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Narrativa - Casa de la Poesía

Brevísimos

Por Buqui Vatalaro - 27 de Noviembre, 2009, 16:50, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Brevísimos


Tarea cumplida

Susana está sentada en el pórtico de la casa contemplando el mar y su pasado. Evoca la tarde cuando se recibió de Perito Mercantil. Preñada de esperanzas, Susana comenzó entonces sus estudios universitarios. Y fue doctora. Había salido muy temprano de su hogar para trabajar, más tarde se enamoró y se casó, después tuvo hijos que le dieron nietos y éstos, a su vez, bisnietos. Reconoce haber vivido un tiempo valioso. Ahora espera que venga el sueño de la siesta perdurable y, a días nomás de cumplir noventa, se la ve feliz con su tarea cumplida.

Pensando en ella

Después de beber la última copa me quedé profundamente despierto pensando en ella. No podía renunciar al deseo. Especulé con ir a buscarla, a pesar del clima hostil y de la hora imprudente. Eran casi las tres, llovía a cántaros y el viento arreciaba con fiereza. En ese momento, aunque  me reconocí agotado por el trajín de la jornada en la fábrica, decidí ir por mi incondicional ama y señora. Me vestí, calcé mis botas, puse sobre mis hombros un mantel de hule y salí a buscarla. Ella estaría esperándome en la esquina de siempre, lo sabía con certeza. Entonces, entré al local y compré otra botella.

Tiempo de descuento

Cuando el viejo beduino me dio su reloj a cambio de un camello joven, me dijo: “si logras ponerlo en marcha, tu vida cambiará para siempre”. No le creí y lo puse en marcha. Curiosamente hizo tac, tic y las agujas comenzaron a girar al revés. A medida que el tiempo retrocedía comencé a ponerme más y más joven. Negro el cabello, fuertes los brazos y mis dientes reaparecieron cada uno en su lugar. Podía nuevamente correr, trepar árboles y cruzar montañas. Me llegó tarde el espanto. Infelizmente me di cuenta del horror una vez que todos partieron, entonces destrocé el reloj con mis propias manos. Estaba solo, tenía catorce años y llevaba vividos ciento seis.

Perdidos

Muy lejos de los reinos, después de algunos siglos entre la horca y el azote, la provincia vecina al mar fue devorada por sus herederos. Los navegantes de oriente que llegaron doscientos años más tarde la encontraron vacía.
Sin árboles y todo lo demás.
Daba pavor verla de esa manera. Jamás los hombres vieron soledad tan sola. No había pasto en el suelo ni pájaros en el cielo. De aquellos tiempos verdes nada había quedado. Tampoco memoria. La provincia era una roca, algo así como una lápida arrancada de la costa. Y entonces fue una isla en el Pacífico que llamaron de Pascua, habitada por gigantes de piedra mirando al este por encima del horizonte.
Esas estatuas pedían socorro. Pero ni los dioses podían escuchar sus voces mudas, perdidas. Como perdidos estamos en el universo infinito.

Buqui Vatalaro


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Amor desolado

Por Buqui Vatalaro - 13 de Mayo, 2009, 10:59, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Llegó a casa y encontró a su joven amada muerta en la cocina. “¡Federica, Federica!”, gritó. Su desconcierto fue tan grande que no atinó a hacer nada pues nada podía él hacer frente a la realidad. La muerte suele jugar malas pasadas y siempre descubre nuestro escondite en el momento menos pensado. Aquel día comprobó qué difícil es contrarrestar el dolor que deja la partida de un ser querido. No podía reaccionar. Quedó impávido sentado en el piso a su lado mirándola yacer cuan larga y bella era. En su interior crecía aún más el amor que le prodigó en los seis años de convivencia y sintió que el corazón se le partía.
Hizo un gran esfuerzo económico la vez que tomó un préstamo para poder comprarle la casita blanca del folleto y llevarla a vivir consigo. Desde entonces no tuvieron ni un sí ni un no. No podía creer que el amor de su vida ya no estaba. Tan buena que había sido. Federica seguía tendida y su hermoso pelo negro contrastaba sobre el cerámico blanco de la cocina. Le dio la impresión de estar frente un cuadro surrealista. Tímidamente buscó con la mirada algún hilito de sangre que no vio. De un vistazo comprobó que cada cosa estaba en su lugar. Se aventuró, entonces, a desechar la idea de que hubiesen sido asaltantes… o asesinos.  Pero… “¿qué pudo haber ocurrido?”, se preguntaba.
Tenía los ojos cerrados y estaba tumbada sobre su flanco derecho con las manos cruzadas. Conservaba la cinta celeste atada en el pelo. A él le pareció que dormía. Seguía sin poder meterse en la cabeza que Federica había muerto. Entonces reaccionó y la abrazó contra el pecho besándola una y otra vez mientras le hablaba con alguna velada ilusión de que reaccione.
Se conocieron casualmente un domingo cuando él llegó hasta la plaza del barrio a leer el diario bien temprano como de costumbre. La mañana estaba iluminada en aquella calurosa primavera. Tomó asiento a la sombra de un plátano y se dispuso a leer el suplemento deportivo cuando la vio. Ella se asoleaba en el banco de enfrente. De reojo observó en las cercanías y comprobó que estaba sola. La vio espléndida, muy tierna todavía, le pareció hermosa como pocas. Advirtió que tenía los ojos puestos en los suyos con una mirada entristecida. Cuando la invitó a arrimarse con un gesto ella, imperturbable, no respondió y le dio vuelta la cara. Se apreció tan desairado que, ni lerdo ni perezoso cerró el periódico y lo puso debajo del brazo, caminó unos pasos para sentarse a su lado a echar un párrafo. Más que nunca, aquella mañana él tenía muchas ganas de quedarse a conversar en la plaza. Sumisamente ella aceptó su compañía y, al hacerlo, él comprendió que la suerte estaba echada. En un santiamén se enaltecieron el candor de la primavera y el color de las alas de las mariposas. Hasta el vuelo singular de las aves juzgó diferente esa mañana. Fue el comienzo de un gran amor.
Con ella muerta entre sus brazos, el cuerpo frío ya, recordaba que en aquel primer encuentro le había hablado a más no poder para conquistarla. Hasta se atrevió a comentarle acerca de la importancia de estar unido a otro en la vida, que la soledad no es buena consejera, que el amor es la madre de las virtudes y que patatín patatero. Acabaron acompañándose en la vida bajo un mismo techo. Y fueron muy felices.
Apretaba fuerte su cuerpo, deseaba que todo fuese una maldita pesadilla y que Federica regresaría a él dispuesta a seguir cortejando sus días y sus noches. Quiso llamar al doctor Kruger pero comprendió la innecesidad. Federica estaba muerta… muerta. Mal podía pensar su pobre cabeza atontada en momento tan doliente. Tan grande fue su amor y la necesidad de tenerla consigo en casa que decidió enterrarla en el patiecito de atrás junto a la higuera. No podía desprenderse de ella así como así nomás. Supo al dedillo que había enloquecido con esa chifladura propia de los que sufren y enferman de repente. Penosamente y con una cuchara de albañil que sacó del galponcito cavó un foso en el lado oeste del tronco de la higuera donde el sol ponía su luz por las tardes. A Federica le gustaba mucho ir al patiecito a complacerse con las puestas anaranjadas del sol.
Terminó de cavar cerca de la medianoche y regresó a la cocina. Se enjugó las lágrimas antes de alzarla en sus brazos como miles de otras veces. A ella le placía estar en sus brazos. Tanto le placía que más de una vez se le cayeron las babas antes de quedarse dormida. Como pudo fue tambaleando hasta la higuera con todo su dolor puesto en el alma. Él no podía creer lo que estaba haciendo y llorando a moco tendido colocó con cuidado su cuerpo inerte en el frescor del fondo oscuro del pozo. Luego ocultó el rostro de Federica con su pañuelo blanco hecho una sopa que sacó del bolsillo y, una a una, fue acomodando sus pertenencias alrededor del cuerpo: la cinta celeste, el cepillo, el CD de María Elena Walsh, la pelota de tenis, la correa, el mordisco de hule y el platito colorado con la letra “F”.
Angustiado, no sin esfuerzo devolvió a su lugar la tierra removida.

