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Agosto del 2009

Las Calandrias de Juanele - Jorge Isaías

Por Rosario Escribe - 30 de Agosto, 2009, 20:26, Categoría: 4. AGENDA CULTURAL

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Tiempo de soledad

Por Susana Maria Radia - 28 de Agosto, 2009, 9:40, Categoría: Taller Los Lanzallamas - Fabricio Simeoni

Hubo un tiempo de soledad infinita, no sabía sí sería capaz de dormir sin un cuerpo tibio y próximo que diese forma a su sueño.
Pensaba sólo en la muerte, mientras flotaba en la cama tendida de espalda, imaginaba si alcanzaría su verdadera dimensión.
Todo sonaba hueco en su vida, fue una experiencia increíble, devastadora. Todavía no sabe si lo soñó, se quedó estática, tratando de ver algo de luz en esa maraña. Le daba la sensación de haber cavado un orificio hacia la realidad. Tuvo la impresión, que ese ser perdido volvió para consolarla, sentía el calor de su cuerpo y permanecía inmóvil, eran segundos maravillosos. No quería que se diluyeran, necesitaba creer que era real, para no sentirse sola, cuando más necesitaba de su compañía.
Sí hasta llegó a sentir el aliento de una manera fugaz, y se estremecía de placer. Pero fueron pocas veces, siempre que su soledad era inmensa,
Luego al pasar el tiempo se fue desdibujando, recién en ese momento comenzó a comprender que no volvería.
Pensó -como lo añoraba- era muy suyo. No quería compartirlo ni con sus pensamientos, odiaba despertar.
Comprendió que pasaría, solo necesitaba tiempo. Ese tiempo en el que aparecen perlas en nuestras voces que nos irradian en toda el alma, y nos llena de paz.
Tenía que seguir con residuos de ilusiones, y se capaz de encenderse con residuos de amor.

Susana Maria Radia
Taller Literario Los Lanzallamas

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Pesadilla

Por Víctor García - 28 de Agosto, 2009, 9:33, Categoría: Taller Los Lanzallamas - Fabricio Simeoni

Atardecer en el submundo donde todo carece de color.  Las personas nos miramos sin vernos.
Atardeceres gemelos, hasta el aire está ausente. Suena la sirena  y la sangre se congela. Fuego que cubre el cielo y nubla en pensamiento. Estoy, soy y vivo. ¿¡Vivo!?
Se veía trémula, en un instante creí que cambiaría, pero su situación estaba acorde.  El resplandor realmente cegaba. Nos corrimos de lugar, ya que las fibras volaban sin cesar.
¡Sombras y más sombras! Sombra la mía que imperturbable me sigue, aunque yo erguido, ella encorvada.
La flor ya no existe, la irrespirable atmosfera cegó su vida, ni lo sagrado perdura.
Calla la sirena, pero nada es calma. Me mira, pero mi mirada se estrangula en las tinieblas de sus ojos.  Busco agua para limpiarle el rostro que se confunde entre la multitud.
Todo me parece un sueño, ya hoy, no sé si estoy despierto.
Donde estaban los perfumados jazmines brota el hediondo olor azufrado. El sol cambio su rumbo, se niega a pasar y el arroyo cursa en sus aguas un tumulto de calaveras.
Suelto mis pulmones con la esperanza de respirar, pero una seca tos me ensordece, y aunque perturbado veo el aura que la magnifica, por suerte ahora está.
No es ni una suave brisa, pero alcanza. El pasto es sólo una alfombra de cenizas que copia las pisadas de los futuros muertos.
Amor, paz, envidia, lujuria, ya nada tiene cabida, se perdió lo bueno, se perdió lo malo, ¡sólo incertidumbre!
Tus cosas – me dijo ella- están permitiendo que no muera, me quitaron el miedo –
continuó – déjame en este momento que me aferre a vos.
Ya no está dispersa entre el gentío, juntos a pesar de todo.
Sólo espero que amanezca al fin.
 
