Poesía-Narrativa-Ensayo-Agenda Cultural-Concursos Literarios-Talleres de la Ciudad-Entrevistas. Contáctanos a rosarioescribe@yahoo.com.ar

Proyecto Literario

Para publicar

Manual de Publicación

Radio Blog Club

Sindicación

Dejanos tu comentario


Contador de visitas

Eterno Homenaje

    HTML

Estadísticas

Alojado en
ZoomBlog

Encuesta

¿Cuál es el género literario que más te gusta escribir?
Narrativa
Poesía
Ensayo
Dramático o Teatro
Ver Resultados

Diciembre del 2009

El Flaco de las manchas

Por Buqui Vatalaro - 31 de Diciembre, 2009, 14:09, Categoría: 5.PALABRISTAS

Primera Mención Especial en el Concurso Literario de la Asociación Literaria


El Flaco de las manchas 

El Flaco de las manchas se llama Alberto, toca el bandoneón y pinta cuadros. Es todo un artista. Tiene el aspecto de un hombre melancólico, de un romántico peregrino de mundos lejanos. Tan lejanos como Finisterre. ¿Cómo es posible que a la vera del Paraná aún siga recordando sus rías? Como artista, siempre puso el acento en la autonomía de su obra con respecto a la vida. Con él entra en la pintura la exótica fascinación, la pincelada justa, el sentido del color y el matiz esencial. Hace el admirable ejercicio de una sobriedad y un dominio de sí mismo casi estoicos. Y sé que no estoy errando el tiro. También sé otras cosas, sé que cuando llegue el día en que deje de soñar con el paisaje verde de Galicia, el Flaco retornará a la risa. 
No hace mucho lo encontré en su atelier la tarde que pintó tres barcas amarillas y no tuvo mejor idea que amarrarlas al recuerdo de una escollera de Calvo Sotelo. En cambio, al asma de su fuelle le pone paños en el pecho… ¡Ay, su fuelle!, un rezongón en la noche.
— Uno está tan solo en su dolor— masculló, parado sobre el escenario ramplón de un vetusto cabaret.
Alberto no puede olvidar el ayer. Es un fanfarrón entre cuatro paredes, supo estar unos años guardado en un bulín de la calle Canalejo de la ciudad nueva de A Coruña, donde se ufanaba por aparentar ser un taita embajador de mil raleas suburbanas. Por entonces, su Rosario natal no era más que una ciudad confinada en un país allende los mares del sur. Entradas las tardecitas, trepaba a las tablas del Jofre de Ferrol para llamar con su instrumento a los feligreses del Cantábrico y, cuando estaban a sus pies, les hacía escuchar un réquiem de tangos alucinantes. En un cortejo entrañable de mimos, su bandoneón macho argentino se codeaba con las bandurrias, las gaitas y las panderetas. Entonces, todo era baile y zapateo. Era el momento de alimentar su fantasía: el Flaco alucinaba con treparse al Rosalía de Castro.
Tarde se acostaba a dormir. A la mañana se calaba la boina en su afán por abrigar las ideas y a las once salía a caminar hasta el Ayuntamiento de la calle Sol. Eso sí, antes que llegara el mediodía el Flaco siempre acertaba a encontrarse con algún que otro artista —trasnochado como él— para consagrarse a compartir sus aceitunas en oliva y beber juntos un Conde de Valdemar en el Dublin. A la una en punto, por arte de magia, aparecía el vendedor ambulante a ofrecer pipas y cigarros en la esquina. Era el anuncio que la hora de almorzar estaba cerca. Entonces el Flaco, ni lerdo ni perezoso, ordenaba pulpo a la gallega o callos, o percebes con una copa de alvariño. Avanzada la sobremesa, se quedaba en solitario garabateando un recuerdo en la servilleta a esperar que las mariscadoras de la tarde arrancasen los primeros mejillones entre las rocas. Las pobres diablas, poco a poco, iban tallando garras en sus dedos. Él las solía pintar sentado en un sillín a la hora que el sol encendía los colores del horizonte que más le gustaba capturar. 
— De la costa gallega sale el mejor marisco — repetía el Flaco, algo nervioso por el reencuentro, la tarde aquella que esperé ansioso que sus dedos desataran el nudo de un fardo de telas arrolladas que trajo de España. Dejó que eligiese una para llevar a casa. Me gustó la marina del Puerto de Lorbé, que hoy luce sobre la chimenea de la sala. 
Se le dio por contar la vez que un grito encendido lo despertó una madrugada. ¿Un grito encendido?, me pregunté. Entonces allá, en aquellas tierras lejanas y como lo haría un Quijote antiguo sin adarga, en un lugar cuyo nombre siempre quiso recordar, el Flaco se asomó al balcón de su piecita para escucharlo mejor. Encendió un Winston, puso sus ojos sobre la estrella del sur y fumó. Para él, el grito fue igual a un orfeón de mil gargantas argentinas coreando su nombre. Parecían voces dadas a quedarse suspendidas el tiempo que fuese necesario, y hasta que decidiese regresar, en el aire espeso de una españolísima noche fría y sola de A Coruña. Entonces, Dios —que a veces sabe lo que hace— se apiadó de él y comenzó a llamarlo también, raspándole los oídos con esa música centenaria que vive y muere en cada barrio de Rosario: el tango.