Buqui Vatalaro
Taller Escritura para Adultos (Narrativa)
Casa de la Poesía
Profesora Celia Fontán

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Saber buscar

Por Buqui Vatalaro - 13 de Mayo, 2009, 10:58, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Busco y rebusco mientras el frío arrecia. No puedo hallar mi suéter por ningún lado. Lo busco una y otra vez. Miro debajo de la alfombra pero sólo hay pelusas. En el congelador de la heladera tampoco está, allí encuentro dos cubiteras y un táper con algo marrón adentro. Busco detrás de los cuadros y con mi suéter no me topo, sí con viejas telarañas. El frío arrecia. Sigo buscando.
Voy hasta el garaje. Reviso en la caja de herramientas y nada; hallé pinzas, martillos y tenazas, un destornillador con el mango roto, pero no mi suéter. Pienso que puede estar enredado en la antena de TV en la terraza pero pienso mal, en ella sólo hay un gorrión nervioso que mira con desconfianza. El frío arrecia. Sigo buscando.
Me estoy congelando. Desconcertado, voy al baño a mirar en la bañera y nada, mi suéter no aparece. Hecho un bollo adentro del jarrón del vestíbulo tampoco está aunque del fondo saco, sí, un extraño envoltorio que contiene un polvito blanco que tiro a la basura. El frío arrecia.
Ya no sé adónde más buscar. Tan lindo que es mi suéter, verdecito claro. Y tan necesario. Sigo buscando. Voy al sótano y esperanzado abro el viejo arcón del abuelo, encuentro de todo menos mi suéter. Se me ocurre mirar en el lavavajillas y… nones, solamente fuentes y platos.
No puede ser tan mala mi suerte. Entonces invento un juego de palabras: repito suéter y suerte cien veces con frenesí invocando a los duendes a que lo regresen. En mi casa moran duendes. Doy tiempo al tiempo pero mi suéter no aparece. Se hace tarde, el frío arrecia y tengo que ir a trabajar.
Por fin, voy hacia el ropero a buscar mi corbata azul. Abro la puerta del medio y allí está el muy escurridizo, plisado y a la vista: mi suéter verdecito claro.

Buqui Vatalaro
Taller Escritura para Adultos (Narrativa)
Casa de la Poesía
Profesora Celia Fontán

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pasada 1 of 2

Por colo - 10 de Noviembre, 2008, 13:01, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

VTS_01_2... Completado
VTS_01_2... Completado
VTS_01_3... Corriendo, Codificando Video
Estado: Codificanco Video, pasada 1 of 2
pasada 1 of 2
pasada una of two
pasada una de dos
o pasas o te quedás
una o la otra
o es en castellano
o es en inglés
     y
      no
      le
     busques
    la quinta pata

porque no la tiene
se acaba
no es tan largo
si leés más te vas a enroscar

¿no entendiste?
basta
tomátelas
si a vos qué te importa
vos hacé la tuya
somos mundos subjetivos que se interconectan en una secuencia
de diez segundos trece que tarda en llegar un mensaje de texto promedio
y despúes zas

            ZAS

              Z  A   S   ! ! !

fuerte
en el oido
y ojo con la calle
¡no ves que estás pisando la calle!
"¡subitealcordonhijodeputa!"
te grita el tacho que pasa
y vos haces unos pasos para atrás
y te subis a la vereda
y por atras una chica
pasa caminando
lento
y vos rapidísimo pensás
"¿y si es ésta?"
y te pasa bien en frente de la cara
bien cerquita
a treinta y tres centímetros
que es lo máximo que permite la vereda
vos levantás la mirada
y te ponés a ver el cartel de colectivos

        129
  hospital alverdi
    avellaneda
       pami 1

        140
  hospital alverdi
     avellaneda
 treminal de colectivos

        160
      santiago
      f. swiff
    rosario norte

               y se te pasó
             ahora la ves de atrás
                         y pensas
                        "era  ella"

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Crónicas terrícolas

Por Eduardo Mancilla - 17 de Marzo, 2008, 20:42, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

A un lado del reseco lecho del río Paraná, donde decenios atrás estaba emplazado el club Regatas Rosario, se iba a llevar a cabo el XXXXVII congreso de científicos Intergalácticos para resolver que hacer con los despojos del planeta tierra.
Bajo una pertinaz llovizna ácida que pincelaba el cielo ocre, las naves nodrizas dejaban caer los transbordadores repletos de espectros fluorescentes.
Otros entes alienígenas habían terminado de estacionar sus naves propulsadas vaya saber por que fuente de energía. El parque Fabio Zerpa, construido sobre las ruinas de lo que fue el Parque Alem, rebalsaba de naves poderosas y extravagantes llegadas de galaxias remotas.
De una de esas naves descendieron dos hologramas con formas zoomórficas conectados psíquicamente se supone que manteniendo algún tipo de charla. En ese momento los interrumpe lo que creen puede ser un harapiento niño humanoide que les dice:
-¿Se la cuido Don?-
 
Eduardo Mancilla
Casa de la poesía, prof. Celia Fontán

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Swingers

Por Eduardo Mancilla. - 15 de Diciembre, 2007, 15:34, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Sonido de timbre de teléfono o riiiing, como más les guste.
La mujer delgada oye el sonido desde el palier. Corre, abre la puerta presurosa, tira las llaves sobre la mesa y, prácticamente se lanza sobre el tubo. Agitada por el esfuerzo, atiende.
-Hola….!-
-¿Sos vos perra arrastrada…!?
-¿Quién habla?- responde sorprendida por la voz desconocida del hombre.
-No te hagas la boludita, sabes muy bien quien habla…!-
-Pe pppero….!-
El marido llega al departamento detrás de ella. Celoso como un perro Rottweiler ciego, presta atención a la charla.
-Te ví, no lo podes negar, te vi salir del telo con el turro ese- recrimino la voz del hombre.
Ella, perturbada, no pudo reconocer la voz, pero si la situación.
-Pero escuchame…, no se quién sos…! Responde mientras mira azorada a su esposo.
-No te hagas la que no me conoces, hipócrita, putita, reventada- bramo la voz del otro lado de la línea.
El marido, bruto como pocos, la empuja y agarra el tubo que su mujer había soltado en su caída al suelo.
-¿Pero quién carajo habla? Pregunta con el seño fruncido y voz autoritaria.
-¿Vos sos el carnudo del marido?, ¿porqué no averiguas con quién se viene revolcando tu mujercita todas las tardes?- ¿eh? Porqué no le decis que te cuente con quién nos esta gorreando la perra ¡Nos mete los cuernos a los dos…, enterate, sorete!
Enceguecido por lo que está escuchando, mira a la mujer que se está incorporando y tapando el micrófono del tubo con la palma de su mano, le dice:
-Hija de puta, con razón llegas todos días a cualquier hora…!- le recrimina fuera de sí.
La mujer pensando que había sido descubierta por algún amigo del marido, se tapa la cara, llora y gesticula exageradamente…! Ahora trata de negar la situación con un movimiento de su cabeza pero sin emitir palabra, entre sollozos.
Mientras el interlocutor anónimo seguía profiriendo insultos y acusando a la mujer de acciones reñidas con la moral y la santa castidad de su matrimonio, el marido toma con su mano libre una efigie de la Venus de ébano que estaba sobre la mesita del teléfono y le aplica un feroz golpe en la cabeza.
Cuando el agresor ve caer pesadamente el cuerpo, nota que se trataba de un golpe mortal, en segundos, la sangre brotaba en una mezcla pegajosa con sus cabellos rubios. Entonces, un hilo sangre comienza a escapar de la comisura de los labios, lo que presagiaba la imagen que tantas veces había visto en películas. Su mujer estaba muerta.
¡ El marido, viéndola inerte, lanzó un grito desgarrador…!
¡Marisaaaaa…!
Cuando el interlocutor escucha el grito, le dice al marido que aún estaba con el tubo en su oreja.
-¿¡Pero como Marisa!? ¿No hablo con la familia Torres? Pregunta atónito.
-¡No idiota, somos los Passinni…! Responde el marido dejando caer su cuerpo arrastrado en la pared del living.
-Ó…, perdón…, número equivocado-
Aclaración:
Los  nombres propios y apellidos nada tienen que ver con la realidad, cualquier coincidencia, verifique su número en la guía telefónica.
 