Víctor García
Taller Literario Los Lanzallamas

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Decimoquinto concurso del Conservatorio Literario

Por Rosario Escribe - 28 de Agosto, 2009, 9:31, Categoría: 7. CONCURSOS LITERARIOS

CONSERVATORIO  LITERARIO  DE   ROSARIO

Decimoquinto concurso del Conservatorio Literario
Año: 2009     Género: Poesía

Reglamento: El poema o conjunto de poemas no deberá exceder los 60 versos. El tema será a elección del participante y podrá estar escrito con ajuste a la preceptiva clásica o bien ser poesía libre.

Premios:
PRIMER PREMIO: $1.000 y un diploma
SEGUNDO PREMIO: $500 y un diploma
TERCER PREMIO: Una lira de bronce (nuestro logo), bañada en oro y encuadrada con una plaqueta.

Además: de entregarán “DIPLOMAS DE RECONOCIMINETO DE MÉRITOS” a todos los autores de trabajos destacados.

Presentación de los trabajos: Por triplicado, en hojas A4 o tamaño carta, a doble espacio, firmados con seudónimo. En un sobre adjunto se consignarán los datos reales del participante: nombre, domicilio, número de documento, e-mail (en caso de tenerlo) y teléfono.
Las obras no serán devueltas por correspondencia. Podrán ser retiradas del Conservatorio Literario hasta 60 días después de conocidos los resultados. Vencido dicho plazo serán incineradas.

Plazo de presentación de los trabajos: Vencerá el día 30 de noviembre de 2009. Podrán ser entregados personalmente o remitidos por correo a: Conservatorio Literario de Rosario, Avda. Pdte. Perón (ex Godoy) Nº 5305  C. P. 2000 Rosario, Pvcia. de Santa Fe.

Arancel: Se abonará un arancel de $ 40; si los trabajos son remitidos por correo, deberá enviarse un giro postal del Correo Argentino sobre Casa Central Rosario, a nombre de Raúl Alberto Rossi, L.E. 5.994.293. En tal caso, se ruega consignar los nombres completos, sin emplear iniciales.

Entrega de premios: Los premios serán entregados en un acto público, cuya realización se anunciará oportunamente a los ganadores, a todos los participantes y al público en general. No se remitirán por correo ni por ningún otro medio de traslado o transferencia. Deberán ser retirados durante el acto o, posteriormente, en el domicilio del Conservatorio por la persona premiada o por otra, debidamente autorizada.

La intervención en el Concurso implica la aceptación de todas las condiciones establecidas en el presente Reglamento. Cualquier consulta ampliatoria sobre el mismo, podrá efectuarse diariamente al teléfono 0341-4317565, de 9 a 12 y 14 a 19 horas, ó bien, a la siguiente dirección de correo electrónico: conservatorio-literario@hotmail.com.

CONSERVATORIO LITERARIO DE ROSARIO
ROSARIO, AGOSTO DE 2009

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CIUDAD SESENTA Y CUATRO

Por HUGO SELETTI - 25 de Agosto, 2009, 9:38, Categoría: Taller Los Lanzallamas - Fabricio Simeoni

La ciudad estaba dividida como un tablero de ajedrez.- No había matices, sólo existía el blanco y negro.- Cada esquina estaba custodiada por una torre y a cada hora se escuchaban los cascos de los caballos blancos golpear sobre las piedras a paso seguro, sobre los limites de la ciudad Sesenta y Cuatro.-
Nunca se cruzaban con los caballos negros, quienes se encargaban del cuidado del centro de la ciudad.-
Muchos peones limpiaban cada manzana con una pulcritud que las hacía brillar.-
Sus casas eran cuadradas, sus techos alternaban entre el blanco y negro. Lo maravilloso, era ver como brotaba el humo negro de las casas blancas y el  blanco de las negras, de esas chimeneas también blancas y negras.- Por ahí se veía a los alfiles discutir para abrir diagonales, pero eso sí, todos se movían con pasos seguros y tan pensados que nadie se animaba a revisarlos, la armonía era total;  hasta que un día…algunos  pretendieron colocar las manzanas blancas de un lado y las negras del  lado opuesto.
Las torres ya no lograban ver a quien debían defender. Los caballos no tenían forma ni lugar para trotar. Los alfiles no podían abrir diagonales, y aquellos laboriosos peones empujaron las negras manzanas para un lado y las blancas para el otro hasta que la ciudad quedó separada por un pantano dónde el Rey y la Reina posaron su descanso.-

