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5.PALABRISTAS

El Flaco de las manchas

Por Buqui Vatalaro - 31 de Diciembre, 2009, 14:09, Categoría: 5.PALABRISTAS

Primera Mención Especial en el Concurso Literario de la Asociación Literaria


El Flaco de las manchas 

El Flaco de las manchas se llama Alberto, toca el bandoneón y pinta cuadros. Es todo un artista. Tiene el aspecto de un hombre melancólico, de un romántico peregrino de mundos lejanos. Tan lejanos como Finisterre. ¿Cómo es posible que a la vera del Paraná aún siga recordando sus rías? Como artista, siempre puso el acento en la autonomía de su obra con respecto a la vida. Con él entra en la pintura la exótica fascinación, la pincelada justa, el sentido del color y el matiz esencial. Hace el admirable ejercicio de una sobriedad y un dominio de sí mismo casi estoicos. Y sé que no estoy errando el tiro. También sé otras cosas, sé que cuando llegue el día en que deje de soñar con el paisaje verde de Galicia, el Flaco retornará a la risa. 
No hace mucho lo encontré en su atelier la tarde que pintó tres barcas amarillas y no tuvo mejor idea que amarrarlas al recuerdo de una escollera de Calvo Sotelo. En cambio, al asma de su fuelle le pone paños en el pecho… ¡Ay, su fuelle!, un rezongón en la noche.
— Uno está tan solo en su dolor— masculló, parado sobre el escenario ramplón de un vetusto cabaret.
Alberto no puede olvidar el ayer. Es un fanfarrón entre cuatro paredes, supo estar unos años guardado en un bulín de la calle Canalejo de la ciudad nueva de A Coruña, donde se ufanaba por aparentar ser un taita embajador de mil raleas suburbanas. Por entonces, su Rosario natal no era más que una ciudad confinada en un país allende los mares del sur. Entradas las tardecitas, trepaba a las tablas del Jofre de Ferrol para llamar con su instrumento a los feligreses del Cantábrico y, cuando estaban a sus pies, les hacía escuchar un réquiem de tangos alucinantes. En un cortejo entrañable de mimos, su bandoneón macho argentino se codeaba con las bandurrias, las gaitas y las panderetas. Entonces, todo era baile y zapateo. Era el momento de alimentar su fantasía: el Flaco alucinaba con treparse al Rosalía de Castro.
Tarde se acostaba a dormir. A la mañana se calaba la boina en su afán por abrigar las ideas y a las once salía a caminar hasta el Ayuntamiento de la calle Sol. Eso sí, antes que llegara el mediodía el Flaco siempre acertaba a encontrarse con algún que otro artista —trasnochado como él— para consagrarse a compartir sus aceitunas en oliva y beber juntos un Conde de Valdemar en el Dublin. A la una en punto, por arte de magia, aparecía el vendedor ambulante a ofrecer pipas y cigarros en la esquina. Era el anuncio que la hora de almorzar estaba cerca. Entonces el Flaco, ni lerdo ni perezoso, ordenaba pulpo a la gallega o callos, o percebes con una copa de alvariño. Avanzada la sobremesa, se quedaba en solitario garabateando un recuerdo en la servilleta a esperar que las mariscadoras de la tarde arrancasen los primeros mejillones entre las rocas. Las pobres diablas, poco a poco, iban tallando garras en sus dedos. Él las solía pintar sentado en un sillín a la hora que el sol encendía los colores del horizonte que más le gustaba capturar. 
— De la costa gallega sale el mejor marisco — repetía el Flaco, algo nervioso por el reencuentro, la tarde aquella que esperé ansioso que sus dedos desataran el nudo de un fardo de telas arrolladas que trajo de España. Dejó que eligiese una para llevar a casa. Me gustó la marina del Puerto de Lorbé, que hoy luce sobre la chimenea de la sala. 
Se le dio por contar la vez que un grito encendido lo despertó una madrugada. ¿Un grito encendido?, me pregunté. Entonces allá, en aquellas tierras lejanas y como lo haría un Quijote antiguo sin adarga, en un lugar cuyo nombre siempre quiso recordar, el Flaco se asomó al balcón de su piecita para escucharlo mejor. Encendió un Winston, puso sus ojos sobre la estrella del sur y fumó. Para él, el grito fue igual a un orfeón de mil gargantas argentinas coreando su nombre. Parecían voces dadas a quedarse suspendidas el tiempo que fuese necesario, y hasta que decidiese regresar, en el aire espeso de una españolísima noche fría y sola de A Coruña. Entonces, Dios —que a veces sabe lo que hace— se apiadó de él y comenzó a llamarlo también, raspándole los oídos con esa música centenaria que vive y muere en cada barrio de Rosario: el tango.
Al fin, el Flaco cayó seducido por la espectral bandoneonía de un antiguo café de Pichincha, entonces se encogió de hombros y volvió, como Carlitos, con la frente marchita. Y así fue como renunció al festejo de la noche de San Juan; se resignó a no saltar más las hogueras en la playa para ahuyentar las brujas en los rituales, al grito de: ¡meigas fóra, meigas fóra! y desistió de humedecerse el gañote con su enésimo calimocho. Porque al Flaco —yo sé— la música celta y las muñeiras lo llaman todavía y la gaita de Carlos Nuñez le sigue chistando al oído en los atardeceres.
El balcón de su piecita fue testigo. Apagó la colilla en una maceta y decidió pegar la vuelta para escabullirse —como lo haría un pistolero o un pirata— entre los compases de un disco de Pugliese con ruido a púa, como aquél que copaba la parada en los intervalos sabatinos de los continuados de acción del Sol de Mayo. Y como si fuese poco, las milongueras fusas de violines que hace cien años usurpan el pañol del Teatro El Círculo, también lo volvieron a la realidad. Al principio, el Flaco se resistió a creer que estaba de regreso en su barrio. Cuando cayó en la cuenta que España había quedado lejos, recién entonces dejó rodar una lagrimita. Pobre mi Flaco querido, más de una vez resonó en su cabeza la Batalla de Flores, la romería pagana de Os Caneiros o el globo de papel de Betanzos. Es agosto y en Rosario hace frío, ¡justo agosto!, el mes que se celebra la Fiesta de María Pita en el verano de Galicia.
Sin embargo y a pesar de todo, Alberto prendió fuego a su confianza y, al fin, se iluminó. Ahora pinta sus madrugadas tocando un dueto de pincel y bandoneón en su ciudad, conmigo y con su gente. El fuelle y la paleta, que ya no son peregrinos, le suministran propinas tramposas para algún que otro lujo baratieri que le quitan, poco a poco, la sempiterna mufa que acompaña su tristería Y hablo así porque lo conozco.
— ¡Flaco, tocando el bandoneón parecés un gallego! — anoche alguien le gritó desde el fondo de la milonga de la calle Ovidio Lagos.
Entonces, al Flaco se le dio por recordar y se sentó a la mesa. Por un rato pensó en su bulín de A Coruña con aroma a mar y en el botafumeiro de la Catedral de Santiago de Compostela donde tantos sábados tornara a visitar al Santo dos Croques para pedirle el favor que le conceda un corso en contramano.
Pero ya nada de eso importa, ahora le mete colores al tango y lo ejecuta como pocos, o como muchos, yo qué sé. Orgulloso y embalao, exuda aroma a óleo. Anda por la vida paseando su conciencia por Echesortu… o por Arroyito. Y allí, sobre las piernas milongueras de una mujer que baila, deja las huellas perennes de un arte pictórico tan protuberante y fatal como las “pálidas rubionas de un cuento de Tuñón”. El norte de España no se olvida. Está presente en cada trazo, en cada pincelada de barcos y obreros, de sol y de playa… de mariscadoras. Digo de él que es pura pasión. Sus esperanzas lo convidan a subirse al para-avalanchas de la popular de Regatas y quedarse allí como un ángel en cueros, haciendo equilibrio.
El Flaco persevera. Sigue siendo un noctámbulo hacedor de veladas madrugonas. Y lo hace casi sin darse cuenta, el muy astuto finge ser un señorcito gallego pero es más rosarino que yo. A nadie puede engañar con su boina. Y cuando toca el bandoneón, o no lo toca —qué sé yo si lo toca—, lo acaricia y lo azota, se parece a un extravagante ventrílocuo que lo hace hablar a su manera para que diga sólo lo que él quiere escuchar. Se sabe un héroe y saca provecho. Por eso en los escenarios le cura el jadeo al instrumento interpretando melodías arrabaleras de un viajero clandestino o de un polizón a bordo de una ajena sinfonía para bandoneón y orquesta. Al chistarle los dedos, el Flaco los ensambla. Entonces respira hondo, deja de lado la fanfarronería, cierra los ojos y mece la cabeza sobre el encarnado fuelle y toca, toca como tocarían los dioses paganos en un olímpico carnaval de funeralas.
Cierto que no entiende de cursilerías. El Flaco es un virtuoso en chancletas a quien le da lo mismo ir arrastrando los pies por la Calle Real o por Avenida Pellegrini.