Al fin, el Flaco cayó seducido por la espectral bandoneonía de un antiguo café de Pichincha, entonces se encogió de hombros y volvió, como Carlitos, con la frente marchita. Y así fue como renunció al festejo de la noche de San Juan; se resignó a no saltar más las hogueras en la playa para ahuyentar las brujas en los rituales, al grito de: ¡meigas fóra, meigas fóra! y desistió de humedecerse el gañote con su enésimo calimocho. Porque al Flaco —yo sé— la música celta y las muñeiras lo llaman todavía y la gaita de Carlos Nuñez le sigue chistando al oído en los atardeceres.
El balcón de su piecita fue testigo. Apagó la colilla en una maceta y decidió pegar la vuelta para escabullirse —como lo haría un pistolero o un pirata— entre los compases de un disco de Pugliese con ruido a púa, como aquél que copaba la parada en los intervalos sabatinos de los continuados de acción del Sol de Mayo. Y como si fuese poco, las milongueras fusas de violines que hace cien años usurpan el pañol del Teatro El Círculo, también lo volvieron a la realidad. Al principio, el Flaco se resistió a creer que estaba de regreso en su barrio. Cuando cayó en la cuenta que España había quedado lejos, recién entonces dejó rodar una lagrimita. Pobre mi Flaco querido, más de una vez resonó en su cabeza la Batalla de Flores, la romería pagana de Os Caneiros o el globo de papel de Betanzos. Es agosto y en Rosario hace frío, ¡justo agosto!, el mes que se celebra la Fiesta de María Pita en el verano de Galicia.
Sin embargo y a pesar de todo, Alberto prendió fuego a su confianza y, al fin, se iluminó. Ahora pinta sus madrugadas tocando un dueto de pincel y bandoneón en su ciudad, conmigo y con su gente. El fuelle y la paleta, que ya no son peregrinos, le suministran propinas tramposas para algún que otro lujo baratieri que le quitan, poco a poco, la sempiterna mufa que acompaña su tristería Y hablo así porque lo conozco.
— ¡Flaco, tocando el bandoneón parecés un gallego! — anoche alguien le gritó desde el fondo de la milonga de la calle Ovidio Lagos.
Entonces, al Flaco se le dio por recordar y se sentó a la mesa. Por un rato pensó en su bulín de A Coruña con aroma a mar y en el botafumeiro de la Catedral de Santiago de Compostela donde tantos sábados tornara a visitar al Santo dos Croques para pedirle el favor que le conceda un corso en contramano.
Pero ya nada de eso importa, ahora le mete colores al tango y lo ejecuta como pocos, o como muchos, yo qué sé. Orgulloso y embalao, exuda aroma a óleo. Anda por la vida paseando su conciencia por Echesortu… o por Arroyito. Y allí, sobre las piernas milongueras de una mujer que baila, deja las huellas perennes de un arte pictórico tan protuberante y fatal como las “pálidas rubionas de un cuento de Tuñón”. El norte de España no se olvida. Está presente en cada trazo, en cada pincelada de barcos y obreros, de sol y de playa… de mariscadoras. Digo de él que es pura pasión. Sus esperanzas lo convidan a subirse al para-avalanchas de la popular de Regatas y quedarse allí como un ángel en cueros, haciendo equilibrio.
El Flaco persevera. Sigue siendo un noctámbulo hacedor de veladas madrugonas. Y lo hace casi sin darse cuenta, el muy astuto finge ser un señorcito gallego pero es más rosarino que yo. A nadie puede engañar con su boina. Y cuando toca el bandoneón, o no lo toca —qué sé yo si lo toca—, lo acaricia y lo azota, se parece a un extravagante ventrílocuo que lo hace hablar a su manera para que diga sólo lo que él quiere escuchar. Se sabe un héroe y saca provecho. Por eso en los escenarios le cura el jadeo al instrumento interpretando melodías arrabaleras de un viajero clandestino o de un polizón a bordo de una ajena sinfonía para bandoneón y orquesta. Al chistarle los dedos, el Flaco los ensambla. Entonces respira hondo, deja de lado la fanfarronería, cierra los ojos y mece la cabeza sobre el encarnado fuelle y toca, toca como tocarían los dioses paganos en un olímpico carnaval de funeralas.
Cierto que no entiende de cursilerías. El Flaco es un virtuoso en chancletas a quien le da lo mismo ir arrastrando los pies por la Calle Real o por Avenida Pellegrini.