HUGO SELETTI
TALLER LOS LANZALLAMAS 

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Añoranza

Por Norma Salinas - 25 de Agosto, 2009, 9:36, Categoría: Taller Los Lanzallamas - Fabricio Simeoni

Yo contaba pocos años
Niña en albores de sueño,
Se teñía la inocencia
Con algún robado beso.

Las sendas de aquel paisaje
Recorridas a la siesta
Con el calor en la cara,
Con alegría de fiesta,
Con ese candor sencillo
Que la vida luego resta.

Vuelvo a la dicha lograda
En ese rincón de cielo
Donde florecía la gracia
De mi adolescencia en vuelo,
Donde quedaron recuerdos,
Donde me fui descubriendo.

Todavía me  queda nuevo
El gusto a la fruta fresca
Que arrancando de los árboles
Se me antojaban estrellas,
Con un aroma tan dulce
Con una ilusión tan tierna.

Repasando la memoria
Con alguna brisa llegan
Esos ecos que quedaron
Dormidos duendes y siestas
Entre los pinos y sombras
Por donde dejé mis huellas.

Tanta nostalgia y vivencia
En letargo muda y quieta,
Cada tanto bostezando
Algún rumor las despierta
Y desborda la alegría
Para ser de nuevo fiesta.

Espacio de risa y canto
De juegos, de sol y de agua,
De amaneceres sin prisa
De anocheceres en calma
Donde la noche era luna,
Estrellas, sueños y almohada.

La vida fue dando brincos,
Saltando por mil quebradas
Dejando atrás tantos sueños
Tejidos en la esperanza,
Unos,  verdades tan dulces
Y otros, verdad tan amarga.

Y aunque haya pasado el tiempo
Siguen viviendo por dentro
Se refrescan, toman aire
Y vuelven a seguir durmiendo.
Así transcurre la vida
Y la añoranza del regreso.

Norma Salinas.
Taller Literario Los Lanzallamas

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HEMOPOEMA

Por Daniel E. Greco - 25 de Agosto, 2009, 9:30, Categoría: Taller Los Lanzallamas - Fabricio Simeoni

Mi sangre, la sangre pesada
Mi sangre, la sangre elogiada
 
Mi sangre –escribo en la almohada-
Es la sangre de la masticación pausada
Y que no asciende su rosado a los pómulos
Por su misma opacidad indoblegada
Es sangre oh sangre negruzca
Que emerge de venas tironeadas
Es sangre de sangre enredada
En cauce de terrón coagulada
La sangre que al verse caldeada
Asciende en humillo entintado
Manchando los muebles de casa
Sangre que golpea el papel
Y al desembozarse escapa
Sangre adensada en el sueño
Y en su imagen, metamorfoseada.
 
Daniel E. Greco
Taller Literario Los Lanzallamas

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Por Rosario Escribe - 23 de Agosto, 2009, 22:42, Categoría: General
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LAS CALANDRIAS DE JUANELE

Por Rosario Escribe - 19 de Agosto, 2009, 13:39, Categoría: 4. AGENDA CULTURAL

El día Jueves 3 de septiembre a las 19:30 horas en el Centro Cultural Ross, Peatonal Córdoba 1347 se presenta el libro de Jorge Isaías LAS CALANDRIAS DE JUANELE.
En la ocasión,para presentar dicha obra, se referirá la Profesora Ana Bugiolacchio.
La entrada es libre y gratuita,en el primer piso de Librería Ross.