Eduardo Mancilla.

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33 Revoluciones.

Por Eduardo Mancilla - 11 de Diciembre, 2007, 17:23, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Los tres habían salido mismo vientre materno. Los tres eran observados con famélica indiferencia. Los tres habían sido atravesados por la misma espada. Los tres chorreaban la misma mansedumbre. Los tres giraban a 33 revoluciones por minuto en el inflamable Spiedo.
 
Las salas del infierno.
Mientras esperan por habitar su eterna morada, oyen sus nombres por los altavoces del purgatorio:
-Profundamente perturbado.., amargamente solitario.., enajenado irrecuperable.., irremediable crueldad.., dictador despiadado..-
Uno a uno ingresaran a la sala de tormentos del infierno denominada “Honestidad Brutal”.
 
Epitafio:
Debajo de ésta eterna loza, yace una gran fortuna.
Remedios Clotilde Fortuna – 1889-1956
Ilusionista en vida. QEPD.
 
Eduardo Mancilla.  Taller literario La Casa de la Poesía. Sra. Celia Fontán.

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El concierto

Por Eduardo Mancilla - 10 de Diciembre, 2007, 12:46, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Mi coche se detuvo en la desierta avenida de la mano del paredón. Era invierno, lloviznaba y la madrugada me había sorprendido muy a mi pesar. Por un momento pensé en pedir un taxi, pero el extraño movimiento que provocaba el viento sobre los álamos en principio me distrajo y luego me atrapó. Me esforcé en descifrar el sonido que producía ese efecto, oí lo que supuse eran melodías de Brahms. Schumann tal vez… Lo que sea, estaba fascinado por la música, no me importó mojarme, ahí estuve por largo rato disfrutando el concierto recostado sobre mi coche y fumando cada tanto.
Flautas traversas, violines y chelos, atravesando la humedad tan Rosarina, enriquecían la sinfonía con una actividad coral de tono melancólico pero hermosa al fin.
El viento cesó y escuché el inconfundible aplauso del público premiando el excelso concierto. Cuando amaneció pude leer el cartel que la cerrada noche no me permitía, Cementerio “La Piedad”.

 Eduardo Mancilla.

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Álvaro

Por Mónica Colomer - 29 de Noviembre, 2007, 12:30, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Se levantó al amanecer. Era un buen día. Bien abrigado se dirigió a la plaza. Buscó un banco donde diera el sol y, ya acomodado, abrió el libro. Álvaro leía de tal forma que si se lo observaba sus gestos daban a conocer la historia que estaba leyendo: su rostro denotaba preocupación , tristeza, enojo o alegría mientras se acomodaba  en el banco de todas las formas posibles. Nada a su alrededor parecía existir. En realidad, Álvaro no era solamente un lector: era un actor. 

                                                                         Mónica Colomer

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El lector - PARTE 4

Por Celia Fontán - 28 de Noviembre, 2007, 16:55, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

La increíble inmensidad de lo escrito
Acabo de leer un cuento. Cierro el libro y visualizo las primeras líneas, donde Felisberto Hernández cuenta la historia de "un literato que no tenía asunto", que no tuvo asunto desde el 24 de agosto por la tarde hasta el 11 de octubre. Dadas las circunstan¬cias, no puedo hacer otra cosa que relacionarlo con mi urgente necesidad de escribir un texto; tampoco yo tengo asunto o, mejor dicho, asunto tengo pero no encuentro cómo llenarlo. ¿Tal vez con un drama de guerra, con la historia de un amor traicionado o el relato de una venganza? El literato de Felisberto decide por fin "si quiero asunto tengo que meterme en la vida" y sale a la calle para hallar alguno. Yo vengo intentando sin éxito imitarlo, o sea, meterme en la vida, pero mi mente permanece ociosa e insiste en que los temas universales: el amor, la vida y la muerte, han sido ya magistralmente abordados, desde las conmovedoras pequeñas memorias de la infancia de Saramago al cautivo de Borges, desde el desaforado dictador inmortal de Roa Bastos hasta el espanto y el misterio de los cuentos de Poe. Hoy ya no podré escribir ninguna historia, pero en cambio siento la compulsión de leer y me invade la certeza insalvable de que la vida no me alcanzará para abarcar la increíble inmensidad de tantas historias guardadas en los libros.
Por lo tanto, porque sigo sin resolver lo de mi asunto y ante la imposibilidad de escribir mi texto, me voy a casa para terminar de leer un libro fascinante que comencé anoche. Disculpen y gracias.
Nelly Galasso 

