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Enero del 2010

La calle

Por Armando Delponte - 31 de Enero, 2010, 23:29, Categoría: General

LA  CALLE

Vivir

y parecerme a las estrellas:

mirado desde lejos,

empequeñecido.

Sentir, en la piel,

la humillación, el ultraje,

la ofensa.

Notar

la distancia que me aparta, inclemente,

del mundo que sueño.

Esta vida azarosa

(como dicen los sabios)

me reservó

la calle, las lágrimas

y el hambre.

La calle es mi mundo

y el mundo es la calle;

Valle de lágrimas

y hambre.

No hay salida;

puede haber efímeros

escapes

con un costo tremendo.

A pagar siempre,

naturalmente,

por una sola de las partes.

ARMANDO     DELPONTE

 AGOSTO DE 2009

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Ciclo de Lectura para Ocultos - 02/02

Por Rosario Escribe - 31 de Enero, 2010, 21:09, Categoría: 4. AGENDA CULTURAL

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El rostro del tiempo

Por Armando Delponte - 26 de Enero, 2010, 14:26, Categoría: General

EL ROSTRO DEL TIEMPO

El rostro del anciano revelaba sensatez. Sus ojeras, profundas, cavilantes, acentuaban su mirada perdida que denotaba una vida de sufrimiento, marcada por golpes rabiosos que habían dejado en él la impronta indeleble de la carencia.

Sentado en la puerta del rancho miserable, parecía estar ahí desde siempre, cumpliendo el mandato de un dios ancestral que le ordenara vigilar la vida.

No se podía definir su edad; simplemente era viejo. Viejo, de esa vejez sin tapujos ni disimulos vacuos, proveniente de un tiempo añejo que señalaba, a través de su mirada, el sentido de lo atávico. Se notaba, sin embargo, esa serena sabiduría acumulada, sin lugar a dudas, desde los orígenes de la sangre, del hambre y la resignación.

No hablaba demasiado. Apenas el saludo y alguna que otra respuesta a preguntas que merecían, la mayoría de las veces, ser contestadas con el silencio.

Cuando fumaba, aspiraba profundamente entornando los ojos, como si todo su ser se metiera hacia adentro en permanente búsqueda. Después, levantando la mirada, la situaba nuevamente en el infinito, en la nada. Transmitía serenidad y sabiduría; invitaba a pensar las cosas más de una vez, sin pronunciar una palabra.

La estupidez humana, de la que –a veces – hace tanto alarde el animal que piensa, cumplió su cometido. No llegó a ser ni un número, salvo para los suyos; el frío invierno que se lo llevó, ni siquiera colaboró con las estadísticas.

                                                            ARMANDO   DELPONTE 

      

                                                                                         NOVIEMBRE    DE    2008

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