Jorge Isaías

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"Comida China" - Presentación

Por Rosario Escribe - 13 de Agosto, 2009, 16:22, Categoría: 4. AGENDA CULTURAL

En la Biblioteca Argentina “Dr Juan Alvarez” (Pje. Juan Alvarez 1550) el día martes 18 de agosto a las 20, se presentará el libro de poesía titulado Comida China de los autores Verónica Laurino y Carlos Descarga, editado por Alción. La presentación estará a cargo del escritor Marcelo Scalona, los autores leerán sus textos y para culminar el acto participarán músicos invitados.

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EL PERRO ESQUILIBRISTA

Por JORGE ISAÍAS - 13 de Agosto, 2009, 16:17, Categoría: 5.PALABRISTAS

En esos paisajes del pueblo que son como postales móviles no pueden dejar de percibirse los viajes  que hace ese viejo rastrojero con su perro en el techo. En un equilibrio digno de un circo y no de esa bucólica tranquilidad que las no muy numerosas casas atestiguan, mejor dicho, sus ya acostumbrados habitantes a quien no llama la atención.
 Si al hombre se le pregunta, no da importancia, se encoge de hombros y responde que es decisión de los perros subirse allí. Pero no debe ser casualidad que cuando  uno se muere o es muerto por algún desaprensivo asesino, el que lo reemplaza en el espacio de mascota toma de inmediato la misma costumbre. Entonces, es más que evidente que el hombre los entrena. Ese hombre explota un pequeño campo a la vera de la ruta, muy cerca del pueblo.
 Ese hombre se llama Miguel Ángel Compañy, pero se lo conoce por el apodo de “El Tigre”, y si uno le pregunta el por qué  del apodo o quien se lo infrigió, se encoge de hombros, y mira achicando los ojos a través del humo de su cigarrillo.
 Ese hombre, a quien conozco de su más lejana infancia es mi amigo y si se le inquiere el por qué otros perros viajan con él, en el asiento que corresponde al acompañante, contesta casi con pena :
 -Isaías, mucha ciudad te ha perjudicado ¿Adónde viste que una señorita viaje sobre el techo de un vehículo?-.  Y uno cae en la cuenta entonces del sexo. Esas perritas son las protegidas de su dueño, que extiende su caballerosidad por sobre todo el reino animal y no sólo el que corresponde al humano. La localidad es pequeña y como el poema de Jorge Calvetti, refiriéndose a Maimará; cabe en el galope de un caballo. La cercan los sembrados en todos los límites, y las casas son bajas, los patios son hondos, sólo una pocas tiene planta alta, en especial son construcciones de  los últimos tiempos.. Hay un solo edificio de tres pisos, pero corresponde a una panadería tradicional, que por otra parte se extendió con la fábrica de galletitas, y supermercado en los últimos años.
 La variedad de pájaros es cada vez más escasa y muchos la atribuyen al desaforado e inconsciente uso de los plaguicidas usados para aniquilar las malezas de los cultivos de soja.
 El pueblo tiene durante el día una reconocible dinámica: autos, chatas que van hacia los campos, perros, pájaros, y obviamente gente que interactúa, como se dice ahora, repartiendo los rituales de siempre. Mujeres con sus bolsos de compras que se cruzan en una esquina e intercambian chimes, madres que van con sus chicos a la escuela o lo pasan a buscar por ella, talleres que trabajan y en las conversaciones de los hombres los dos temas  excluyentes: las cosechas y el fútbol.