Tomates y hongos
Comenzaba a rehogar una cebolla en aceite de oliva cuando sonó el teléfono. Como estaba solo en casa, no tuve  más remedio que atender.
- Hola ¿usted es Pancho Carranza? – dijo una voz rara.
- Sí, ¿quién habla?
- Eso no importa, lo que importa es que si querés ver a tu hijo con vida sigas atenti  las indicaciones que te voy a dar.
Puta, se me va a quemar el aceite, pensé.
- ¿No podría llamar en un ratito, por favor?
- ¿Me estás jodiendo? Te lo mato al pibe, no te hagas el boludo.
- Es que en este preciso momento no lo puedo atender.
Corté el teléfono. Estos tipos suelen ponerse pesados y descolgué para que no me molestara por un rato y corrí a la cocina. Por suerte no se había quemado nada. Agregué una hoja de laurel, un poco de pimentón dulce y una pizca de ají molido. Luego agregué dos latas de tomate cubeteado y recordé que había quedado en llamar por teléfono a mi amigo Charlie, el  invitado al almuerzo que estaba preparando, para confirmar la hora del encuentro..
- ¿Venís?- le dije cuando atendió.
- Menos mal que me hablaste, la verdad es que me había olvidado. En un rato estoy en tu casa – y me preguntó - ¿Qué vas a cocinar?
- Tallarines con una salsa de tomates y hongos.
- Llevo un vinito Malbec y helado de menta – concluyó.
Colgué olvidándome del molesto secuestrador. De inmediato sonó el teléfono.
- ¿Te volviste loco? Tengo tu hijo, escuchalo así ves que no es verso – gritó no bien atendí.
- Bueno, dale, pero rápido – contesté impaciente,  temiendo que los tomates se secaran.
- ¡Papá, me tienen estos tipos, hacé algo, por favor! – dijo la voz inconfundible de Nicolás
- Mi querido, lo que pasa es que estoy cocinando y viene Charlie a almorzar –le  expliqué.
- Pero viejo, estos están reembroncados, dicen que vos los estás jodiendo y que me van a cortar un dedo por cada hora que pase – dijo  llorando.
- Ponémelos al teléfono – dije imperiosamente.
- Hola, tarado, escuchá, queremos ciento cincuenta mil pesos. Juntálos y te llamamos en un rato para darte más instrucciones – y el delincuente cortó.
Volví a la olla, los tomates estaban bien. Les eché sal y pimienta. También azúcar y un caldito  de gallina. Pensaba en cómo determinaba las cantidades  de sal, azúcar, especias  y cualquier otro agregado y  llegué  a la conclusión de que nunca usaba medidas. Sin embargo, las comidas preparadas por mi salían muy ricas. No es que lo dijera yo, todos mis amigos y parientes alababan el sabor exquisito de  mis platos. Nunca había reflexionado sobre cuál era el método que empleaba, pero era indudable que  algún sistema utilizaba. Enseguida concluí  que, en efecto, ponía en práctica uno: podía casi percibir con la imaginación, con mucha  precisión, como iba cambiando el gusto de las preparaciones  en curso a medida que le echaba los diversas ingredientes, calculando la cantidad de porciones y multiplicando por ellas cada porción individual, en esa degustación en la fantasía. Es decir, si cocino para seis, le pongo la sal que me gustaría para mi parte y la multiplico por seis. Esto lo hago automáticamente, casi sin pensar. Y que yo sepa nunca o muy rara vez me he equivocado.
En esas cavilaciones estaba cuando sonó otra vez el teléfono.
- En una hora poné en el container que está en Pellegrini y 1° de Mayo la guita en una bolsa de supermercado en la que tenés que dibujar una cruz con un marcador negro en los dos lados de la bolsa. Ni se te ocurra avisar a la policía – y agregó riéndose – uno de los canas nos pasa el aviso que avisaste. Si no está la mosca te mandamos un dedo de tu hijito.
- Imposible, mandame el dedo nomás. Hoy es domingo y los bancos están cerrados. En el cajero no tengo disponible semejante cantidad. Y además, ya te dije, estoy cocinando y no me puedo ocupar porque se me quema la comida – y corté.
La salsa ya estaba en ebullición de modo que le bajé el fuego. Previsor, como debe ser todo aquel que aspire a cocinar bien, tenía desde hace no menos de dos horas una buena cantidad de hongos secos remojados en vino tinto. Alrededor de esto siempre hay discusiones: Están quienes aseguran que a los hongos secos (en general son de pino aunque también los hay de coco) hay que ponerlos en agua tibia y no en vino, porque éste les altera el gusto. También están los que se deciden por el vino blanco. Yo siempre opto por el tinto en las salsas rojas, como lo hacía mi padre, y por el blanco si voy a hacer una salsa con crema de leche. Y siempre me dio buen resultado. Por otra parte, no sé cual sería la diferencia, en el caso de remojarlos con agua, ya que de todos modos le agregaría vino tinto a una salsa de tomates como era la que estaba cocinando.
En la olla grande el agua con sal ya había roto el hervor, de modo que metí los tallarines.
Llamaron desde la puerta de calle y entraron mi mujer y Charlie. Mi mujer traía pan fresco.
Agregué un poco, tan solo un poco de orégano en la salsa. Y ordené:
- Pongan la mesa nomás, pero no pongan plato para Nico porque no va a venir a almorzar.
Nicanor de Elía

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El lector - PARTE 2

Por Celia Fontán - 28 de Noviembre, 2007, 16:44, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Aquellos otros
Aquel día, creo recordar que fue a comienzos de un invierno allá por la década del 60, caminé hasta el parque para entregarme a los placeres de la lectura. El frío había aquietado las aguas del lago y les proporcionaba un color verdoso. Los árboles se adelgazaban en su desnudez y la falta de sol imponía a todo un tinte grisáceo. No obstante, decidí quedarme y me acomodé en un banco dispuesto a disfrutar de la lectura, pero la conversación de dos hombres sentados en un banco lindero me distrajo de mi propósito. Los observé con cierta curiosidad debido al extraño parecido que había entre ellos. Pensé  en la posibilidad de que fueran hermanos. Sin embargo, en un análisis más detallado concluí que la diferencia de edad era demasiado notoria. Como la conversación entre ambos parecía tener un carácter íntimo, deduje que podían ser padre e hijo. Satisfecho con esta conclusión, seguí observándolos, oculto tras el libro que intentaba leer. No puedo precisar el tiempo que estuve así, unido a ellos por una sensación de extraña proximidad. Luego los vi intercambiar unas monedas, algún billete y despedirse. El de más edad arrojó algo al lago y se fue.
Al día siguiente volví, no sólo para concluir el cuento que había comenzado, sino con la esperanza de reencontrarme con aquellos dos hombres. En vano los esperé. No regresaron. Me sentí decepcionado, aunque pensé que no debía darle importancia al episodio. Seguramente la simbiosis entre lectura y ensoñación me habían producido imágenes propias de un cierto realismo onírico.
La mañana estaba apacible e invitaba a la caminata. Distendido, comencé a deambular por los alrededores del lago. Observé que cerca de la orilla flotaba un objeto brillante. Era una moneda extraña, similar a un escudo de plata. Rememoré que uno de aquellos hombres, el día anterior, había arrojado algo al lago. Recuerdo aún que me temblaban las manos cuando puse las monedas entre las páginas del cuento que acababa de leer, "El otro" , de Jorge Luis Borges y que apreté fuerte el libro y regresé presuroso a casa.
 Susana Boni

El lector
Le habían dado como máximo dos meses de vida. Se propuso hacer a partir de ese instante, lo que lo hiciera más feliz. Abandonó sus negocios, se despidió de su familia, se encerró en la biblioteca y comenzó a leer, uno por uno, los libros que nunca había tenido tiempo de leer. Pasaron días, meses, años y el hombre seguía leyendo.
Virginia Libbi

Descubrimiento
Aquel día estabas leyendo. Leías con esa familiaridad que me tenía tan cerca tuyo. Leías con esa ausencia que, al mismo tiempo, me dejaba tan lejos de vos. Te había visto muchas veces entregada a ese ritual, tantas que ya no recordaba cuántas eran. Pero aquel día me quedé mirándote de un modo nuevo. Te conocía desde hacía mucho tiempo, pero en ese momento llegué a una conclusión inesperada. Y me sentí como quien desentierra un antiguo tratado, lo profana sin importarle si debe guardarse o no el secreto, y proclama a viva voz su contenido al mundo. Todos debían saber que te amaba.
Alejandro Olivieri
 

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EL lector - PARTE 1

Por Celia Fontán - 27 de Noviembre, 2007, 14:58, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

TALLER LITARARIO PARA ADULTOS – CASA DE LA POESÍA
El Lector
Selección de textos del Taller Literario para Adultos de La Casa de la Poesía
Los textos seleccionados han sido escritos por talleristas que asisten al Taller Literario de Adultos de La Casa de la Poesía y fueron leídos en el Centro Cultural Bernardino Rivadavia durante el mes de junio. Todos giran alrededor de la problemática del lector que fue abordada a través de algunas ideas de Ricardo Piglia, desde el convencimiento de que la pregunta ¿qué es el lector? es, en definitiva, – como señala este autor- la pregunta de la literatura y que los textos convierten a sus propios lectores en personajes y, más de una vez, en verdaderos héroes trágicos. También nos ha guiado, como siempre, Macedonio Fernández quien aspiraba a que su "Museo de la Novela de la Eterna" fuera "la obra en la que el lector sea por fin leído".