Buqui Vatalaro

Permalink :: 74 Comentarios :: Comentar | Referencias (0)

El prontuario de la luciérnaga” de Fabricio Simeoni

Por Rosario Escribe - 18 de Diciembre, 2009, 10:34, Categoría: 4. AGENDA CULTURAL

El sello editorial Papeles de Boulevard invita a la presentación del libro “El prontuario de la luciérnaga” de Fabricio Simeoni. La misma se desarrollará el viernes 18 de diciembre desde las 19:30 horas en el Museo de la Ciudad (Boulevard Oroño 2300).

El prontuario de la luciérnaga, remite a las formas poéticas embutidas en la regresión anónima y lúdica de todo ser representado en las distintas animalidades. Un extenso bestiario que sincroniza la coacción de lo efusivamente humano y lo eternamente feroz.

Reconocidos artistas de la ciudad acompañarán al autor complementando la velada literaria con elementos integrados en distintas disciplinas. Música, fotografía, imágenes audiovisuales, arte escénica, teatro e instalaciones serán algunas de las manifestaciones propicias para simbolizar un nuevo festejo armónico y afectuoso.
 
La entrada es libre y gratuita
Por favor difundir esta información

Fabricio Simeoni, nació en Rosario (provincia de Santa Fe, Argentina), el 3 de marzo de 1974, donde reside. Es poeta y periodista. Desde el 2006 se encarga de la prensa y difusión de las actividades culturales de la plaza cívica (sede de gobierno provincia de Santa Fe) Fue codirector de "los lanzallamas", revista de arte y literatura. Actualmente coordina el taller literario de la biblioteca Gastón Gori en Fisherton. Colabora con distintos medios radiales y gráficos entre los que se destacan revista fanzin editorial ciudad gótica, revista boga casa de la poesía municipalidad de Rosario y micro de filosofía en radio dos, programa 10 puntos conducido por Luis Novaresio. Participa en los ciclos de lecturas de poesía de su ciudad. En mayo de 2005 fue declarado artista distinguido de la ciudad de Rosario por su trayectoria poética, literaria y periodística. Dicho reconocimiento fue entregado por el honorable consejo municipal. En diciembre de 2006 fue reconocido artista de la provincia de Santa Fe, título otorgado por la cámara de diputados de dicha provincia en homenaje a su trayectoria literaria y periodística. Obtuvo el primer premio en el concurso de poesía Felipe Aldana de la editorial municipal 2007, por su obra cavidades del recreo escrita en forma conjunta con Fernando Marquinez.
 