 Pero si uno se levanta muy temprano “antes de que el gallo cante” como pavesianamente puede decirse, el pueblo es otra cosa. Si uno lo recorre, parsimoniosamente, si va hasta sus últimas calles, entre sus luces, su hondo e inquietante silencio y esa especie de niebla en que se halla como suspendido crea una sensación de irrealidad realmente notable. La “Trafic” que en esas madrugadas me traen de regreso a la ciudad tienen ese “plus” de belleza inesperada, que no se repite en otras horas del día, como es dable  suponer, aunque también tenga su atractivo, pero siempre es más previsible, como suele ser la vida de los humanos aunque no así sus pensamientos, como sabemos.
 Por eso, en las primeras horas de la mañana lo más significativo –y no por ser usual es menos caracterizable de original- es ese viaje de mi amigo con su perro sobre el techo del vehículo.
 En los atardeceres, cuando Miguel hace los pocos metros que separan su casa del Club (el glorioso Huracán, como repite) para jugar al “chancho” con el ingeniero Kety Parapetti, hijo de mi amiga Hydée, Ullúa, Omar Bellini, y mi viejo y querido amigo también  y hablo de Raúl Rodini, lo acompañan un par de perros que lo esperan pacientemente en la vereda. En esa salita que alguna vez fue “reservado” para novios y parejas muy jóvenes, ahora se juega pacíficamente a las cartas. “Por la vuelta” como se le llama a la consumición, por algunos porotos, y si es por dinero la suma es exigua siempre. Ya son recuerdo las tenidas en los altos del Club donde se jugaban casas y campos y a veces eran  corridos por la Policía y hasta detenidos por transgredir una ley que penaba los juegos de azar. Hay anécdotas jugosas allí. Como esa vez que corrieran entre ellos a Ernesto Triacchini, continuo timbero y sastre de mi pueblo que saltó dentro de una casa, se metió en una cama –ajena, por supuesto- y cuando la Policía entra le dijo que estaba enfermo.
 Miguel mantiene ese sentido gregario de la vida que sostiene a través de su adhesión incondicional al Club y yo, lo comprendo. Porque en épocas de “modernidades liquidas“ el decir  de un filósofo, cuando la política se diluye o banaliza en los programas de la televisión basura:  a qué pocas cosas puede un hombre aferrarse? Una de las  pocas que congrega pasiones diversas y aún contradictorias está en los colores un club donde uno aportó en la más lejanísima infancia, como esas  adhesiones tal vez casual, seguramente afectiva y para nada pensada (qué puede advertir responsablemente un niño de pocos años) y que sin embargo debe ser uno de los pocos sentimientos inalterables que quedan a un ser humano en el siglo veintiuno.
 Y entre esas cosas, digo esas elecciones están los colores rojiblancos del “Club de los grandes éxitos”, como dice siempre Miguel y nunca sé si es con ironía.
 De todos modos, él,  muchos otros y yo,  compartimos ese espacio común, ese afecto, ese estar sintiéndose bien, mirando pasar la lenta vida del pueblo como hacíamos en nuestra más lejana adolescencia.
 Y parafraseando al inolvidable “Negro” Fontanarrosa diré; “en estos tiempos, es mucho”.