A modo de introducción
Esta es la escena. El drama. En algún lugar, bajo la luz del sol o de la lámpara o bajo el temblor de la vela, alguien lee: libro, papiro, pantalla. La lectura, como acto, nombra a la madre de todos los intentos. Anterior a la escritura misma, o simultánea, sangre de su propia sangre, línea de su propia grafía.
El cazador, sigue el rastro de su presa, acecha en el resplandor aquello que lo desvela, descifra o cree descifrar. Ya está cerca, se apresta a dar el gran salto a otros universos. Sólo hace falta un poco de silencio, un poco de luz.
Celia Fontán ( coordinadora del Taller Literario para Adultos de la Casa de la Poesía)

Los textos pertenecen a Carlos Usinger, Norma Iribas, Jorgelina Talesca

Choque
El primer día noté algo extraño aunque  el cansancio me impidió que comprendiera cabalmente lo que estaba ocurriendo. Después de todo, habían cambiado tantas cosas que estos pequeños detalles debieron pasarme inadvertidos. Además me absorbieron los amigos: Oscar, Mario y algunos otros que apenas recordaba. Fue un día de afectos, mates y recuerdos que circulaban, desordenados y sediciosos, entibiando nuestros espíritus.
El segundo día exploré mi nuevo hábitat, aprendí sus reglas e intenté concebir un plan que me permitiera sobrevivir en ese ambiente desconocido y hostil.
El tercer día me subieron a un auto y me llevaron al centro. Allí la realidad me castigó como un baldazo de agua fría. Me vi, de repente, sumergido en un mundo de textos incomprensibles: letras y más letras que bailoteaban irreverentes frente a mis pupilas sin que pudiera interpretarlas. No es que no reconociera los signos, esa capacidad la conservaba, pero no lograba asociarlos con los significados que se escondían detrás de ellos. Yo, que me había jactado de mis habilidades intelectuales, me hallaba ahora reducido a un estado de total analfabetismo, como un niño, como un paria. Desconcertado por este descubrimiento, consulté a mis amigos. Se cruzaron una mirada cómplice y me contestaron con evasivas. Comprendí que  trataban de amortiguarme el golpe. Mario, que era el mayor, me abrazó con afecto. Los demás callaron. Al calor de ese abrazo fraterno, ninguna desgracia podría abatirme. Con la precisión de un cirujano, sus palabras cortaron de un tajo la ingenuidad que me quedaba:
- Mirá viejo, si querés vivir en Suecia, no vas a tener más remedio que aprender este maldito idioma.
Carlos Usinger
 
El libro y el gato
Acostada en el apolillado canapé, frente a la chimenea, cubierta por una desteñida frazada y fija la mirada en las llamas, está ella. Sobre la alfombra, ha dejado caer un libro de tapas amarronadas y  a sus pies, dormita un viejo gato.
A pesar de la enorme biblioteca que domina el lugar, hace mucho tiempo que sólo lee y relee el libro de tapas amarronadas.
Después de una larga meditación vuelve a empezar; mientras Ra, el gato, se despereza. Lugo se le acerca y se acarician, para después regresar a su molicie. La historia leída y releída la penetra toda: sueña a Gregord Samssa, mientras Ra la observa. Si la siente inquieta comienza a humedecer su vieja y reseca piel con amorosa paciencia. La lengua se desliza por todo su cuerpo y ella siente un placer indefinible. Poco a poco comienza a ovillarse mientras que, por la pared desteñida, Gregord Samssa  arrastra con sus patas ridículas su vientre parduzco.
La escena se repite día tras día y a Ra le cuesta cada vez más llegar hasta la piel reseca. Ella ya no usa la frazada raída, ya no siente frío, ahora dormita junto a su compañero mientras Gregord Samssa camina trabajosamente por la pared.
El otoño, acumula hojas secas en el viejo parque y ella, que está  despierta desde hace un rato, le habla a su Ra y lo mira con ojos fosforescentes, al tiempo que se deleita  con el monstruoso insecto.
Norma Iribas
 
Emma
Con tu sufrimiento olvidé mis penas. Alejé mis pensamientos porque sólo había lugar para los tuyos y lloré tus lágrimas con profunda desolación. Cuánta angustia, mientras recorríamos juntas la monotonía de la vida cotidiana, la desilusión de tantos amores inmorales que se perdían con la pasión. Fuimos inseparables. Diría: una misma persona. Pero poco a poco te fuiste  desvaneciendo. Vos volviste a tu desesperación, a tu muerte y yo cerré el libro. Había olvidado, por unos días, mi propio dolor.
Jorgelina Telesca 

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Invisibilidad

Por Alejandro Olivieri - 27 de Noviembre, 2007, 8:53, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Esto es algo increíble que me ha pasado toda la vida. Cuando caigo en estados de tensión o de ansiedad, me desvanezco. Pero literalmente, es decir, no me desmayo, sino que directamente desaparezco. Si en la escuela una profesora me señalaba para que contestara en voz alta una pregunta, yo de inmediato me disipaba en el aire, y donde una mano se había elevado pidiendo la palabra, ya no quedaba nada. A los maestros les tomaba un tiempo acostumbrarse a mis desapariciones: sólo en el segundo semestre dejaban de sobresaltarse. Todavía hoy, cuando debo hablar en público por exigencias laborales, me toma unos minutos reaparecer ante la audiencia. Mientras tanto, todos quedan atónitos frente a esa voz que proviene de un sitio vacío. Después de numerosos estudios, los médicos llegaron, por fortuna, a un diagnóstico certero: invisibilidad temporaria crónica. Pero no tiene cura. Por eso esta noche, aunque nuestro encuentro no sea el primero, la historia ha de repetirse. Llegará a tu casa un automóvil vacío, se abrirá una puerta, y no bajará nadie. Unos segundos después sentirás en tu mano una caricia familiar, aunque sin causas visibles. No te inquietes. Seguramente seré yo, tan puntual y ansioso como siempre.

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El Croto

Por Eduardo Bonfatti - 30 de Octubre, 2007, 14:18, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

                                                                           

