SOLEDAD.
Comencé a caminar. El sendero de tierra, bordeado de terrazas revestidas de césped, me llevaba hacia el interior del parque. La añosa arboleda, cuyo follaje oficiaba de techo seguro ante los embates del sol, murmuraba con el viento. El camino seguía, se bifurcaba y se perdía en el verde total y diverso. Me sentía libre en la conmovedora amplitud del paisaje. Entonces lo vi.
Venía caminando hacia donde yo estaba. Su expresión no decía nada, mas impresionaba. Me estremecí ante tanto vacío.
La mirada, aunque perdida, me atravesó; la sentí pasar más allá de mi ropa, de mi piel, de mis huesos. Mucho más lejos de mí, del resto de la gente, del mundo. Iba infinitamente más allá de toda presencia.
Cuando pasó a mi lado, esbozó un gesto del que podía deducirse una sonrisa: no fue más que eso, un intento.
Me habló y debí esforzarme para entenderlo, pero alcancé a comprender. Acompañaba las palabras con gestos. Le dejé unos pesos para que pudiera comer.
Diría que se despidió con un matiz de alegría, si no fuera por una lágrima que no pudo evitar y que, en soledad, surcó su cara, discurriendo furtiva entre la barba y la mugre.
ARMANDO DELPONTE
ENERO DE 2008