Por JORGE ISAÍAS

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LLORANDO AL GENERAL

Por Jorge Isaías - 8 de Agosto, 2009, 15:32, Categoría: 5.PALABRISTAS

Al compañero Jorge Jäger
   
    El sol esa mañana estaba en su esplendor,  las golondrinas se hundían en el cielo como carbones ásperos y las calles del pueblo explotaban de vehículos: autos, carros y sulkis que en hormigueante actividad se extendía en la geografía y las escasas manzanas que en su dispersión  eran como islas flotando en su mar amarillo de trigo.
    La escuela en su rutina nos daba el aburrido, el ingenuo, el poco inesperado sopor de aquellas mañanas muertas para siempre y que, según los días según el ánimo vuelven insistentes como una hilacha, como una brizna dura de pasto que insiste en ser tenida en cuenta, aunque sepamos que ya esos años fueron sepultados por sucesivas y numerosas capas de oscura e inevitable realidad.
    Ese día –pongamos por caso- o fue otro, no sé, Norberto Aronna, ese gordo bueno e inefable se habría peleado con su sempiterno rival, el travieso Carlos Villarreal quien se hacía llamar “Chaicolé”, personaje gaucho de la famosa radionovela de aquellos años que ninguna dama o señorita dejaba de escuchar.
    Salvo algunos hombres hoscos, como mi padre que prohibían a sus consortes oír esas ristras de fantasías que volaban las cabecitas de las niñas.
    Como mi padre detestaba –creo yo- no tanto los argumentos inverosímiles sino ese suspenso melodramático, que según su leal entender no se ajustaban a la vida real.
    En ese día también nos habríamos distraído mirando hacia las instalaciones del club, porque justamente el “Huracán” estaba  enfrente, con su antiguo cine de techo de cinc, esos ventanales inmensos que en verano permitían verse las películas que se reflejaban en los vidrios. Allí nos apiñábamos cuando no teníamos una triste moneda con qué pagar la entrada, que era la mayoría de las  veces, es decir casi siempre.
    Ese día también habíamos sido agredidos, tratados de “negritos” por la ínclita “señorita Angélica”, y es probable que su desdén se allegara al mero coscorrón con alguno de nosotros. Yo estaba entre esos réprobos, aunque no fuera el primero en nada, ni siquiera en las travesuras. Tal vez también por qué no, hayamos sido favorecidos con alguna enseñanza, mientras nuestras cabecitas rapadas se inclinarían con cierta avidez forzada sobre el cuaderno lleno de manchones de tintas. Habíamos corrido detrás de esa defectuosa pelota de trapo en los recreos. Pelota que escondíamos en un caño de cemento que drenaba el agua del techo de tejas coloradas, porque si esa humilde pero maravillosa pelota entraba al salón sería implacablemente incautada por la señorita Angélica, terror de los niños de entonces. De todos modos llegó la usura del “recreo largo”, el de diez minutos que remolonamente se podría estirar dos o tres más, porque el encarnizado partido “grado contra grado” que se libraba en el patio de gramilla (que está, curiosamente, intacto, como entonces) así lo requería y que el campanazo nervioso de Marcos, el portero bien moreno, nadie atendía. Debía repetir entonces un par de veces el golpe del badajo sobre el metal alcahuete.
    Pero ese día, el que trato hace tiempo de relatar, tiene la impronta de los dolores tempranos, que un niño padece sin entender los motivos reales, que pertenecen al orden de los mayores pero que involucra a la infancia, irremediablemente
    La cooperadora de padres que se encargaba de temas que no se podía ocupar la escuela, regalaba un pancito “felipe” a cada niño o niña, como para acompañar con algo sólido el mate cocido del que se hacía cargo el Ministerio. Éste venía oportuno cuando lo servían bien calentito en los inviernos. Eso sí, de llevar el jarrito de aluminio se debían ocupar las madres. Para ir a buscar el pan la maestra elegía un par de alumnos varones de los últimos grados, y algunas nos chantajeaban para que nos portáramos bien, ya que no ignoraban el entusiasmo con que nos ofrecíamos para poder salir de aquello que consideraríamos la cárcel, es decir la propia escuela. Y visto a la distancia era realmente llevadera la existencia entre esas paredes acogedoras y ese perímetro de tejido que nos dejaba ver las calles, la placita Sarmiento, y todos los perros vagabundos que se nos ocurrieran desde sus grandes ventanales.