Un día decidí vivir como un croto
El croto
Abandoné la biblioteca, bajé las escaleras hasta la cocina, agarré algunas bolsas de plástico y luego de ponerme un abrigo, Salí a la calle.
Lo primero que hice fue caminar. El sol y la sombra me indicaban por que vereda, los autos y los semáforos me decían cuando seguir derecho y cuando doblar en la esquina. Con el tiempo empecé a encontrar direcciones, en los nombres de las calles, en los guiños de los autos, en los relojes de las estaciones. Caminé lo suficiente de día y descansé lo necesario de noche. Empecé a sentir hambre y sed y calor y frío. Empecé a llenar las bolsas de plástico con comida o con adornos o con abrigos. Cuando me fui quedando sin plata mendigué, primero con la mirada arriba, luego con la mirada en la mano clamante, luego cerré los ojos y el estómago. Evitaba todo contacto con otras personas y me alegró saber que ya no necesitaría hablar más con las panaderas o los kiosqueros. Sed nunca dejé de tener pero siempre encontraba algún vagabundo que me convidase vino. No me exigían nada, ni siquiera palabras. Pero los vagabundos se aburría fácil y solían ser camorreros, hablaban mucho solos, o con sus perros o con los buzones del correo. Ahí me levantaba y seguía caminando, demasiadas señales tenía la ciudad como para escuchar a alguien hablar y hablar. Me agotaba.
Tres perros me siguieron siempre y otros iban y venían. Nunca pude ponerles nombre. Lo intentaba, pero se hacían muy largos, casi descriptivos, casi narrativos. Pronunciarlos me cansaba. Abandoné completamente el intento sin llegar a conseguir ni un solo bautismo.
Cuando necesitaba mear o cagar buscaba bares. Cuando no los encontraba buscaba árboles. Cuando la policía me veía me llevaba preso para soltarme a las pocas horas. Cuando no tenía muchas fuerzas meaba y cagaba en el momento, acostado o sentado. Cuando empecé a apestar ya no me dejaban entrar en los bares y la policía dejo de interesarse por mi. Me convertí en bolsa de supermercado y colilla de cigarrillo, me hice asfalto y ladrillo. Pero nunca pude dejar de caminar.
Mi percepción de las señales se agudizaba cada día y cada noche. La ciudad se convirtió en un gran mapa de direcciones a seguir. Las baldosas rotas, las nubes y el smog, los carteles de “cerrado” o “abierto” o “tire” o “empuje”, los tonos de los caños de escape de las motos, los rayo del sol reflejados en una bicicleta con cds brillantes en los caños de las ruedas, las chapitas de cerveza incrustadas en las bocacalles de las esquinas con bares, el olor de las panaderías y de las gomerías, el olor de la calle después de la lluvia. A veces las señales eran exigentes y el roce de mi mano en un picaporte azaroso me obligaba a caminar semanas enteras o mi lengua sobre un semáforo me ordenaba tomarme el 160 negro.
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VECINOS DE TODA LA VIDA

Por Ignacio Amillategui - 7 de Septiembre, 2007, 0:16, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

VECINOS DE TODA LA VIDA
- Buenas tardes, señor- dijo el hombre-, ¿en que lo puedo ayudar?
- Señor- dijo el viejo-, ...como anda?
El hombre sonrió. Se paso la mano por la barba.
- Bien don, bien...
El viejo miro las estanterías llenas de cosas. Se distrajo con los colores.  El hombre le vio los ojos grises, redondos. No se fijaban en nada.
- Mi hija..., mi familia se queja. Estoy raro. No sé bien...
- A ver...cuénteme 
El viejo no dijo nada.  Miro al hombre. Sonrió apenas.
- Comíamos. A mi no me gustaba lo que había. No comía. Tenia a mi hija al costado y al novio enfrente. Nadie hablaba.
- ¿Y su mujer?
Paró. Le costaba usar su memoria, acomodar los pensamientos, hablar. Cada palabra movía hilos. 
- Peleamos. Tiró una silla. Se fue. Por suerte mi hija se quedó.
- Ay ay ay las mujeres- dijo el hombre, mientras sacaba una botella de anís y dos copas- hacen el mundo mas jodido, pero más lindo también, ¿no?
El viejo empezó a mirar alrededor suyo. La pared a su izquierda, las cajas que había ahí. Siguió con su mirada hasta la puerta por donde había entrado y quedo de espaldas al mostrador. El hombre se reía por lo bajo y servia las copas. El viejo había perdido un poco de pelo.
- Eh, ¡no le dé la espalda a un amigo!- dijo el hombre
El otro se dio vuelta lentamente. Habló con voz seca.
- ¿Y si nos tomamos un anís?
El hombre señaló orgulloso las dos copas:
- ¿Cómo lo conozco, eh?-  Se la tomo de un trago, pero el viejo enfrente se la quedó mirando. Con los brazos a los costados, no sabiendo bien que hacer.
- ¿Vas a tomar?
- Me gusta- casi dijo
- Y bueno, dale entonces- se sirvió la segunda y la bajo de un trago otra vez.
El viejo levantó la copa y tomo un poco.
- Al final nunca me contaste lo del accidente. Bha, creo que no le contaste a nadie. ¿Porque tanto misterio che?
- Mm... mi hija y el novio hablan de eso. Gritan.  Quiere irse ese.
El hombre lo dejo reposar. Después pregunto
- ¿Y que dicen che?
- Yo venia en la chata. Venia bien.  Después al hospital...
Estuve dos horas sin respirar.
- Sin respirar ¿eh?, lindo titulo para un tango, ¿no?
Se bajo la tercera copa. Una mas que de costumbre para un lunes, pero bué.
- decime Fernando, ¿cómo fue lo de las dos horas?
El viejo rodeó el mostrador. Iba despacio, rozándolo con el brazo. Se acercó hasta el hombre. Quedo mirándose en el espejito de la pared. Vio la media sonrisa que se le había instalado en la cara desde hacia una semana. Vio el cuero cabelludo a través del pelo. Se detuvo en sus propios ojos, mirándolos uno por vez. Redondos, grises, grandes. Le costaba moverlos pero no le importaba.
- No sentí nada... que querés que te diga. Mi hija...,mi familia me pregunta... que sé yo.
Teniéndolo tan cerca, el hombre se inquietó. No sabia que era. Era el olor agrio que tenia, lo raro que estaba.
Se las arreglo para pasar entre el viejo y el mostrador. Camino por uno de los pasillos del mercadito como buscando algo. Cuando llego al fondo se dio vuelta. Fernando seguía mirándose al espejo, tocándose la cara con las manos.
- Al pendejo, al novio de mi hija le pegue. Me echaba. Quedó en el suelo. Mi hija gritaba.
Algo pareció terminar. Un ultimo esfuerzo antes de perderse.
Giró y camino hacia el otro; iba como apoyado en la estantería. Parecía no verla. El hombre, sin pensarlo, se metió en el cuartito que usaba de deposito y trabo la puerta. Se le vino la imagen del rifle en el mostrador. El viejo chocó la puerta con su cuerpo. Partió la cerradura. Clavo sus manos en el cuello del hombre. Apretó. En el ultimo momento el hombre miro la cara que tenia enfrente. No vio a nadie conocido.

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VOLAR VOLAR

Por Ignacio Amillategui - 7 de Septiembre, 2007, 0:12, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