Publicaciones:
"Cronos" (notas periodísticas, los lanzallamas 2000, declarado de interés municipal)
"Rey Piojo" (poesía, los lanzallamas 2001)
"Calambre de los descensos" (poesía, los lanzallamas 2003)
"Agua Virgen" (poesía, con fotografía de Federico Tinivella , menta producciones 2004)
"Jardines Flotantes" (opúsculo de poesía, Junco y Capuli 2005)
"Sub" (poesía, ciudad gótica 2005)
"Otro Pasto" (poesía, con Federico Tinivella , Orlando Valdez, Miguel Culaciati, Patricio Raffo, editorial Ross 2007)
"Cavidades del recreo" (poesía, en colaboración con Fernando Marquinez, editorial municipalidad de Rosario 2007)
"La mujer de las cortadas" (relatos breves, editorial fundación Ross 2008)
"Episodios del fuego" (poesía, con fotografía de Federico Tinivella y Ariel Subirá, menta producciones 2009)

Ha editado el disco “Alquimica”  con música de Fabián Gallardo y las voces de: Darío Grandinetti, Roberto Fontanarrosa, Gustavo Cordera, Silvina Garre, Quique Pesoa, Mónica Alfonso , Carlos Resta, Daniel Querol (www.alquimica.com.ar).

Integra las antologías "los que siguen" (los lanzallamas 2002)- "dodecaedro de poetas" (edición del concejo deliberante de la ciudad de Rosario 2004)-"pulpa" (gato grille 2006)- "19 al fondo" (gato grille 2008)-" poetas del tercer mundo" (ciudad gótica 2008)

www.fabriciosimeoni.com.ar
www.fabriciosimeoni.blogspot.com
www.simeonifabricio.com.

Permalink :: 30 Comentarios :: Comentar | Referencias (0)

Esperando a Enrique

Por Armando Delponte - 14 de Diciembre, 2009, 13:27, Categoría: General

ESPERANDO A ENRIQUE

La noche de Buenos Aires no se mostraba hospitalaria. El frío intenso calaba los huesos y la niebla no me permitía ver mucho más allá de mi sentir. Pacientemente continué buscando hasta encontrar el objeto de mi obsesión. Llegué a la esquina que me habían indicado y crucé la calle en diagonal, como cortando una vieja angustia. Por fin iba a tener la oportunidad de disipar mis dudas.

Entré por la puerta principal –la de la ochava – y comencé a mirar en abanico.

Allí estaban. Al caminar hacia la mesa que ocupaban, los dos me miraron. José y Marcial parecían estar esperándome, como si la cita hubiera estado marcada por alguna poderosa deidad interesada en reunirnos aquella noche, o señalada por el mismísimo destino.

– ¡Salud! –dije al llegar – ¿Puedo sentarme con ustedes?

– Seguro pibe. Te estábamos esperando.

El que me respondió, José, era el que parecía tener más edad de los dos.

– ¿Y cómo sabían de mi llegada? – pregunté con curiosidad.  

– Abel nos trajo la noticia, pichón –dijo Marcial –, el flaco estuvo con nosotros esta tarde temprano.  

Se me llenó el pecho de inquietud y preguntas.

– ¿A... Abel?, –inquirí, un poco extrañado.

– Sí pibe, Abel. Pero no te asustés. No estuvimos hablando con un fantasma. El está siempre con nosotros. Cuando hace falta, lo invocamos. Siempre le preguntamos lo que va a pasar y nunca nos falla. Por eso, sabíamos que vos ibas a venir esta noche.