Buqui Vatalaro

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Imagenes que hablan

Por Monica Lehmann - 14 de Noviembre, 2009, 13:23, Categoría: 5.PALABRISTAS
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Dioses y milagros en la TV

Por Berta Temporelli - 5 de Noviembre, 2009, 20:38, Categoría: 5.PALABRISTAS

La mujer del barrio toba denuncia,  en los alrededores venden droga, quiere que los encierren,  les están vendiendo a  los chicos y no quiere que sus hijos…
De pronto la nota se interrumpe. El acontecimiento trascendente merece toda la atención y se transmite en directo. Se inaugura el casino y ha llegado la madrina que entre resplandores de flashes hace su entrada. El público la rodea, la apretuja. El locutor no escatima elogios. Es que la reina del rating  es la estrella exclusiva del canal.
Las cámaras la toman de cerca. ¡Epa, no tan cerca que no hay photoshop!  Se quita el bolero de piel. Vestida de negro, (se supone que hace más delgada), se menea como vaca en la Rural. Sus labios re-rellenos de colágeno no dejan de sonreír.
El locutor, que continúa halagando la simpatía de la diosa de la tele tilinga, visiblemente desbordado por el caos, en un momento dice algo así como..."es que a pesar de todo, Susana"…
¿Qué habrá querido decir? ¿Que a pesar de tener la mentalidad más retrógrada que el dinosaurio que ella creía vivo,  de que  le importen un carajo los Derechos Humanos y quiera la pena de muerte, Susana sigue siendo simpatiquísima?…(Noticiero de Canal 5 de Rosario: 15-10-09)
Sin duda era la nota más importante del noticiero de la noche. A quien puede interesarle que la madre toba no quiera que sus hijos se conviertan en adictos.

Salimos a tomar un café, a pasar un rato agradable, pero  en el bar tienen el televisor sintonizado en ese canal y no  podés pedir que cambien el programa, te mirarían como si el personaje de "La metamorfosis" hubiera tomado vida.  
Al principio no miramos la pantalla, o lo hacemos sólo de soslayo. ¿Qué se hizo de ese muchachote comentarista de deporte al que todos gastaban bromas? Ese que hasta podía resultar simpático cuando comenzó a conducir su programa, hasta que empezó con las "joditas".
Aprendió que hay algo que  genera más ganancias que ponerse un alfajor entero en la boca,  descubrió qué es el rating y cómo lograrlo.
"En un apartado pueblito del interior de Jujuy hay una escuela bilingüe muy pobre en recursos a la que concurren más de mil alumnos, muy humildes, el personal es muy abnegado, todo es muy"…
Nos enganchamos en el tema. El documento conmueve, que joder, nos toca de cerca  esa dura realidad.
El conductor lo presenta serio, luciendo barba recortada y vestido de traje negro. A su lado  Silvina Luna, con minúsculas prendas de vedette, su esbelto cuerpo cubierto de gibré, se muestra visiblemente emocionada. Él  no es otro que Marcelo Tinelli.
De pronto aparecen en vivo los chicos descendientes de pueblos originarios, los de la escuelita pobre de Jujuy, la directora, la cocinera. Lernner interpreta una canción que habla de la injusticia. Los niños lloran, los grandes lloran. Silvina Luna semidesnuda tambien llora, se enjuga las lágrimas ¡Cuidado, que no se  corra el rimel! Es que después tiene que "bailar por un sueño", el de  aliviarles un poquito la pobreza a los chicos de Jujuy.
Y aunque ustedes, intelectualoides, escépticos detractores del Dios Tinelli no lo crean, él llora. Es que la injusticia social eleva al máximo los puntos del rating.
(Programa transmitido durante la última semana de octubre).

Y ya que andamos por Jujuy...La misma semana, en el programa 678, por Canal 7: ¿Qué le parece Milagro? Pregunta la notera a  paqueta señora. "Una cucaracha" responde la habitante de distinguido barrio de la Ciudad Autónoma de Buenos. Aires. "¿Usted conoce la obra que realiza, los comedores que mantiene?", continua  la periodista. "No conozco la obra, no me interesa, para mi es una cucaracha", reitera con firmeza la señora.
Se refieren a Milagro Sala,  una mujer de rasgos aindiados y tez morena. Vive en San Salvador de Jujuy. Ella supo desde pequeña que es la miseria, la degradación. "La Milagro" como la llaman en el barrio, decidió organizarse, crear instrumentos, formarse y formar compañeros para luchar con dignidad contra la injusticia social desde la agrupación barrial "Tupac Amarú".
La señora, que seguramente salió con su cacerola el año pasado, probable  devota de San Cobos o  miembro del Club de admiradoras de de Ángelis, que hasta pudo llegar a conmoverse con el programa de Tinelli, ya tomó partido frente a Milagro. No se puso en el lugar del otro para analizar la situación  de los habitantes de la villa en Jujuy, ni discute las formas de lucha de Milagro.  Ella la juzgó por sus rasgos, su color de piel, su condición social. Para ella es sólo "una cucaracha".
Pero esta mujer de rostro moreno, a la que algunos medios la quisieran estaquear para que la opinión pública la descuartice, aprendió que a ella y a su pueblo no los van a salvar los dioses como Tinelli  ni los  milagros, ella sabe bien quien salvará a quién…

Berta L. Temporelli 

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Taller de niños “LITERAPIA”

Por Rosario Escribe - 16 de Octubre, 2009, 16:50, Categoría: 5.PALABRISTAS

Para “Rosario escribe” taller de niños “LITERAPIA”
Coordinado por Silvia Florentino

A WALT WHITMAN.
Ninguna persona en el mundo debe vivir en silencio.
Si alguien toca el libro de Whitman lo está tocando a él.

A KAVHAFIS
Los días son como velas encendidas, doradas,
que al ras del tiempo
pasan rapidísimo.
Apagándose.
                                            Autor: Gino Corubolo

MÚSICA DE LA NUEVA ERA.
La tierra redonda
como una naranja
con ríos, océanos y mares. Llena de animales sufriendo y catástrofes
pero, luego va a venir la nueva vida.
                          
                            Autor: Gino Corubolo


¿Qué hay dentro del alma?
Los poemas no te salen de la nada, te salen de adentro, nuestro corazón y de nuestra alma.
Cada uno tiene sus sentimientos, pensamientos y emociones.
Somos átomos y los átomos no se dejan llevar por el  peor error: el“silencio”

               Autor: Gino Corubolo
              

COPLA
Un perro caminando por la vereda
se chocó con un gato,
el gato al correr
se estampó contra un árbol.

A  WALT WHITMAN
Amigo: nunca voy a olvidarte;
porque vos sos como un hombre vivo para toda la vida.
Cuando decís que te toco y vos me agarrás a mí,
tenés razón,
tenés razón en varias cosas :
- me tienes a mí, yo te tengo a ti
- me adormecen tus dedos
- tu aliento me llega como un rocio
- soy como algo incorpóreo...

POR: Bruno  Corubolo


CUIDEN A LOS DELFINES
Cuiden a los delfines:
unas bellezas con vida.
Traten de no contaminar el mar
por la vida de los peces,
y especialmente
por los delfines.
¡cuiden a los delfines!
Si le van a dar de comer,
denle comida de verdad.
Trátenlos como personas,
 porque son como nosotros.
A nosotros ellos no nos tratan  mal
 y creo
 que son la mejor especie del mundo.
Es el único animal que articula más sonidos que nosotros.
 ¡Nos deberían importar mucho!.
Los delfines nos dan sentimientos.
No lo hagan llorar ¡por favor!....

A TODO EL MUNDO
                           Se lo dedico a todo el mundo porque necesito y quiero que lo lean en todo el mundo         en: Asia, África, Europa, América, etc.
No dejes que la vida te deprima.
Podemos expresar la verdad y
los sentimientos.
Podemos vivir la vida con amor,
esperanzas e inspiración.
Nunca, nunca debes ocultar tus sentimientos;
Y como dijo Walt Whitman,
el peor error es el “silencio”.
Las ilusiones y los sueños,
Pueden, ser verdaderos
se pueden cumplir.
Y con todo el alma,
podemos lograr lo que queremos y con amor
más, las únicas fuerzas más fuertes son,
el alma, las esperanzas y el amor.
Nunca te rindas con un obstáculo,
puedes dejarlo pasar con las esperanzas,
el alma y la fuerza más grande:
El Amor
Carta a mis queridos amigos y amigas delfines:
Son fantásticos amigos, son como mis amigos humanos. Son preciosos, adorables, son todo en mi vida. Son grandes, tiernos y su método de  hablar es hermoso. La gente que pesca con redes ¡tengan cuidado con los delfines! ¿Por qué? Porque atrapan a peces, pero por equivocación se agarra a un “Delfín”. Déjenlos ir al agua para vivir la vida ¿por qué los lastiman? Ustedes son libres de vivir y son muy genios porque tienen los sonidos distintos, son los animales más genios del Reino Animal. Bueno me despido, me quedé asombrada con ustedes. Bueno, chau, besos, nos veremos otro día.
Autora: Sabina Rossi 10 años

Taller “Literapia” Coordina : Silvia Florentino
“DIALOGO ENTRE WALT WHITMAN Y ALEJO”:

WHITMAN : Alejo, no  acabes tu vida sin efectuar un trabajo hermoso en la existencia, como yo .
ALEJO: Gracias, Whitman porque en tu existencia nos enseñaste a entender ,escribir…soñar y a hacer los bellos sueños.
WHITMAN: Yo soy tu amigo.Nunca me olvides, sos un buen lector Alejo. ¡Gracias por leerme!

