalos, hoy tiene carraspera y pidió licencia.
No sé, no puedo explicarlo y vuelve a aparecer esta incertidumbre, una curiosidad que tiende redes en las turbias aguas de la noche. Tendría que verificar si hay algo dentro de mis zapatos, debajo de la cama, debería revolver la lata de las galletitas para ver si hay en el fondo algo que no sea galletitas. Un bello poema de Macedonio Fernández por ejemplo, o una lentejuela de color verde que se desprendió de un pantalón que a los seis años usé en un acto escolar. Y ahora poner el freno. Detener esta gama de delirios. Espero que la claridad del día borre todo esto que imagino escrito en el cielo raso. Si alguien lo llegase a leer podría pensar que verdaderamente estoy loco. Luciano Pamucio
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SALIÓ corriendo la Utopía huyendo de la Realidad. Sus pasos parecían firmes y seguros pero su huída era una huída desesperada y sin control. A cada paso que daba la Utopía la Realidad daba dos más. En su afán de no ser alcanzada la Utopía buscó ayuda. Fue así como se encontró con un banquero pero éste, preocupado por la bolsa y las divisas, interesado de interés y capital, ni siquiera la escuchó. En su atropellado caminar la Utopía se encontró con un clérigo que al principio puso interés en escucharla. Parecían hablar el mismo idioma aunque a veces no se entendían. Y es que la vida espiritual de la que hablaba el sacerdote no era la misma que la de la Utopía. Su vida era una vida que después de la vida se construía con los cimientos de una fe en la que ni el mismo clérigo creía. La Utopía siguió huyendo y fue entonces cuando se encontró con un político al que la Utopía reconoció enseguida. Ambos, en un tiempo pasado no muy lejano, habían caminado juntos y cogidos de la mano. Pero terminada la campaña electoral y cuando aquél consiguió el status que buscaba, la Utopía volvió a quedarse sola. Y el político, creíble y diplomático, le dio la espalda. La Utopía también se encontró con un hombre. Un hombre que fue adolescente. Un adolescente que fue niño. Y ese hombre al que la Utopía ilusionó de niño y también de adolescente, ni siquiera la saludó porque no la conocía.
Al tiempo de ser alcanzada por la Realidad la Utopía se encontró con un poeta, atropellado de versos e indómito de sueños incurables. El poeta parecía distante, pero cuando la Utopía se detuvo a hablar con él éste la escuchó. Ambos se entendieron y se saludaron porque ambos se reconocían. Y vio la Utopía que con el poeta se sentía segura. Al oir llegar a la Realidad la Utopía se escondió. La Realidad se detuvo ante el poeta y le preguntó si había visto pasar a la Utopía. Pero ni el poeta entendía a la Realidad ni la Realidad se entendía con el poeta porque a lo que la Realidad llamaba Utopía era la realidad del poeta. Y cansada de ese mal entendimiento la Realidad se tuvo que marchar. Fue entonces cuando la Utopía se metió en el cuerpo del poeta porque sintió que ese era su verdadero hogar. Es por eso que los poetas saben tanto de sueños y los sueños se llevan tan bien con los poetas. AMADO STORNI
Biografía del autor Leer más
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Quien siembra vientos
(dice un viejo refrán)
cosecha tempestades
que será de los torpes
que arrojan la semilla
del odio
claramente sencillo:
cosechan soledades
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