VOLAR VOLAR
-  Al parecer, desde hoy a las 6:14 de la mañana, la gente tiene la capacidad de volar -.
Dijo el periodista en la tele. José sopo la medialuna en el café y miro por la ventana; Un tipo como de 50 años paso volando a los gritos. "Era cierto nomás"  pensó. La mañana del martes estaba nublada.  El día había sido declarado feriado hacia unos minutos  debido a la situación que se estaba viviendo en las calles. "Que bueno",  pensó José. "No tenia ganas de ir a laburar". El periodista continuó con el flash de noticias.
- Los ventiladores de techo se habían cobrado 34 victimas hasta el momento -. Un doctor recomendaba apagarlos aunque hiciera calor. - Éxodo de miles de jubilados que intentaron volar para visitar a hijos y nietos. En estos momentos estaban siendo recuperados de los costados de las rutas, presas de increíble agotamiento-. El mismo doctor aclaraba que volar era como caminar rápido y podíamos quedarnos a mitad de camino. José se acerco mas a su ventana. La gente volaba agarrada de las manos. No se veían autos ni colectivos en las calles. Todo el mundo estaba afuera "y eso que recién son las 8". El periodista seguía: - Un suicida se arroja al vacío y cree ser salvado por Dios. Declaro que cuando vio que todos podían volar se deprimió de vuelta -. El doctor no apareció después de este flash.
José salió a la calle con su radio de bolsillo. Ahí sintió por primera vez esa sensación tan rara , tan linda. Era como una emoción en el estomago; Una emoción y una certeza: podía volar. Se elevo suavemente hasta sobrepasar su edificio de 4 pisos y no sintió vértigo. Se pregunto como había podido vivir sin eso. En su radio, un analista encolerizado comentaba que aun no se sabia el porque de la nueva capacidad debido a que los científicos "habían salido a jugar como chicos".
Cuando llego el mediodía la gente se moría de hambre. Los comedores en los pisos superiores abrían las ventanas para que los clientes entraran por ahí directamente. El mayor éxito de ventas lo tuvo el carrito "panchos nico". El dueño, junto con unos amigos, llevo al carrito en andas hasta la cima de un edificio. José comió ahí. "No hay con que darle", pensó " hay gente que nació para hacer plata".
A la tardecita la gente llamaba a la radio y se quejaba de que los jóvenes pasaban volando y tiraban la yerba usada en cualquier lugar, y se reportaron varios accidentes con termos. En un parque se organizaron carreras y un gordito, que le saco 200 metros al segundo, demostró que el estado físico tenia poco que ver con la capacidad de volar.
Mas a la noche todo el mundo estaba festejando lo que podía ser el principio de una nueva era. "La era voladora", "la era aérea" a nadie le importaba mucho el nombre. Era impresionante ver a tanta gente volando borracha. José escucho un dato curioso: Era el día de menor concurrencia a salas de chat desde que internet se había vuelto masiva. La joda se prolongo hasta las 3:20 de la mañana, cuando la gente, con horror, empezó a notar que la sensación en el estomago desaparecía gradualmente. Hubo pánico, hubo llantos. Para las 4:17 la gente se iba a acostar totalmente deprimida, arrastrando pesadamente sus pies, insultando a la gravedad. José también estaba triste, y encima se tenia que levantar a las 7 de la matina para ir al laburo.
El día siguiente fue bastante normal. Aparecieron miles de anécdotas que involucraban a gente voladora haciendo cosas increíbles. La televisión trato de levantar el animo colectivo, pero no hubo caso. La policía tuvo que montar guardia en las terrazas de los edificios para evitar que la gente se matara intentando volver a volar. En la tele, el mismo doctor del día anterior arriesgaba hipótesis sobre las causas de la aparición y posterior desaparición de la capacidad de volar.
La gente espero días y meses la vuelta de un día como aquel martes. Con el tiempo, las esperanzas de la mayoría se disolvieron en la vida cotidiana. Pero José aun tiene dudas. Ya nadie habla de volar, ya nadie se lamenta de cuanto extraña hacerlo, y el no es la excepción. Solo que  a veces, entredormido en la mitad de la noche, se levanta para ir al baño y cree sentir débilmente la sensación en su estomago. Cuando regresa a la cama nota que los pies no se le enfriaron en el camino y piensa "como si no hubiera tocado el suelo".

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El Flaco de las manchas

Por José Alberto Vatalaro - 17 de Agosto, 2007, 13:41, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

El Flaco de las manchas toca el bandoneón y pinta cuadros, es todo un artista. Tiene el aspecto de un hombre melancólico, de un soñador peregrino en mundos lejanos. Yo lo vi pintar y lo escuché tocar como si no pudiese olvidar el ayer, como cuando “uno está tan solo en su dolor”. Fanfarrón entre cuatro paredes, supo estar guardado en un bulín de La Coruña , lugar donde se ufanaba de ser un taita embajador de mil raleas suburbanas. Por entonces, su Rosario natal era para él como una ciudad confinada en un país allende los mares del sur.
Ya entradas las tardecitas trepaba sobre las tablas de un colmao para llamar con su fuelle a los feligreses del Cantábrico. Y, cuando estaban a sus pies, les hacía escuchar un réquiem de tangos alucinantes, como suele hacer conmigo.
Un grito incandescente le llegó una madrugada. Entonces allá, en aquellas tierras lejanas y como lo haría un Quijote sin adarga en un lugar cuyo nombre sí quiso acordarse, El Flaco se asomó al balcón de su piecita para escuchar mejor. Fue un grito de mil gargantas argentinas que clamaban por su regreso. Como dos canallas, él y el grito quedaron suspendidos en la españolísima noche fresca y sola de La Coruña. Entonces Dios se apiadó de él y comenzó a rasparle los oídos con esa música centenaria que vive y que muere en cada barrio de Rosario: el Tango. 
Y así, por fin, El Flaco cayó seducido por la espectral bandoneonía de un antiguo café de Pichincha y decidió volver, como Carlitos. Pudo regresar a los acordes melodiosos de un disco de Pugliese con ruido a púa que copaba la parada en los intervalos sabatinos de los continuados de acción del cine “Sol de Mayo”. También las milongueras fusas de violines que usurpan el pañol del Teatro El Círculo lo volvieron a la realidad.
El Flaco ahora pinta sus madrugadas tocando un dueto de pincel y bandoneón en su ciudad, conmigo y con su gente. El fuelle y la paleta, que ya no son  peregrinos, le suministran propinas tramposas para algún que otro lujo baratieri que le quitan, poco a poco, la sempiterna mufa que acompaña su tristería.
Le da color al tango y lo ejecuta como pocos, o como muchos. Orgulloso y embalao exuda el aroma a óleo y a tango como quien pasea su conciencia por mi barrio. Y donde terminan las cerdas de su pincel deja las huellas perennes de un arte pictórico tan protuberante como aquellas “pálidas rubionas de un cuento de Tuñón”.
Digo de él que es pura pasión. Sus ganas lo convidan a subirse a los para-avalanchas de las populares y, como si fuese un ángel en cueros, se queda a vivir allí para siempre, en medio de ese equilibrio entre el amor y la aventura, o entre la música y la pintura.
Noctámbulo hacedor de arte en las veladas madrugonas. Porque cuando pinta finge ser un eremita extranjero alojado en su atelier. Y cuando toca el bandoneón, o no lo toca, qué se yo si lo toca, lo acaricia y lo azota, se parece a un extravagante ventrílocuo que lo hace hablar a su manera para que diga sólo lo que él quiere oír.
Se sabe un héroe procaz y se aprovecha de ello para instalarse en medio del escenario y curarle el asma al instrumento. Interpreta las melodías arrabaleras de un viajero clandestino, o de un polizón a bordo de una ajena sinfonía para bandoneón y orquesta.
Al chistarle los dedos El Flaco los ensambla. Entonces respira hondo, deja de lado la fanfarronería, cierra los ojos y mece la cabeza sobre el encarnado fuelle y toca, toca como tocarían los dioses paganos en un olímpico carnaval de funeralas.
Yo sé que El Flaco no entiende de cursilerías. Es un virtuoso en chancletas.
 