Autor :Alejo Dana  10 años
Taller “Literapia”
Coordina . Silvia Florentino


Amados amiguitos delfincitos:  
                                                  Ustedes son tan bonitos, bellos, juguetones. inquietos. Como son tan bonitos nos da tristeza escucharlos porque…verlos nos encanta.Son tan maravillosos, excelentes. Como son tan maravillosos los queremos. Excelencias, maravillas que  Gaia nos da…
                      
Autor :Alejo Dana  10 años
Taller “Literapia”
Coordina . Silvia Florentino

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EL CANTO DE LA HECHICERA

Por Por Juan Pablo Angelone - 10 de Octubre, 2009, 20:03, Categoría: 5.PALABRISTAS

     Sucedió en los tiempos míticos, hacia el año I antes de las Dos Centurias. Ai-dé, la hechicera modesta y misericordiosa que encantaba a los hombres con su canto, se durmió en la paz de los perdones para no volver a abrir sus ojos cobrizos. Cinco Euterpes la elevaron hasta la Residencia de los Muertos. Su alma robusta llenóse de gozo al encontrarse frente al portal celestial.

     Un arcángel cazador, de esos que no perdonan ni a los niños que cultivan rosas en los asteroides, se interpuso entre la modesta y misericordiosa y el portal.
-¡Vos acá no entrás, negra sin sal! -sentenció el arcángel, blandiendo una lanza flamígera- ¡Me dijeron que sos comunista!
-Pero m´hijo -se defendió la hechicera- Si yo creo en Dios...
-Nada, nada -insistía el alado sin sexo.
     El alma de un sarraceno de barbas generosas, artera, alevosamente asesinado por cruzados que poco tenían de caballeros, intercedió ante ella como alguna otra vez, cuando ambos eran alma y cuerpo.
-Pero vea, don arcángel... -argumentó- El canto de esta mujer no es como el de esas sirenas rubias que arrastran a los navegantes a la perdición. La voz de Ai-dé es bienhechora, es nodriza del joven y el anciano, es como el arco iris que conduce del dolor a la belleza, es una Babel en la que el don de lenguas hermana a los hombres...
-Nada, nada. Acá esa negra no entra -insistía el alado sin orejas.

     Y cuentan que entre muchos de los muertos fue grande la indignación por la dureza del arcángel, y que estalló el cielo en ruidos de cajas y tambores. Y se dice que el ánima de una mujer de allende las grandes montañas, cuya evocación suena a color y a vino, sumó su alegato al del sarraceno. Y hasta el mismo Atahualpa, sabrá Dios o Viracocha cuál de ellos, sacudió cuerdas y tristezas en favor de la hechicera.
     El arcángel, septuagésimo sexto descendiente de una dinastía de desangradores del carmín, accedió a regañadientes.
-Está bien, negra. Podés pasar -dijo, confundiendo mestizaje con negrura. Los que ven la vida desde el prisma de las razas poco entienden sobre colores- Pero te dejo entrar con una condición. Vos entrás, pero tu canto hereje se queda afuera
     La hechicera, que tan bondadosa como pícara, había pasado casi toda su vida terrena burlando a los desangradores, fingió obediencia, como otras muchas veces, como otras muchas voces.
-Está bueno, m´hijo. Vos sos el que manda.

     El portal celestial abrióse de par en par y la hechicera entró a reunirse con los muertos. Su apenas velada sonrisa era el espejo de una última gran picardía.
-Arcángel zonzo -pensó- Vos te pensás que yo sacrifiqué mi canto para entrar al cielo pero yo no resigné nada.
     Y así había sido, pues, porque el canto de Ai-dé no se había elevado junto a ella en la hora final sino que había quedado en su madre tierra, la que lo había amamantado después de guardarlo durante nueve lunas. La voz terrena de Ai-dé era ahora polvo, sobrevolando cumbres junto a los cóndores, era brisa silbando al compás casi opaco de un río calmo cuyas aguas acarician los muelles de un gran puerto, era caña de azúcar de un dulzor pocas veces gustado. Entre los vivos, nomás, quedó su canto.

     Cuentan que el Supremo Creador admiraba en secreto la voz de la hechicera. Más de una vez, mientras Ai-dé habitó entre los hombres, descendía el Hacedor a nuestra tierra para escuchar su canto. Grandes prodigios se sucedían cuando los pies del dios dejaban su huella entre los hombres: los esclavos rompían sus cadenas y con gloria vivían; los campesinos heredaban la tierra que trabajaban y con gloria vivían; los peones alimentaban a diario a sus muchos hijos y veían crecer a sus muchos nietos y con gloria vivían... Habrá que esperar, pues, que baje otra vez el Creador a confundirse con el cóndor, el río calmo y el azúcar. Mucho por hacer le queda entre nosotros a la voz de la hechicera modesta y misericordiosa.

Por Juan Pablo Angelone

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EL PERRO ESQUILIBRISTA

Por JORGE ISAÍAS - 13 de Agosto, 2009, 16:17, Categoría: 5.PALABRISTAS

En esos paisajes del pueblo que son como postales móviles no pueden dejar de percibirse los viajes  que hace ese viejo rastrojero con su perro en el techo. En un equilibrio digno de un circo y no de esa bucólica tranquilidad que las no muy numerosas casas atestiguan, mejor dicho, sus ya acostumbrados habitantes a quien no llama la atención.
 Si al hombre se le pregunta, no da importancia, se encoge de hombros y responde que es decisión de los perros subirse allí. Pero no debe ser casualidad que cuando  uno se muere o es muerto por algún desaprensivo asesino, el que lo reemplaza en el espacio de mascota toma de inmediato la misma costumbre. Entonces, es más que evidente que el hombre los entrena. Ese hombre explota un pequeño campo a la vera de la ruta, muy cerca del pueblo.
 Ese hombre se llama Miguel Ángel Compañy, pero se lo conoce por el apodo de “El Tigre”, y si uno le pregunta el por qué  del apodo o quien se lo infrigió, se encoge de hombros, y mira achicando los ojos a través del humo de su cigarrillo.
 Ese hombre, a quien conozco de su más lejana infancia es mi amigo y si se le inquiere el por qué otros perros viajan con él, en el asiento que corresponde al acompañante, contesta casi con pena :
 -Isaías, mucha ciudad te ha perjudicado ¿Adónde viste que una señorita viaje sobre el techo de un vehículo?-.  Y uno cae en la cuenta entonces del sexo. Esas perritas son las protegidas de su dueño, que extiende su caballerosidad por sobre todo el reino animal y no sólo el que corresponde al humano. La localidad es pequeña y como el poema de Jorge Calvetti, refiriéndose a Maimará; cabe en el galope de un caballo. La cercan los sembrados en todos los límites, y las casas son bajas, los patios son hondos, sólo una pocas tiene planta alta, en especial son construcciones de  los últimos tiempos.. Hay un solo edificio de tres pisos, pero corresponde a una panadería tradicional, que por otra parte se extendió con la fábrica de galletitas, y supermercado en los últimos años.
 La variedad de pájaros es cada vez más escasa y muchos la atribuyen al desaforado e inconsciente uso de los plaguicidas usados para aniquilar las malezas de los cultivos de soja.
 El pueblo tiene durante el día una reconocible dinámica: autos, chatas que van hacia los campos, perros, pájaros, y obviamente gente que interactúa, como se dice ahora, repartiendo los rituales de siempre. Mujeres con sus bolsos de compras que se cruzan en una esquina e intercambian chimes, madres que van con sus chicos a la escuela o lo pasan a buscar por ella, talleres que trabajan y en las conversaciones de los hombres los dos temas  excluyentes: las cosechas y el fútbol.
 Pero si uno se levanta muy temprano “antes de que el gallo cante” como pavesianamente puede decirse, el pueblo es otra cosa. Si uno lo recorre, parsimoniosamente, si va hasta sus últimas calles, entre sus luces, su hondo e inquietante silencio y esa especie de niebla en que se halla como suspendido crea una sensación de irrealidad realmente notable. La “Trafic” que en esas madrugadas me traen de regreso a la ciudad tienen ese “plus” de belleza inesperada, que no se repite en otras horas del día, como es dable  suponer, aunque también tenga su atractivo, pero siempre es más previsible, como suele ser la vida de los humanos aunque no así sus pensamientos, como sabemos.
 Por eso, en las primeras horas de la mañana lo más significativo –y no por ser usual es menos caracterizable de original- es ese viaje de mi amigo con su perro sobre el techo del vehículo.
 En los atardeceres, cuando Miguel hace los pocos metros que separan su casa del Club (el glorioso Huracán, como repite) para jugar al “chancho” con el ingeniero Kety Parapetti, hijo de mi amiga Hydée, Ullúa, Omar Bellini, y mi viejo y querido amigo también  y hablo de Raúl Rodini, lo acompañan un par de perros que lo esperan pacientemente en la vereda. En esa salita que alguna vez fue “reservado” para novios y parejas muy jóvenes, ahora se juega pacíficamente a las cartas. “Por la vuelta” como se le llama a la consumición, por algunos porotos, y si es por dinero la suma es exigua siempre. Ya son recuerdo las tenidas en los altos del Club donde se jugaban casas y campos y a veces eran  corridos por la Policía y hasta detenidos por transgredir una ley que penaba los juegos de azar. Hay anécdotas jugosas allí. Como esa vez que corrieran entre ellos a Ernesto Triacchini, continuo timbero y sastre de mi pueblo que saltó dentro de una casa, se metió en una cama –ajena, por supuesto- y cuando la Policía entra le dijo que estaba enfermo.
 Miguel mantiene ese sentido gregario de la vida que sostiene a través de su adhesión incondicional al Club y yo, lo comprendo. Porque en épocas de “modernidades liquidas“ el decir  de un filósofo, cuando la política se diluye o banaliza en los programas de la televisión basura:  a qué pocas cosas puede un hombre aferrarse? Una de las  pocas que congrega pasiones diversas y aún contradictorias está en los colores un club donde uno aportó en la más lejanísima infancia, como esas  adhesiones tal vez casual, seguramente afectiva y para nada pensada (qué puede advertir responsablemente un niño de pocos años) y que sin embargo debe ser uno de los pocos sentimientos inalterables que quedan a un ser humano en el siglo veintiuno.
 Y entre esas cosas, digo esas elecciones están los colores rojiblancos del “Club de los grandes éxitos”, como dice siempre Miguel y nunca sé si es con ironía.
 De todos modos, él,  muchos otros y yo,  compartimos ese espacio común, ese afecto, ese estar sintiéndose bien, mirando pasar la lenta vida del pueblo como hacíamos en nuestra más lejana adolescencia.
 Y parafraseando al inolvidable “Negro” Fontanarrosa diré; “en estos tiempos, es mucho”.