    Esa mañana –como vengo relatando- que se presentaba propicia  y primaveral los elegidos fuimos el mellizo Arregui y yo. Mario, el que falleció luego, muy joven en un accidente de aviación mientras fumigaba un campo cerca de Chañar Ladeado.
    La panadería quedaba a una cuadra de la escuela y allí fuimos seguramente cascoteando algún perro o alguna torcacita que se atrevía a picotear algunos granos de cereal, caído de los  carros o camiones, en el medio de esas calles de tierra, con grandes costrones de barro endurecido de la última lluvia.
    Cruzamos desde la vereda de la única bicicletería del pueblo de don Antonio Frontera y al pasar por el frente del bar “El Cometa”, de los “turquitos” Esne en la ochava de enfrente vi a mi perro sentadito en la vereda, esperando con paciencia a mi viejo que estaría tomando una copa allí, como deduje  y hasta creo que le comenté a Mario.
    La tarea fue cumplimentada con toda premura ya que se nos enviaba cinco minutos antes de la campana del recreo largo. Hecho por el cual no nos podíamos retrasar. Llevada la bolsa entre dos, no era muy pesada y si íbamos chacoteando todo se hacía más fácil.
    Ese día terminó normalmente.
    Me volví con “El Toto” Míguez, con “Chajá” Correa. Otra vez cascoteando pájaros como era nuestra costumbre.
    Mi madre tenía puesta la olla con el agua hirviendo, lista  para recibir los fideos de la sopa, pero hasta no ver que mi padre llegaba no lo hacía. Esperamos un rato largo y al ver que ella se preocupaba y a mí el hambre me atenazaba le comenté que había visto al perro en la vereda de “los turquitos”, inequívoca señal de que mi padre estaba en el boliche, ya que siempre lo acompañaba a  todos lados, incluso al trabajo en los galpones de las casas cerealeras donde hombreaba bolsas. Allí el perro se divertía corriendo ratones y según mi padre era muy cazador.
    Mi madre tuvo una intuición y como nunca, por primera y única vez, me dijo entre angustiada y ansiosa:
    -Andá a buscarlo, corré.
    Tomé el medio de la calle y siguiendo su orden me bebí los vientos, como quien dice, y a los pocos minutos había recorrido las casi cinco cuadras que separaban el bar “El cometa” de mi propia casa.
    Cuando faltaban pocos metros para llegar vi salir a mi padre. Pero no lo hacía sólo, lo sacaba abrazado don Florencio Luna, y él, mi padre iba –al ser más alto- como colgándose de su hombro y la mano libre, la izquierda tocándose el pecho. Me asusté mucho porque hacía unos meses del mismo lugar había visto salir al Vasco Aróstegui que con esa mano pretendía taparse la sangre, inferida por un puntazo del “oriental” Campos.
    Pero al acercarme más me tranquilicé. Llevaba la mano allí cerca del corazón pero no le salía sangre.   
    Me puse a su lado y se tomó con esa misma mano de mi  hombro de nueve años. Yo sentía mucha vergüenza: mi padre estaba borracho. Él que me daba lecciones de abstemia, a diario. Era la primera vez que lo veía así, pero no se iría a repetir.
    Me emocionó cuando con palabras que denotaban orgullo paterno le decía a su amigo cuánto lo cuidaba su hijo. Yo, que me consideraba un cero a la izquierda.
    Durante el trayecto, se paraba cada diez pasos y gritaba: “Viva Perón”.
    Después decía: que vengan a pintarme la casa como al “gringo” Broglia. Pero yo en ese caso, pensé, no vendrán porque nuestra casa no tenía revoque exterior. Lo que dificultaría el oprobio, según mi ingenuidad infantil. A Francisco Broglia le habían pintado una leyenda infamante que aludía a la caída de Perón.
    Mi madre al vernos llegar se puso a llorar, pero se tranquilizó cuando don Florencio le explicó que habían estado tomando unas copas y llorando al General, que dicho sea de paso había sido derrocado un mes atrás.
    Ayudé a  mi madre a acostarlo en la cama grande como una embarcación.
    Luego vino a la cocina y  me sirvió una milanesa. Ella no comió. Cuando terminé y entré en la habitación estaba sentada en la cama y le decía:
    -Lindo ejemplo le das a tu hijo- y a mí-: andá afuera.
    Obedecí. Busqué  mi pequeña pelota de goma roja con rayas amarillas y la fui haciendo rebotar en la pared del Este, que recibía los rayos del sol, tan tranquilamente. Una bandada de gorriones no pudo asentarse en el patio porque el gato la corrió.
    Yo tenía en mí la tristeza más honda de todos los tiempos.

Jorge Isaías

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