José Alberto Vatalaro
Taller Literario para Adultos  Casa de la Poesía
Prof. Celia Fontán

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NEGRO, DESDE HOY ME DECLARO TU AMIGO

Por Eduardo Mancilla - 13 de Agosto, 2007, 18:24, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Hace un poco más de una semana que te fuiste de viaje y aprovecho para escribirte unas líneas. Como no fuimos amigos, a pesar de que te conocía mucho y vos a mí nada, aprovecho la impunidad del anonimato para declararme "amigo tuyo para siempre". Total, ahora no vas a decir que no… Te comento que la ciudad está vacía, solitaria, triste, aplastada. Es como que perdió el alma,  o algo así, no puedo explicarlo bien pero ahora entiendo el dicho ese que dice: "Brilla por su ausencia…". Y por ahí sí, puedo decir que está sin luz, y nada que ver con la crisis energética. Hablo de una luz superior, esa que irradia calor y color humano. Negro, ahora que somos amigos, quería pedirte prestado a Mendieta para cruzarlo con mi perrita Lola: es una cocker divina, rubia, buenita. ¿Sabes qué?: haríamos mucha guita con la cría. Bueno, pensalo y después me decís. Desde que te fuiste no hago más que leer y releer tus cuentos compulsivamente y me doy cuenta de que estoy en todos, estamos en todos, porque vos nos dibujabas en ellos. ¿Cómo no sentirme identificado? El viernes pasado venía manejando por Corrientes y Pasco, eran las siete de la tarde y escuchaba Continental cuando aparecieron el turco Whebe, Alejandro Apo y Víctor Hugo diciendo unas cosas increíblemente bellas y sensibles sobre vos. No pude más que detener el coche en la mano izquierda y dejar fluir el llanto, te juro que llovían los bocinazos y las puteadas, pero me las banqué como un macho. De todas maneras Corrientes es ancha por ahí y había lugar para todos. Bueno Negrito, no te quiero aburrir más con mis cosas, si bien abusé un poco con nuestra nueva amistad, necesitaba decirte esto, creeme que lo necesitaba. De más está decir que siempre te perdoné que seas canayón, aunque no viene al caso. Te dejo un abrazo de gol, como dice el mariscal Perfumo.

Eduardo Mancilla. mancilla@arnet.com.ar
Taller de escritura  Casa de la Poesía.
Prof. Celia Fontán.

Publicado por el diario La Capital http://www.lacapital.com.ar/2007/07/29/cartas/noticia_406645.shtml

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¿Y ahora qué?

Por José Alberto Vatalaro - 31 de Julio, 2007, 22:13, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Sí, ya sé lo que estás pensando Negro: “ahora, ahora… me chupan bien las bolas”. Y nos dejaste así, haciendo chilenitas en los yuyos, como dice un amigo cordobés que no es Crist.
Los muchachos gritaban “el Negro no se va, el Negro no se va”, y vos te fuiste a la mierda, y te lo digo así, poniendo énfasis en la erre para darle fuerza a la palabra como vos nos enseñaste a todos, Saramago incluido.
¿Sabés qué pasa Negro?, pasa que estoy con bronca. Sí Negro, con bronca porque no tenés derecho. Los tipos como vos no tienen derecho a morirse. Yo sé que nunca te guardaste nada, que dijiste todo e hiciste lo que querías hacer. Pero esto de morirte así nomás no, esto es muy difícil de soportar Negro. Hay ciertas cosas que debés preguntarlas antes. Si te sobran amigos para consultar, ¿o no?, tenés tantos amigos que ya no caben en las calles.
 Pero claro, vos que sos un canalla patológico, te largaste solo. Por las tuyas nomás y nos dejaste a todos mirando el cielo como pelotudos esperando a los loros que nos traigan noticias tuyas. Y digo pelotudos marcando bien la letra “T”, siguiendo tus consejos. Ni Mendieta, que es un sabio, alcanza a comprender esto que hiciste.
Encima elegiste el día perfecto para dejarnos: el 19. Mirá vos, justo el 19. Y como si fuese poco, víspera del Día del Amigo. ¿Te parece justo Negro?
Ya sé que te estás riendo como un loco. Por eso no te voy a decir más que sos un escritor de la puta madre, ni un dibujante humorista como pocos ni nada de eso. Ni un genio, un maestro o el rosarino con más talento. Basta de elogios. Tampoco que sos un gran tipo, amigos de los amigos y muy querido por todos ¡No señor!, me niego a decirte nada de eso. Porque estoy con bronca, ya te lo dije.
Estamos todos hechos bolsa. Como Inodoro, que ahora no sabe qué hacer con su vida. Si hasta Boogie y la perversa Amapola Vanderhoeven andan llorando por los rincones. ¿Sabés qué Negro?, ni tus personajes pueden hacer que te olvidemos. Si vos mismo sos un personaje. Y lo sabés Negro… lo sabés muy bien.
Hemos leído todo lo que escribiste y te editaron. Porque vos Negro, cuando escribís, nos hacés reír de verdad y, como si fuese poco, muchas veces nos dejaste pensando. Nunca pretendimos encontrar en tu pluma nada que trate sobre el tema: “los enigmas del ser y la ilusión de la inmortalidad basados en un análisis científico”, claro que no. Pero, sabés algo Negro, encontramos mucho más que eso.
Porque tu palabra tiene el encanto del aquel muchacho de barrio que sabe lo que quiere. Te escuché decir una vez que tu trabajo ha sido siempre vocacional y gratificante por lo que lo considerabas un cable a tierra. Te llamaste a vos mismo: “un tipo privilegiado”.
¡Qué canaya!, con “Y” como a vos te gusta.
Ahora que lo pienso mejor, creo que lo mío no es bronca sino tristeza. Mucha.
Te voy a extrañar demasiado Negro.
Demasiado.
 
José Alberto Vatalaro
Casa de la Poesía. Taller Literario para Adultos
Prof. Celia Fontán

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LA SELVA

Por José Alberto Vatalaro - 23 de Julio, 2007, 20:17, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Camino rumbo a casa con la cabeza gacha. Está nublado y hace frío. Voy mirando las baldosas de la vereda, rotas y húmedas. Puedo escuchar claramente los ruidos de la calle: palabras, motores, bocinas, pasos, frenazos, sirenas, voces de gorriones.
Me levanto la solapa del abrigo y caliento mis manos en los bolsillos. No llevo prisa. Todo es color gris esta tarde.
En la esquina veo a un nene con mocos. Sucio, andrajoso. Tiene el cuenco de su mano mirando hacia arriba. Pide. Me detengo a observarlo. Parece que nadie repara en él. Saco una moneda, la guardo. Sigo mi camino.
Cruzo la calle por la senda peatonal que imagino un puente. Tal vez del otro lado encuentre un mundo mejor. Pero no. Todo es igual. Yo soy igual.
Escucho la voz del canillita, del florista y del lustrabotas. La selva está despierta, respira, vive. Todo es color gris esta tarde.
En la esquina veo a una nena. Sin mocos pero sucia también, y harapienta. Está descalza. Debajo de la pollera le cuelgan dos piernitas flacas. No pide. Sólo mira al cielo. Tiene los ojos clavados en la nada. ¿Qué pensará de la nada? Me detengo a observarla. Parece que nadie repara en ella. Saco una moneda, la guardo. Sigo mi camino.
Cruzo otra vez el puente. Quiero encontrar un mundo mejor. Pero no. Enfrente es igual. Yo soy igual.
Veo al repartidor de quesos, al vendedor ambulante y al vigilante que nos mira. La selva continúa despierta. Todo es color gris esta tarde.
En la esquina veo a un perro que fue blanco. Está echado debajo de una cornisa. Sucio, maloliente. Se le cierran los ojos por el sueño. Me detengo a observarlo. Parece que muchos reparan en él. Me conmuevo. Parece que muchos se conmueven. Saco un chocolatín y se lo doy. Lo engulle de un bocado, se relame. Le acaricio la cabezota. El perro mueve la cola. Me pongo contento. Sigo mi camino.
Comienza a llover. Las gotas forman burbujas en los charcos. Entonces la selva se techa de paraguas y se agita.
Y todo sigue igual. Yo sigo igual.
 
José Alberto Vatalaro
Taller Literario para Adultos
Casa de la Poesía
Prof. Celia Fontán

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