Por JORGE ISAÍAS

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LLORANDO AL GENERAL

Por Jorge Isaías - 8 de Agosto, 2009, 15:32, Categoría: 5.PALABRISTAS

Al compañero Jorge Jäger
   
    El sol esa mañana estaba en su esplendor,  las golondrinas se hundían en el cielo como carbones ásperos y las calles del pueblo explotaban de vehículos: autos, carros y sulkis que en hormigueante actividad se extendía en la geografía y las escasas manzanas que en su dispersión  eran como islas flotando en su mar amarillo de trigo.
    La escuela en su rutina nos daba el aburrido, el ingenuo, el poco inesperado sopor de aquellas mañanas muertas para siempre y que, según los días según el ánimo vuelven insistentes como una hilacha, como una brizna dura de pasto que insiste en ser tenida en cuenta, aunque sepamos que ya esos años fueron sepultados por sucesivas y numerosas capas de oscura e inevitable realidad.
    Ese día –pongamos por caso- o fue otro, no sé, Norberto Aronna, ese gordo bueno e inefable se habría peleado con su sempiterno rival, el travieso Carlos Villarreal quien se hacía llamar “Chaicolé”, personaje gaucho de la famosa radionovela de aquellos años que ninguna dama o señorita dejaba de escuchar.
    Salvo algunos hombres hoscos, como mi padre que prohibían a sus consortes oír esas ristras de fantasías que volaban las cabecitas de las niñas.
    Como mi padre detestaba –creo yo- no tanto los argumentos inverosímiles sino ese suspenso melodramático, que según su leal entender no se ajustaban a la vida real.
    En ese día también nos habríamos distraído mirando hacia las instalaciones del club, porque justamente el “Huracán” estaba  enfrente, con su antiguo cine de techo de cinc, esos ventanales inmensos que en verano permitían verse las películas que se reflejaban en los vidrios. Allí nos apiñábamos cuando no teníamos una triste moneda con qué pagar la entrada, que era la mayoría de las  veces, es decir casi siempre.
    Ese día también habíamos sido agredidos, tratados de “negritos” por la ínclita “señorita Angélica”, y es probable que su desdén se allegara al mero coscorrón con alguno de nosotros. Yo estaba entre esos réprobos, aunque no fuera el primero en nada, ni siquiera en las travesuras. Tal vez también por qué no, hayamos sido favorecidos con alguna enseñanza, mientras nuestras cabecitas rapadas se inclinarían con cierta avidez forzada sobre el cuaderno lleno de manchones de tintas. Habíamos corrido detrás de esa defectuosa pelota de trapo en los recreos. Pelota que escondíamos en un caño de cemento que drenaba el agua del techo de tejas coloradas, porque si esa humilde pero maravillosa pelota entraba al salón sería implacablemente incautada por la señorita Angélica, terror de los niños de entonces. De todos modos llegó la usura del “recreo largo”, el de diez minutos que remolonamente se podría estirar dos o tres más, porque el encarnizado partido “grado contra grado” que se libraba en el patio de gramilla (que está, curiosamente, intacto, como entonces) así lo requería y que el campanazo nervioso de Marcos, el portero bien moreno, nadie atendía. Debía repetir entonces un par de veces el golpe del badajo sobre el metal alcahuete.
    Pero ese día, el que trato hace tiempo de relatar, tiene la impronta de los dolores tempranos, que un niño padece sin entender los motivos reales, que pertenecen al orden de los mayores pero que involucra a la infancia, irremediablemente
    La cooperadora de padres que se encargaba de temas que no se podía ocupar la escuela, regalaba un pancito “felipe” a cada niño o niña, como para acompañar con algo sólido el mate cocido del que se hacía cargo el Ministerio. Éste venía oportuno cuando lo servían bien calentito en los inviernos. Eso sí, de llevar el jarrito de aluminio se debían ocupar las madres. Para ir a buscar el pan la maestra elegía un par de alumnos varones de los últimos grados, y algunas nos chantajeaban para que nos portáramos bien, ya que no ignoraban el entusiasmo con que nos ofrecíamos para poder salir de aquello que consideraríamos la cárcel, es decir la propia escuela. Y visto a la distancia era realmente llevadera la existencia entre esas paredes acogedoras y ese perímetro de tejido que nos dejaba ver las calles, la placita Sarmiento, y todos los perros vagabundos que se nos ocurrieran desde sus grandes ventanales.
    Esa mañana –como vengo relatando- que se presentaba propicia  y primaveral los elegidos fuimos el mellizo Arregui y yo. Mario, el que falleció luego, muy joven en un accidente de aviación mientras fumigaba un campo cerca de Chañar Ladeado.
    La panadería quedaba a una cuadra de la escuela y allí fuimos seguramente cascoteando algún perro o alguna torcacita que se atrevía a picotear algunos granos de cereal, caído de los  carros o camiones, en el medio de esas calles de tierra, con grandes costrones de barro endurecido de la última lluvia.
    Cruzamos desde la vereda de la única bicicletería del pueblo de don Antonio Frontera y al pasar por el frente del bar “El Cometa”, de los “turquitos” Esne en la ochava de enfrente vi a mi perro sentadito en la vereda, esperando con paciencia a mi viejo que estaría tomando una copa allí, como deduje  y hasta creo que le comenté a Mario.
    La tarea fue cumplimentada con toda premura ya que se nos enviaba cinco minutos antes de la campana del recreo largo. Hecho por el cual no nos podíamos retrasar. Llevada la bolsa entre dos, no era muy pesada y si íbamos chacoteando todo se hacía más fácil.
    Ese día terminó normalmente.
    Me volví con “El Toto” Míguez, con “Chajá” Correa. Otra vez cascoteando pájaros como era nuestra costumbre.
    Mi madre tenía puesta la olla con el agua hirviendo, lista  para recibir los fideos de la sopa, pero hasta no ver que mi padre llegaba no lo hacía. Esperamos un rato largo y al ver que ella se preocupaba y a mí el hambre me atenazaba le comenté que había visto al perro en la vereda de “los turquitos”, inequívoca señal de que mi padre estaba en el boliche, ya que siempre lo acompañaba a  todos lados, incluso al trabajo en los galpones de las casas cerealeras donde hombreaba bolsas. Allí el perro se divertía corriendo ratones y según mi padre era muy cazador.
    Mi madre tuvo una intuición y como nunca, por primera y única vez, me dijo entre angustiada y ansiosa:
    -Andá a buscarlo, corré.
    Tomé el medio de la calle y siguiendo su orden me bebí los vientos, como quien dice, y a los pocos minutos había recorrido las casi cinco cuadras que separaban el bar “El cometa” de mi propia casa.
    Cuando faltaban pocos metros para llegar vi salir a mi padre. Pero no lo hacía sólo, lo sacaba abrazado don Florencio Luna, y él, mi padre iba –al ser más alto- como colgándose de su hombro y la mano libre, la izquierda tocándose el pecho. Me asusté mucho porque hacía unos meses del mismo lugar había visto salir al Vasco Aróstegui que con esa mano pretendía taparse la sangre, inferida por un puntazo del “oriental” Campos.
    Pero al acercarme más me tranquilicé. Llevaba la mano allí cerca del corazón pero no le salía sangre.   
    Me puse a su lado y se tomó con esa misma mano de mi  hombro de nueve años. Yo sentía mucha vergüenza: mi padre estaba borracho. Él que me daba lecciones de abstemia, a diario. Era la primera vez que lo veía así, pero no se iría a repetir.
    Me emocionó cuando con palabras que denotaban orgullo paterno le decía a su amigo cuánto lo cuidaba su hijo. Yo, que me consideraba un cero a la izquierda.
    Durante el trayecto, se paraba cada diez pasos y gritaba: “Viva Perón”.
    Después decía: que vengan a pintarme la casa como al “gringo” Broglia. Pero yo en ese caso, pensé, no vendrán porque nuestra casa no tenía revoque exterior. Lo que dificultaría el oprobio, según mi ingenuidad infantil. A Francisco Broglia le habían pintado una leyenda infamante que aludía a la caída de Perón.
    Mi madre al vernos llegar se puso a llorar, pero se tranquilizó cuando don Florencio le explicó que habían estado tomando unas copas y llorando al General, que dicho sea de paso había sido derrocado un mes atrás.
    Ayudé a  mi madre a acostarlo en la cama grande como una embarcación.
    Luego vino a la cocina y  me sirvió una milanesa. Ella no comió. Cuando terminé y entré en la habitación estaba sentada en la cama y le decía:
    -Lindo ejemplo le das a tu hijo- y a mí-: andá afuera.
    Obedecí. Busqué  mi pequeña pelota de goma roja con rayas amarillas y la fui haciendo rebotar en la pared del Este, que recibía los rayos del sol, tan tranquilamente. Una bandada de gorriones no pudo asentarse en el patio porque el gato la corrió.
    Yo tenía en mí la tristeza más honda de todos los tiempos.

