Ya me lo había anticipado el hijo, ni bien llegué con el teodolito a la villa miseria: "papá está raro hoy, ayer por la noche estuvo leyendo unos libros gordos, sin dibujos".
"¿Raro?", le pregunté yo. "¿Tu papá lee libros?". Y agregué: "andá y decile que se corra, que tengo que medir, él me tapa la visual donde está sentado".
"¿Es para sacar fotos, don?", me preguntó. "No, pibe, es para medir. Por acá va a pasar la calle, y hay que voltear las casas", le respondí.
"Ya sé. Nos van a dar ocho mil pesos y chapas", dijo con suficiencia. "Pero mejor vaya usted, don, a decirle que se corra."
Me acerqué al padre, que estaba sentado en un pasillo entre los ranchos. Tenía un pedazo de espejo en cada mano, y se entretenía observando la serie infinita y mutua de reflejos.
"Jefe, buen día. ¿Se podrá correr un rato nomás, que tenemos que medir para hacer el proyecto de la calle que pasa por acá?", me animé a pedirle.
El tipo pensó un rato, dejó los espejos en el piso, y me contestó: "Si usted está seguro de que la calle va a pasar por acá, no necesita medir, vaya y haga el proyecto. Si, por el contrario, usted no está seguro, no hay razón válida por el momento para que yo me corra. En ambos casos, entonces, debe dejarse de jorobar."