Esta última respuesta fue de José, que parecía ser el de mayor sabiduría y experiencia

Un poco más relajado, me dediqué a observar el entorno. El cafetín seguía equipado con el mobiliario de siempre. Las mesas –mudas – con las tapas de mármol, el mostrador de madera con el viejo estaño y la estantería atiborrada de botellas, que constituían una pléyade de bebidas de distintos linajes.

Sobre las mesas, los codos de aquellos que vaciaban las botellas en aras del amor perdido, de la nostalgia por el país lejano, del hambre o del cansancio.   

Charlamos un buen rato. José, pese a los años, continuaba siendo el mismo soñador quimérico de siempre y pensaba que algún día todo esto iba a cambiar.

–Siempre hay tiempo para que las cosas mejoren, pibe. O me saco la grande y pianto a Europa, o en una de esas viene alguien que pone las cosas en su lugar en esta bendita tierra. Pero sabelo, pibe: no hay mal que dure cien años.

–Ni cuerpo que lo resista –intervino sorpresivamente Marcial –, por eso, yo sigo creyendo. Por momentos siento que soy el hombre que describe Scalabrini Ortiz. ¿Sabés? Estoy solo y espero, pero lo mío no es espera vana y sin sentido, es esperanza. Y aunque vengan degollando, no pienso aflojarle a la adversidad. ¿Por qué? Porque sigo creyendo en la gente, en la vida, en que el mundo algún día va a cambiar para bien de todos. Que no se puede seguir viviendo en una ciénaga, en la que se salvan solamente los que tienen de donde agarrarse.  

–Cómo los envidio –dije, profundamente consternado –, ojalá yo pudiera ser tan optimista.

Después de estas reflexiones, les hice la pregunta –clave para mí –, ya que el motivo que me había llevado ahí era, fundamentalmente, hablar con él.

–Y Enrique, ¿viene ésta noche? Me gustaría tanto conocerlo.

–No creo, pibe –replicó José – esta noche tiene una cita importante. Te diría que ineludible. Y si no viene hoy, no creo que vuelva a pisar este boliche.  

Me quedé esperando con ellos. Tenía muchas ganas de cambiar opiniones, de charlar sobre todo lo que tuviera que ver con las cosas de ésta vida. Saber cómo se puede lograr que el dolor no sea una fuente de resentimiento, de venganza, y que nos permita crecer, en alguna medida. Sólo había una persona que podía explicármelo, porque su vida fue un permanente tormento, desde pibe. Pero esa noche no vino y, como anunciara José, no regresó al cafetín nunca más.

Enrique era hombre de palabra y cumplió con la cita que había acordado. El encuentro se produjo a la hora exacta, ni un segundo antes ni un segundo después y, esa noche, aprendió a volar, como volaba en sus poemas, hacia el mundo donde todos tienen alas y voló alto, pero tan alto, que terminó quedándose a vivir en una nube.

Me despedí con pena de ambos. José y Marcial estaban con los ojos llenos de tristeza. Le dí la mano y un fuerte abrazo a cada uno.

Cuando salí del cafetín, ya clareaba, pero la niebla no se había disipado aún. Empecé a caminar sobre el empedrado grueso, más que nada para escuchar el eco de mis pasos, que el silencio de la madrugada repetía, a través del aire cargado de humedad, llevándolo lejos.

Me dí vuelta para mirar el cafetín por última vez, pero ya no estaba.

La niebla lo había cubierto todo. 

             

                                                      ARMANDO    DELPONTE

                                                                         

                                                                                              AGOSTO DE 2009

Permalink :: 51 Comentarios :: Comentar | Referencias (0)

Fantasmas

Por Armando Delponte - 6 de Diciembre, 2009, 21:17, Categoría: General

                            FANTASMAS.

El Barrio de las Diagonales, en los últimos tiempos, padece de un serio inconveniente: está poblado por fantasmas. Y a plena luz del día. También lo habitan personas de carne y hueso, desde luego. Y he ahí, precisamente, el más grave problema: los fantásticos Entes que tomaron el legendario laberinto por hábitat, son malintencionados e insolentes.

Es suficiente con que detecten una mínima posibilidad de hacer daño, y... manos a la obra.