Jorge Isaías

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Un poema por Honduras

Por Juan Pablo Angelone - 28 de Julio, 2009, 15:43, Categoría: 5.PALABRISTAS

LA SANGRE DE ISIS

Por Juan Pablo Angelone

A la memoria de Isis Obed Murillo
y a
tod@s l@s resistentes a la dictadura hondureña

Alguien borró la sangre en esa foto de Isis,
la última.
Por eso la escribo.
Algunos desearían borrar toda la foto,
la última.
Por eso la escribo.
Unos pocos
-demasiados-
festejan
que a Isis y a otros muchos se los haya ultimado.
Por eso los escribo.
Para esos pocos
-demasiados-
es de mal gusto mostrar la sangre del pueblo
porque es mucho mejor beberla.
La sangre circula (cui)dando la vida.
Para los que borraron a Isis
la vida es de mal gusto.
Todo lo humano les es ajeno
salvo la sangre, el crimen, la mentira de clase.
Se necesita sangre de cualquier grupo
para seguir peleando.

2009

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POSTAL INVERNAL DEL 2009

Por Juan Pablo Angelone - 21 de Julio, 2009, 11:56, Categoría: 5.PALABRISTAS

Por Juan Pablo Angelone

Ellos y ellas con sus barbijos.
Yo, con mi bufanda negra,
                   bufando humos.

Cirujanos sin diploma
cirujean blancura,
evitan contagios,
           condolencias.

¿Habrán oído hablar
de la Smithfield Foods y de la Gloria ?
Gripe A, Triple A...
¿Qué opinarán sobre Honduras?

Golpe              

...

¿Quién soy yo para juzgarlos?                     

Gripe                                                        

Algunos venden el elixir de la inmortalidad
patentado en otras lenguas.
Son ellos mismos, los que matan los precios
o los ascienden a los cielos,
que no es lo mismo.
Marketing de la inmunidad.
¿Quién soy para no juzgarlos?

Porcinos

Volveremos a vernos en primavera
sin barbijos,
sin bufandas,
los sobrevivientes,
los bufones.

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DE GRANDES Y PEQUEÑAS LLUVIAS

Por Jorge Isaías - 2 de Julio, 2009, 13:07, Categoría: 5.PALABRISTAS

Entonces vi caer la lluvia violenta, como grandes hilachas de sábana líquida.
Caía sobre el campo mudo, con una violencia desmedida y corría desde la canaleta del techo con un chorro interminable y potente sobre el patio de ladrillos brillantes.
El ruido sobre la galería de chapas era ensordecedor, pero grato. Nunca supe qué insondables misterios nos mueven –algo oscuro, arcaico- cuando en esa soledad sentimos lo que debió el primer hombre que la observó atónito, atemorizado desde la boca de la caverna.
Los anillos caían hasta juntarse en el jardín llevándose las hojas secas, las pequeñas hierbas, los pétalos caídos del rosal que la madre cuidaba.
Los teros, guarecidos bajo el ceibo troncoso, espinudo, hacían coraza con sus plumas acostumbradas desde siempre a la intemperie.
Las gallinas -pensé- buscarán refugio arracimándose bajo esas tres coposas plantas de granada, viendo pasar indiferentes un brilloso ejército de sapos, únicos seres contentos con este diluvio.
Lo bueno vendría al escampe, cuando reunidos sin previa cita en la esquina de esa cortada rica en gramillas, estrenaríamos los extraños barcos que fabricábamos con restos de maderas, corchos o cualquier otra materia flotante.
La lluvia sin embargo nos ponía contentos. Andar descalzos entre el barro que prometía porrazos a cada tranco no omitía las carreras al costado del hondo zanjón donde las improvisadas embarcaciones competían tratando de llegar a la otra esquina donde se juntaban varios desaguaderos hacia el canal y los campos.
Ganar una competencia no dependía tanto de la habilidad para armar un objeto más o menos flotante solamente, sino de otras muchas razones, como ser el azar de la corriente o una mata imprevista o inoportuna de gramilla que la fatalidad pusiera en el camino (ese camino de agua transitoriamente tumultuosa).
Quitar el barquichuelo, posarlo nuevamente en el centro del cauce era perder el tiempo y puntaje, porque se consideraba una trampa elegir el centro rápido de la corriente para ganar el tiempo perdido.
De todos modos la ansiedad nos ponía incansables y era cosa de volver a empezar luego de la primera carrera, volviendo al punto de partida, esa curva donde el agua venía con una fuerza considerable.
Muy pocas veces parábamos y era para saltar el cerco de tejido y espinas de la quinta de don Clemente Gerlo y hurtarle alguna fruta para la merienda. Ninguna otra fruta tuvo en la vida el sabor inigualable de aquéllas que le sacábamos al pobre italiano que vivía de esa magra venta por las calles indiferentes del pueblo.
¿Qué sadismo especial, qué inoportuna travesura nos hacía robarle frutas a ese pobre hombre que vivía con su mujer –doña Marianna- en esa humilde casa hecha de sombras y sombras de recuerdos y de olvidos de una península cada vez más lejana?. No lo sé.
Tal vez –lo digo para defender a aquellos niños de entonces- la propia inocencia nos hacía tan crueles.
Cuánta maldad inocente cometimos en esas vandálicas incursiones, que a veces –muy pocas- se organizaban de forma más “científica”. Y era, entrando de a uno para llenar los bolsillos y repartir luego equitativamente. O más bien diremos, casi equitativamente, porque se sabe que el riesgo es como una victoria que no da derechos pero sí prebendas.
Bueno, eso creo yo, porque además nosotros aún no habíamos leído La guerra de las Galias.
Esa actitud, o mejor esa actividad de pequeños depredadores nos ponía siempre en desventaja con respecto a las acciones futuras, ya que una infidencia a los padres nos valdría una paliza. ¡Y qué palizas pegaban los padres de entonces!.
De todos modos la tentación era grande y lo peor es que esas mismas frutas estaban en nuestras casas, pero como el lector sabe, no tenían el mismo sabor que las que le hurtábamos al pobre don Clemente.
Esas brevas goteando su miel delicada, dulce y ambarina. Esas naranjas con su jugo para la extenuación de los juegos, esas tunas tan ricas y pulposas, los melones que sonaban contra el suelo y una vez partido era el elixir amarillo seccionando en dos las siestas caniculares de diciembre.
Y en invierno era la delatadora mandarina, sus cáscaras que tirábamos en el hueco musgoso de las alcantarillas que no guardaban el grillo cantor de la noche.
Pero los días de lluvia tenían un encanto muy particular, porque tal vez vendrían mis primas con una fuente repleta de empanadas que hacía tía Ita, tan buena. O mi madre reinando entre hojaldres y azúcares nos pondría pronto en la cima más extática del mundo: en la perfección y la armonía que ya perdimos para siempre: esos pastelitos de dulces membrillescos, con su poca o su abundosa azúcar impalpable caída como nievecilla preciada.
En el ámbito de la pequeña y humosa cocina donde la Istilart Nº 1 consumía sus marlos blanquísimos o su leño seco de acacia y déle crepitar aventando los malos humores que podrían sobrevolar en esas tardes de reunión holgazana en la humilde vivienda de mi más humilde familia.
Convoco hoy ese espacio  -único, impoluto, irrepetible- tal vez para parapetarme del caos del tiempo, de la corrosión de los años y para que este recuerdo sea una moneda brillante entre  el barro que  nos tapa las paredes del alma.

Jorge Isaías
jisaias46@yahoo.com.ar

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CUANDO LAS COSAS

Por Jorge Isaías - 2 de Julio, 2009, 13:04, Categoría: 5.PALABRISTAS

Cuando las cosas se llamaban de un solo modo, es decir, cuando el verano era el verano y el  Otoño era Otoño, las cosas tenían sentido.
Las cosas eran compactas como ese mundo que nada tenía de evanescente y los mayores actuaban con una lógica de hierro, porque la dignidad no se negociaba y la pobreza era digna, el mundo elemental era seguro porque así había sido a través de los tiempos.
De las cosas que no se discutían en primer término estaba el lugar de los niños. Debían sostener su posición fantasmática, su posición de cero a la izquierda frente a un mundo adulto que parecía tabicado para todo aquel que no se alzara demasiado del suelo.
El mundo adulto del trabajo frente al del niño que no exponía su cuerpo el los avatares adultos, salvo que la familia más que numerosa lo exigiera y allí sí, todos participaban de las tareas rurales.
En mi caso, al no tener hermanos todavía, digamos que lo pasaba mejor que otros amigos de mi edad. Si no era la escuela o los mandados todo podía resolverse en placenteros juegos y libertad que terminaba en las últimas quintas que festoneaban las últimas calles del pueblo.
Cuando pienso en aquel tiempo, lo pienso como si una gran fotografía en sepia se pusiera en movimiento. Como si la moviola del tiempo arrancara entre goznes, y nos pusiera dando vueltas en el arcón sentimental de los días.
Donde supura el aire están las cosas que no podemos dejar de olvidar, lo que no queremos que se caiga en el azufre de los tiempos, allí en ese pozo a la deriva donde refulgen los odios y se retuercen los vendavales recurrentes, donde un sopor insiste dando tumbos por el aire enconado de junio.
En el aire sí que supuran enconados dulzores que secundan otros misterios.
Cuando las cosas tenían  unidad y dulce magia, rubricando albores que susurran los recuerdos y dan colores en el denso temblor de la noche.
Sin rubores y sin restos, cuando roncaba la luna que el histórico temblor desistía como un estigma helado en el aire, sin saber que alguna noche fungía un amor pasajero.
Dentro del aire que no suponía certezas,  dentro de la luna que enarcaba su ceja octubreña, frente al dominio que no “iba a diamante” con su “luna en los pies de pato”, en los últimos años en que formaba el temblor del perdido sobre el anca de Dios.
Dulzura enseñoreaban fervores dados vuelta, como una nube que erguía esplendor en la noche, asistía un plenilunio de amor.
¡Qué recoletos, qué reprimidos vivían los novios de entonces!. Los horarios, los días con esos horarios que plantaban la formalidad y la costumbre, la familia, las hermanas y las tías, las visitas del novio al prostíbulo clandestino que llamaban “casa de tolerancia”, la de doña Chola Olave, las posibles enfermedades venéreas que no se nombraban en público.
Un mundo cerrado a los niños, a las mujeres y apenas entreabierto a los hombre que gozaban del raro privilegio de la soledad mitigado por el truco tedioso de las tardes moribundas que apenas matizaban de vez en cuando el duro trabajo de entonces.
El pueblo era ese escarabajo soñoliento en medio de las eras rubionas, las heladas impiadosas que mataban y quemaban los montes frutales, la paciencia de monje frente a los temporales de agosto. Lluvia y barro. Barro y lluvia y mate y ginebra y música donde había una guitarra o un acordeón a piano.
Lo único recordable es el Otoño, cuando el atardecer exigía su abrigo y caminar bajo la hilera de casuarinas oscuras, con sus hojas como pequeños pecesitos dorados, era un poco menos voluptuoso que hacerlo bajo los altos plátanos añosos que dejaban el suelo crujiente de hojas con sus nervaduras muertas.
El Otoño en ese tiempo remoto era la estación que uno añoraba y cuyo paso trataba de retener aunque el frío y las heladas prematuras fueran un aviso inequívoco de que el dueño de esos ocres y las rencillas vespertinas pronto serían recuerdo.
El Otoño también era la sombra tibia sobre la casa de los viejitos Ortali que desde aquí siempre veíamos lejana.
¿Por qué será que el Otoño, aquel Otoño y tal vez todos los Otoños sucesivos me ponen en súbita tristeza, dulce como un elixir que uno no quiere nunca dejar de beber?

Jorge Isaías
jisaias46@yahoo.com.ar

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Poesía y poder

Por Roberto Retamoso - 22 de Junio, 2009, 11:09, Categoría: 5.PALABRISTAS

Desde sus ancestrales orígenes, la relación entre poesía y poder ha sido por lo menos ambigua, cuando no conflictiva y abiertamente contradictoria. Porque al poder le agrada la música poética cuando lo alaba y le rinde pleitesía, como lo prueban múltiples experiencias históricas comprendidas en un arco que va desde Virgilio hasta Lugones, por señalar polos extremos de su dimensión cronológica. Pero también al poder la poesía lo irrita, lo enfurece, cuando siente que su lengua lo interpela y lo denuncia, tal como lo prueba tan cercanamente y entre nosotros el destino de poetas como Miguel Angel Bustos, Carlos Aiub, Francisco Urondo, Roberto Santoro o Juan Gelman, por mentar algunos ejemplos notorios.

Tamaña oscilación en las respuestas que el poder brinda a la poesía seguramente tiene que ver con el antagonismo irreductible que separa a sus lenguas. La lengua del poder tiende a lo unívoco, al sentido único, impuesto como ley sobre el habla de las sociedades. La lengua de la poesía, por el contrario, tiende a un decir plural, radicalmente insumiso respecto de cualquier normativa que pretenda regirla, incluso la normativa propia de las gramáticas.

Los tiempos que corren no han hecho más que potenciar ese antagonismo. A escala mundial, el poder aspira a un lenguaje simplificado —y por lo mismo devaluado, empobrecido— que permita homogeneizar su discurso hegemónico. Ese lenguaje es el que exhiben cotidianamente la mayoría de los medios de comunicación, y es el único que parece interesarle o importarle al poder. En ese contexto, la poesía, confinada a una suerte de deportación cultural, solamente les importa a los propios poetas, y a los escasos pero consecuentes lectores que su discurso todavía convoca.

Semejante cuadro de situación permite comprender las causas más profundas que han generado un lamentable episodio en nuestra ciudad recientemente, como fue el propósito de cerrar la Casa de la Poesía de Rosario. Las razones esgrimidas por los funcionarios responsables de dicha medida han sido tan inverosímiles como irrisorias, puesto que se adujo la falta de funcionamiento, o el no cumplimiento de los fines para los que fuera creada, como las razones que conducían a tomar esa decisión, según un argumento donde los responsables de tales males no eran justamente los encargados de su administración sino unos "otros" tan difusos como indeterminados; acaso los númenes que, se cree, visitan habitualmente a los poetas.

Así, asistimos a la paradoja de que una administración municipal que se enorgulleció de haber logrado que Rosario fuera sede del Congreso Internacional de la Lengua Española, intenta cerrar la Casa de la Poesía de nuestra ciudad. Ello significa desconocer el papel que la poesía juega, aún hoy, como fuerza al servicio de la potenciación, el enriquecimiento y la ampliación de la lengua. Pero no sólo eso: significa desconocer además lo que la poesía aporta a la argamasa cultural donde se construyen identidades colectivas y subjetivas, tradiciones y legados que configuran lo que algún pensador trasnochado imaginó como una suerte de "rosarinidad", esa marca identitaria que tanto parece preocupar a la administración municipal cuando se trata de "vender" la ciudad a los intereses económicos, políticos y culturales de otras provincias e incluso de otras naciones.

En estos momentos, hay indicios de que la administración municipal en sus más altos niveles estaría dispuesta a rever la cuestión. Enhorabuena si ello es así. Pero para aquellos que desde hace años estamos comprometidos con el estudio, la difusión y la promoción de la poesía escrita en Rosario, rever la cuestión significa no sólo admitir que la Casa de la Poesía debe seguir existiendo. Significa también dotarla de recursos técnicos y financieros, designar a sus autoridades por medio del único procedimiento legítimo que existe para esta clase de designaciones —un concurso público de oposición y antecedentes, ante un jurado compuesto por representantes del poder municipal, de la universidad y de los propios poetas— y, por sobre todas las cosas, significa admitir que la actividad de los escritores, como la de los músicos, los artistas, los plásticos y todos cuantos contribuyen a la existencia de una cultura rosarina, resulta imprescindible para que Rosario sea verdaderamente aquello que los logos municipales desde hace años pretenden simbolizar como nuestra identidad ciudadana.

Por Roberto Retamoso
Doctor en letras, docente de la UNR, fundador de la
Cátedra Libre "Felipe Aldana"

NOTA PUBLICADA EN EL DIARIO LA CAPITAL VIERNES 19/06
http://www.lacapital.com.ar/ed_impresa/2009/6/edicion_241/contenidos/noticia_5170.html

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BARRIO “EL JAZMÍN”