Así, resulta prácticamente imposible para el peatón desorientado encontrar la casa o la dirección que busca. Los usurpadores toman cartas en el asunto utilizando un viejo método que data desde los tiempos de Homero: adoptan la forma y consistencia de los buenos vecinos, que, de esa manera, cobran inmerecida fama de antipáticos.

Acto seguido, se paran en las veredas a la espera del incauto de turno. De esta forma, se ve con asombro como dichas apariencias espectrales se divierten, remitiendo a la gente perdida hacia el punto cardinal opuesto al que buscan.

De esta manera, quien quiera ir hacia el  Norte, será maliciosamente enviado hacia el Sur. Y pobre de aquel desprevenido que no haya tomado la precaución de recordar por dónde vino: puede tardar horas (y a veces días), para lograr regresar con los suyos.

Más aún, es atendible el rumor acerca de las personas que permanecieron extraviadas por semanas enteras, víctimas de los susodichos fantasmas, quienes les impidieron encontrar la salida.

Pero hay, felizmente, momentos en que los caminantes que atraviesan el Barrio lo hacen sin inconveniente alguno. Esto ocurre durante las horas en que algunos vecinos, de carne y hueso, salen a la calle.

Entonces, los extraños reciben toda suerte de amabilidades y pueden llegar a donde desean. Esto gracias a las atentas indicaciones de la buena gente que se brinda sin reservas, comedidamente.

Lástima los fantasmas, que con sus perfectas metamorfosis logran hacer creer a todo el mundo que los auténticos protagonistas de semejantes impertinencias, son los vecinos del Barrio.    

                                                   ARMANDO DELPONTE

                                             

                                                                                   INVIERNO DE 1990

Permalink :: 39 Comentarios :: Comentar | Referencias (0)

Loco

Por Armando Delponte - 6 de Diciembre, 2009, 20:46, Categoría: General

                                             LOCO.

            El Barrio Viejo tiene algunas de esas cosas, cuya visión hace revivir historias plenas de misterio.

            Los añosos plátanos que adornan sus veredas desparejas semejan enormes criaturas que, por las noches, proyectan sombras fantasmales con vida propia. Estas escapan del quietismo habitual y echan a andar por las calles, que aún conservan el empedrado viejo, convertidas en reflejos de seres y cosas que alguna vez habitaron esa pequeña porción del universo.

            Así, no debe asombrar a ningún caminante noctámbulo el hecho de tropezar de manera repentina con la figura de Zanni, el loco cuya chispa y buen humor dejaban absortos a los habituales de la mesa, en aquellas horas de café y discusiones.

           ¿Qué buscará en las sombras de las noches del barrio? Posiblemente, un piano en el cual renovar  el asombro de quienes lo escuchamos  en uno de los hechos más extraños que se le recuerden cuando, sin decir palabra, se sentó al afinadísimo Fischer de la confitería y, con los ojos fijos en el teclado, nos brindó quince minutos de impecable música clásica, sin que nadie se lo pidiera.

           Fue inútil insistir para que volviera a hacerlo; todo eso había brotado de lo más hondo de su sentir y hoy, a la luz de los años que transcurrieron, me doy cuenta de que tocó para sí mismo, para sacar cosas que llevaba dentro, muy dentro, diciéndolas en un lenguaje distinto al de las palabras cuando, a borbotones, aquellos brotes de vivencias sepultadas pugnaban por tomar forma.

           Atento a esto, las gentes del Barrio Viejo, ya conocedoras del tema, lo dejan andar por las noches y las auroras tempranas. Quizás, en el silencio imperioso de las madrugadas, Zanni, el loco, pueda reencontrarse con todo aquello que alguna vez amó, cuando era mucho más que una sombra, y su presencia era precedida por el sonido de sus pasos.

                                       ARMANDO   DELPONTE        

                                                                                INVIERNO DE 1990

                                    

               

Permalink :: 63 Comentarios :: Comentar | Referencias (0)

Creative Commons License
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.