Por Jorge Isaías - 19 de Junio, 2009, 11:50, Categoría: 5.PALABRISTAS

    “El sombrero de alas  anchas con que adorno mi cabeza”, así cantaba Manuel González, el popular Manolo, solterón, y vecino cuando pasaba debajo de la débil luz de la esquina donde se reunían  los sapos. Una  sola lamparita que se balanceaba a la más leve brisa y ensombrecía la calle de tierra y sus hondos zanjones que cubrían los yuyos.
   Aquel pueblo es mi pueblo,  el que se adormecía en siestas aletargadas y extensas, con su carrito heladero que pregonaba su exquisitez seductora, o las vascos lecheros que venían del campo o Bureau, el hielero que atravesaba los veranos y las calles con sus barras envueltas en bolsa de arpillera, con su forcito hipante, pletóricos y lleno de orgullo,  con su radiador lleno de mariposas.
   Los vecinos con sus trabajos humildes, cuidando sus quintas fresquísimas,  olorosas de hondas albahacas y las vecinas con sus gallinas y sus chismes y sus paseos al cementerio y a la misa inevitable del domingo.
   Alguna me llamaba para ofrecerme un plato de higos  dulcísimos, tal vez para recompensar un mandado, sin saber que yo  prefería un  par de monedas que poco habrían de tintinear en mis hueros bolsillos.
   Entre todos sobresalía un hombre gordo, vasco, silencioso, a quien llamaban “El nuevo rico” , porque pasó de simple cocinero de la estancia Maldonado a rentista ocioso. Lo veo todavía caminar esa cuadra hasta la casa con veleta de don Manuel Gómez  y volverse. Pantalón claro, faja negra, boina vasca y caminar elegante en el aterido rincón de mi memoria.
   Esa calle   donde vivían Manolo y el Vasco, era la última del pueblo y  se deshacía en llanura, motivo por el cual no era difícil que pasaran  criollos a caballo, peones de Maldonado, a veces solos, a veces en grupo, y a veces arreando ganado.
   Esta era una situación que nos encantaba, ya que subidos a los árboles podíamos mirar con suma comodidad las cornamentas peligrosas desde  un lugar protegido.
   En esa calle también vivían los Míguez. El matrimonio lo formaban Ubi González (hermana del Manolo) y Andrés Míguez, el inolvidable “Pelado”. Un gran crack futbolístico de nuestro club y de toda la zona, era además un dirigente sindical respetado. Pertenecía al gremio de los estibadores, como mi padre.
  Me encantaba oírlo en las asambleas. Era un fogoso orador y polemísta temido. Ubi era dulce y silenciosa y tenía una hermosa sonrisa .Yo iba mucho a esa casa , ya que era –y soy todavía por suerte- muy  amigo de su cuarto hijo varón de una serie  de cinco. Claro que hablo de Jorge Miguez, el “Toto”, como todo el mundo lo conoce.
   Frente a la casa siempre pintada del rojo, de don Manuel Gómez, en cuyo techo enseñoreaba una veleta con un gallito compadrón y señero, estaba la casa de la viejita Lencioni, que vivía con Pedro, su hijo solterón, Siempre apoyado a un paraíso con su eterno pucho en la boca. Pedro era silencioso, era calvo y tenía los ojos celestes, como su madre.
   Doña Lencioni criaba una bandada numerosa de gansos, a quien abría la puerta a las primeras horas de la mañana y la  dejaba en la calle hasta el atardecer, cuando munida de una ramita salía a recogerla. No me acuerdo de su nombre, ya que siempre la llamaron así, “doña Lencioni”. Tenía  los ojos muy claros  y no se quitaba el pañuelo  de su cabeza que supongo enteramente blanca, como habrán  sido los picos nevados de su aldea italiana. Cuando la conocí, ya era viuda.
   Si sigo por esa calle, que hoy se llama Juan de Garay  y es  el corazón del “Barrio del Jazmín”,  puedo citar a otros vecinos de entonces.
   En esa calle vivía un matrimonio italiano: del buenazo don Pedro Aimetti, que oficiaba de regador comunal y su mujer, doña Luisa, muy afecta a las mateadas, con mi vieja y el oriental Eufrasio Campos y su mujer, doña Rosa, criolla  de ley, si las hubo en mi pueblo.
   Una cosa que recuerdo de ese tiempo es que la gente cantaba y silbaba por la calle. De lo que deduzco que la gente era feliz. Hoy serían tomados  por locos, sin embargo hablan solos, sin saber por qué, en la vía pública.
   Era natural y era bello ver a la gente silbar y cantar, como mi vecino el gordo Spina, a quien todos llamaban “El pobre”. Tal vez para diferenciarlo de su hermano, Humberto, que también era peluquero y tenía su negocio en el centro, si bien vivía frente y ramos generales del Cholo Belluschi, quien bautizó al barrio y era el  armador de todos los equipos de futbol que lo representaba.
   En la esquina vivían doña Marianna y don Clemente Gerlo, sufridos inmigrantes que penaban por sobrevivir con su quinta y su huerta que  saqueábamos sin piedad.
   Yendo hacia el campo del Gordo Compañy, estaba la casa de Faustino López con su pasión de peronista y sus hijos numerosos. Luego la nonagenaria Juliana Díaz que escatimaba higos a mi niñez golosa, y al final la casa de don Leandro Correa, casado con doña Carmela de cuyos dos hijos menores yo era amigo. En especial de Miguel Ángel, o “el Chajá” como le decíamos.
En la vereda de enfrente la viuda Benaglio, directora  de  escuela, jubilada, con sus hijos Lila y Carlitos, un muchachón alegre que paseaba su inmenso perro y silbaba con  gran  ahínco las canciones de moda.
   Luego seguían: la casa de Agripino Bruno, sanpedrino y peronista, como su vecino don Cruz Roca.
   La esposa de Agripino se llamaba Margarita ,  una matrona que ayudaba en los partos. Indefectiblemente se paraba en la esquina donde jugábamos y con gesto autoritario bajaba y subía como amenazando. Nunca supe porqué. Si no le hacíamos nada.
   Y al final estaba la casa de Pedro Becerro, casado con la viuda Jiménez, madre del inefable Cachito, cuyo nombre,  aunque no su rostro,  perdí para siempre.
   Más allá otras familias  numerosas, engrosaban la pibada del Barrio: los Sánchez, los Escudero, los Balquinta, los Suárez, los García.
    En fin, tanta gente que hoy son olvido, raspa del tiempo que se arremolina con insistencia en mi desolada memoria, y cuesta a mi razón   y a mis años, que alguna vez existieran  y es algo más que un empecinamiento de la memoria recurrente.
   Como la canción que Manuel González cantaba, bajo el sombrero oscuro que le cubría el rostro, de nariz muy prominente, bajo esa lamparita de la esquina que ya es -como muchas cosas- el definitivo olvido en la miseria más triste de todos los tiempos.
                                
Jorge Isaías
jisaias46@yahoo.com.ar
  

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BALDOMERO FERNANDEZ MORENO

Por Jorge Isaías - 16 de Junio, 2009, 13:04, Categoría: 5.PALABRISTAS

BALDOMERO FERNANDEZ MORENO
la modernidad que no muere

 Sometida a los vaivenes implacables del tiempo que trae  “liciones con sus mudanzas” al decir de José Hernández, una obra literaria puede ser sepultada en el olvido para siempre o puede, como en el caso de Góngora, esperar con paciencia algunos siglos para ser justamente reivindicada.
 En el caso de nuestro querible Baldomero Fernández Moreno tal vez no sería prudente esperar tanto, aunque yo no pretenda compararlo con el gran cordobés. Muerto en 1950, su poesía, presuntamente inmediatista,  podría ser tomada por banal si la lectura actual fuera apresurada o distraída como suele ser costumbre en nuestra crítica.
 Después de una intensa vida sin escándalo, su obra fue consecuente con su poesía y se simbolizó tanto con ella que hizo que Emilio Carilla lo definiera como  “autobiografía lírica”.
 Producción “nerviosamente escrita y publicada” según sus propias palabras, iba siendo por su autor “ordenada” temáticamente y corregida cuando lo sorprendió la muerte a mediados de 1950.
 Varias cosas nos llaman la atención en su discurso. La primera es la exactitud total que adquiere en la métrica y una justeza en el manejo del verso y aún de la prosa –menos conocida y editada- que no deja de sorprendernos. 
 Esta advertencia no puede tomarse a la ligera, ya que es cada vez menos frecuente leer en los autores un manejo seguro de la sintaxis española, que no es baladí, aunque resulta obvio remarcarlo.
 A veces hemos pensado qué raro manejo fluía de sus textos donde resulta imposible quitar una como sin que se derrumbe su delicada arquitectura.
 Tempranamente reconocido por sus pares, de costumbres mansas y cordiales, es posible que no haya suscitado sobre sí ninguna atención desmesurada, pero muchos lo reconocieron de este lado y del otro del océano. Banchs nada menos, escribió “es el primero que se para y mira alrededor.
 Muerto Carriego, Fernández Moreno retomó esa cordialidad discursiva que tenía en cuenta lo doméstico extrayéndole, además, un refinado lirismo. Tanto que hasta algo tan poco poético como un tacho de basura podría resultarle, a su espíritu, algo llamativo.
 Desechó casi monótonamente la pirotecnia de los años 20, eludió las modas sin ninguna dificultad y reconoció con apabullante humildad, cuando se le preguntó si era el jefe del sencillismo: “Yo sólo he sido fiel a la exhalación natural de mi ser”; dejando con ello zanjada cualquier actitud que no contemplara su propio proyecto de una escritura sin alardes pero también sin desviaciones.
 Varias cosas hoy puede llamarnos la atención en la obra de este auténtico argentino.
 La primera es su impermeabilidad, la incontaminación que protege a su obra pese  a las conmociones sociales de las que fue contemporáneo. Sólo un par de versos casi desganados se pueden extraer de su profusa obra publicada.
 “Unos son conservadores /los  otros son radicales/Otros son conservadores…¡Oh la lluvia en mis cristales!” (1919).
 De lo cual puede uno imaginarse la prescindencia de las formas políticas o las banderías de su tiempo.
 Esto en cuanto a las marcas externas que pueden aparecer en su poesía, aunque tampoco  se le conoció una militancia activa en política, ni siquiera alguna preferencia, salvo el compromiso con un amigo de un partido provincial que lo incluyó como candidato a senador por Chascomús. Su hijo César lo cuenta: “Por supuesto, perdió la elección: el día del comicio había olvidado repartir las boletas electorales, con su nombre. Allí quedaron cuidadosamente empaquetadas y vírgenes, en un ángulo de su consultorio”.
 La segunda es esa condición innata para dominar nuestro idioma en una versión de exactitud y capacidad expresiva extrema, y todo ello tenido a un gran poder de síntesis.
 ¿Qué leía Baldomero?
 Darío, Machado y con entera seguridad todos los clásicos del Siglo de Oro español. No es improbable que haya desechado muchas de las líneas de la poesía moderna, aunque hay constancia que tenía bien leído a Rimbaud y Baudelaire.
 Es probable que su formación haya sido tradicional, muy española, rasgos de su habla parece que lo hacían muy castizo, pero eso, según Borges, fue su virtud.
 “La falta de tradición le ha servido. Un literato criollo no puede mirar la llanura sin alguna memoria de la época pastoril y de nuestras discordias civiles, sin la presión e interposición de un fantasma: Rosas, López, Soler o el hombre mitológico Martín Fierro. Fernández Moreno, hijo de extranjeros, ha podido mirarla con integridad e inocencia, sin que el pasado enturbie el presente”.
 Muy certero, como siempre, Borges; porque además se justificaría ese fervor casi de escarapela que tenía por lo patriótico (hasta una parte de su obra hay que él llama justamente “Rama patriótica”).
 No solamente era hijo de españoles, sino que él mismo había vivido entre sus 6 y 12 años en Bárcena, la aldea santanderina paterna y habría mamado hasta las leyendas de su “aldea española”. Estuvo justamente en España los años que Pavese considera fundamentales para un poeta: los de la primera infancia. Los años en que todo se marca a fuego en la memoria vivida del niño.
 Por eso resulta notable lo que Borges, afirma “esa inocencia” ese descubrimiento de lo que él llamó en “La patria desconocida”, un ojo nuevo para mirarlo todo, empezando por el nuevo paisaje.
 Se le ha objetado tal vez un excesivo descriptivismo, pero por otro lado esa presunta “objetividad” nunca es neutra, por que lleva implícita una mirada de amorosa comprensión, cuya delicadeza pone a veces de manifiesto en un solo verso, “desvío” de la mirada aparentemente comprometida sólo con lo exterior.
 Si disculpamos esta aparente “ingenuidad” escolática suya, no nos debería llamar la atención que no haya visto el quiebre social que iba carcomiendo y revolucionando las bases sociales que se levantaban a la busca de un mayor equilibrio y una mayor justicia. No tenemos derecho a exigirle una postura que no sintió y debemos ajustarnos a los tópicos que sus textos eligieron, de lo contrario elegiríamos la opción de una lectura interesada.
 Se podrá objetar también que editó demasiados libros  -uno o dos por año a veces-  pero en su descargo diremos que ningún avatar doméstico le fue ajeno, por pequeña cosa que nos parezca.
 Fernández Moreno pertenece a esa estirpe de escritores que ya no existen y que asumían un compromiso de exactitud con el idioma. Que no admite ripios, ni distracciones disfrazadas de la originalidad y de la propia y escondida ignorancia. Y lo digo pensando en aquellos que tanto hicieron por nuestro idioma y parece que se los nombra  -Borges, por ejemplo-  sin leérselos, o se los olvida lisa y llanamente como Gerchunoff, Nalé Roxlo, Mastronardi, Rega Molina, González Carbalho, Rojas Paz, entre otros.
 Hemos escrito anteriormente que tal vez su error fue la incontinencia cuando ella quedaba expuesta en la letra impresa, pero, también diremos que cuando la muerte lo sorprendió –con apenas 62 años- estaba expurgando sus libros y dejando a futuras generaciones lo que él llamó “Obra ordenada”. Pruebas fueron las antologías que editara Espasa Calpe en 1941 (primera versión) hasta llegar la sexta en 1954.
 Criterio discutible éste del “ordenamiento”, ya que altera “el orden” cronológico y “natural” de la obra de un autor. Pero desde que sabemos que de todos los discursos, el escrito es el único pasible de ser enmendado, tachado y aún negado, todo es posible y permitido.
 ¿Quién puede olvidarse de algunas piezas imperecederas que nos regaló su pluma? “Setenta balcones y ninguna flor”, “Octavas reales a Pepito”, o su magistral “Soneto a tus vísceras”  o aquella inmejorable “La vaca muerta”, que comenzaba:
“Lentamente tenía la vaca bermeja…”
 Y se lo criticó desde un iluso y tonto realismo ya que, al parecer, no existen las vacas bermejas.
 Pionero de estas críticas fue un rematador de hacienda de Chascomús, que un diario local publicó por primera vez cuando Fernández Moreno vivía allí
 Las críticas, al parecer, siguieron, hasta que el poeta cedió a la presión del realismo y cambió el adjetivo original por uno que consideró menos irritante a los críticos y puso “Lentamente venía la vaca rosilla” Ganaron los rematadores de hacienda y de la poesía pero yo me sigo quedando con la vaca bermeja.
 Similar polémica rural armó aquel famoso “overo rosao”, que trajo una batahola donde hasta Lugones terció con su sapiencia de ex comarcano de la Villa del Río Seco.
 Pregunto yo: ¿acaso los poetas no tienen la potestad y el permiso de verle peras al olmo?
 Siguiendo con esa línea versal que lo ataba a su circunstancia inmediata, podemos agregar con Borges “más de una vez ha oído Fernández Moreno el reproche de ser un poeta de circunstancias.(…). A ello cabría replicar que la idea de que lo particular no es poético y sí lo indefinido, lo general es inseparablemente prosaico. Esta reflexión de Borges debe tomarse en cuenta o sólo porque está en lo correcto, sino por venir de quien viene. ¿Acaso él –Borges- no fue “limpiando” toda su obra de “localismos” y particularidades temáticas o referencias rastreables en el exterior?
 Cierto pudor o diría mejor, cierto prejuicio de nuestras letras alude, de alguna forma, esas particularidades, como si lo indefinido pudiera asegurarnos el viaje intelectual alrededor del mundo civilizado con sus múltiples traducciones y una eternidad asegurada a plazo fijo.
 Nada más provinciano y alejado de la realidad que este pretendido universalismo, como si hubiera una fórmula o un atajo para arribar a las generaciones que vendrán o a las altas cimas de la fama imperecedera.
 Todo lo escrito sirve para dejar la humilde opinión de que, en poesía, ninguna cosa que aparece simple deja de ser el resultado de una minuciosa orfebrería aún a pesar de la propia confesión de un autor como Pedroni: “Sólo yo sé cuánto cuesta ser sencillo”.
 Lo cierto es que al transitar la poesía profusa y aún prolífera que circula por sus versos, estaremos ante una de las voces más auténticas de nuestra lírica.
 Mención aparte merecen sus prosas, que si excluimos sus memorias se reducen sólo a dos pequeños pero magistrales volúmenes  de “impresiones” -de alto contenido poético y de un ejemplar manejo del idioma, con una orfebrería tan delicada que hasta parece imposible un uso tan inmejorable de los adjetivos, la certera puntuación y el uso inimitable de las comas- y un libro de aforismos.
 Dada la desprolijidad de los escritores de Internet, no me parece poco. Al contrario.
 
Por Jorge Isaías


 

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Blog literario

Por Haydée Norma Podestá - 26 de Mayo, 2009, 9:54, Categoría: 5.PALABRISTAS

Te invito a visitar mi blog literario  http://realidadyproyecciones.blogspot.com 
Muchas gracias por leerme. Un beso muy grande. Haydée

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Por la Casa de la Poesía

Por MIGUEL J CULACIATI - 26 de Mayo, 2009, 9:48, Categoría: 5.PALABRISTAS

La Capital informa que las autoridades municipales han decidido el cierre de la Casa de la Poesía dando al inmueble que hoy ocupa otro destino. Tal medida me parece  altamente contradictoria. Tantas veces Intendentes y funcionarios posicionaron a Rosario como “polo cultural “ o “ capital de la poesía” en diferentes foros con altivo orgullo. En esta ciudad se lleva a cabo año tras año uno de los festivales de poesía más importantes del mundo y por estos días el teatro El Círculo se engalana con la realización del III Encuentro Internacional de Poesía que convoca a escritores de diferentes países. Como muestra de la calidad y valor de la literatura rosarina baste mencionar algunos de los autores que La Capital anuncia en la colección La literatura en Rosario : Felipe Aldana, Alcides Grecca, Jorge Riestra y tantísimos otros. Cabe preguntarse entonces: ¿cuando alguna dependencia cultural “no funciona bien “ hay que cerrarla ? Cerraríamos también entonces ante alguna gestión desacertada el museo Castagnino o el bellísimo Estevez ? No sería más lógico corregir el rumbo, convocar a un concurso de ideas para optimizar el espacio, ampliarlo y sobretodo otorgar a la literatura un presupuesto al menos cercano al que se les asigna a otras disciplinas? Quizá la poesía no venda demasiado pero constituye claramente uno de los pilares de la identidad de los pueblos y como bien expresaba Mario Benedetti  “es el género de la sensibilidad última e irreversible”

MIGUEL J CULACIATI

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Mario Benedetti

Por Corina Moscovich - 19 de Mayo, 2009, 9:29, Categoría: 5.PALABRISTAS

  PAUSA
De vez en cuando hay que hacer
             una pausa
 
contemplarse a sí mismo
             sin la frusición cotidiana
 
examinar el pasado
             rubro por rubro
             etapa por etapa
             baldosa por baldosa
 
y no llorarse las mentiras
sino cantarse las verdades
 
 
Mario Benedetti en Ramón Budiño, en Poemas de otros

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La muerte del poeta

Por Armando Delponte - 19 de Mayo, 2009, 9:28, Categoría: 5.PALABRISTAS

Compañeros: Se ha callado el cantor. Ha muerto el Poeta Oriental Don Mario Benedetti, el que supo hacer de su arte una denuncia militante. América Latina está de luto. Al menos, pudo morir en su querido Montevideo, en democracia y con un gobierno que gozaba de su entera simpatía.

Armando Delponte

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No sé

Por Norma Ruiz - 19 de Mayo, 2009, 9:26, Categoría: 5.PALABRISTAS

no sé:
he perdido las alas de la imaginación
y con ellas, la inocencia
ya no tengo ilución, la magia y el encanto, no me sorprenden
he buscado la risa, entre los rincones
el movimiento me paraliza
no puedo remontar al barrilete de mis sueños
y la canchita de mi barrio, está de paro por tiempo indeterminado
he buscado al caballito y a la sortija, de la gastada calesita
el chicle bazooka en mi bolsillo
un ídolo que me inspire
¡pero de tanto buscar, me he aburrido¡
ayer ,ví como los globos en el cielo, se veían pequeños
y decepcionado.
pegué en todas las esquinas un cartel
"se busca" un par de alas
Norma Ruiz

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Por Norma Ruiz - 13 de Mayo, 2009, 11:10, Categoría: 5.PALABRISTAS
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