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Por Rosario Escribe - 29 de Junio, 2009, 11:12, Categoría: General

Blog - Clarisa Vitantonio

http://clarisa-vitantonio.blogspot.com/

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Ciclo de Lecturas 29/06

Por Rosario Escribe - 26 de Junio, 2009, 13:39, Categoría: 4. AGENDA CULTURAL

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Poesía y poder

Por Roberto Retamoso - 22 de Junio, 2009, 11:09, Categoría: 5.PALABRISTAS

Desde sus ancestrales orígenes, la relación entre poesía y poder ha sido por lo menos ambigua, cuando no conflictiva y abiertamente contradictoria. Porque al poder le agrada la música poética cuando lo alaba y le rinde pleitesía, como lo prueban múltiples experiencias históricas comprendidas en un arco que va desde Virgilio hasta Lugones, por señalar polos extremos de su dimensión cronológica. Pero también al poder la poesía lo irrita, lo enfurece, cuando siente que su lengua lo interpela y lo denuncia, tal como lo prueba tan cercanamente y entre nosotros el destino de poetas como Miguel Angel Bustos, Carlos Aiub, Francisco Urondo, Roberto Santoro o Juan Gelman, por mentar algunos ejemplos notorios.

Tamaña oscilación en las respuestas que el poder brinda a la poesía seguramente tiene que ver con el antagonismo irreductible que separa a sus lenguas. La lengua del poder tiende a lo unívoco, al sentido único, impuesto como ley sobre el habla de las sociedades. La lengua de la poesía, por el contrario, tiende a un decir plural, radicalmente insumiso respecto de cualquier normativa que pretenda regirla, incluso la normativa propia de las gramáticas.

Los tiempos que corren no han hecho más que potenciar ese antagonismo. A escala mundial, el poder aspira a un lenguaje simplificado —y por lo mismo devaluado, empobrecido— que permita homogeneizar su discurso hegemónico. Ese lenguaje es el que exhiben cotidianamente la mayoría de los medios de comunicación, y es el único que parece interesarle o importarle al poder. En ese contexto, la poesía, confinada a una suerte de deportación cultural, solamente les importa a los propios poetas, y a los escasos pero consecuentes lectores que su discurso todavía convoca.

Semejante cuadro de situación permite comprender las causas más profundas que han generado un lamentable episodio en nuestra ciudad recientemente, como fue el propósito de cerrar la Casa de la Poesía de Rosario. Las razones esgrimidas por los funcionarios responsables de dicha medida han sido tan inverosímiles como irrisorias, puesto que se adujo la falta de funcionamiento, o el no cumplimiento de los fines para los que fuera creada, como las razones que conducían a tomar esa decisión, según un argumento donde los responsables de tales males no eran justamente los encargados de su administración sino unos "otros" tan difusos como indeterminados; acaso los númenes que, se cree, visitan habitualmente a los poetas.

Así, asistimos a la paradoja de que una administración municipal que se enorgulleció de haber logrado que Rosario fuera sede del Congreso Internacional de la Lengua Española, intenta cerrar la Casa de la Poesía de nuestra ciudad. Ello significa desconocer el papel que la poesía juega, aún hoy, como fuerza al servicio de la potenciación, el enriquecimiento y la ampliación de la lengua. Pero no sólo eso: significa desconocer además lo que la poesía aporta a la argamasa cultural donde se construyen identidades colectivas y subjetivas, tradiciones y legados que configuran lo que algún pensador trasnochado imaginó como una suerte de "rosarinidad", esa marca identitaria que tanto parece preocupar a la administración municipal cuando se trata de "vender" la ciudad a los intereses económicos, políticos y culturales de otras provincias e incluso de otras naciones.

En estos momentos, hay indicios de que la administración municipal en sus más altos niveles estaría dispuesta a rever la cuestión. Enhorabuena si ello es así. Pero para aquellos que desde hace años estamos comprometidos con el estudio, la difusión y la promoción de la poesía escrita en Rosario, rever la cuestión significa no sólo admitir que la Casa de la Poesía debe seguir existiendo. Significa también dotarla de recursos técnicos y financieros, designar a sus autoridades por medio del único procedimiento legítimo que existe para esta clase de designaciones —un concurso público de oposición y antecedentes, ante un jurado compuesto por representantes del poder municipal, de la universidad y de los propios poetas— y, por sobre todas las cosas, significa admitir que la actividad de los escritores, como la de los músicos, los artistas, los plásticos y todos cuantos contribuyen a la existencia de una cultura rosarina, resulta imprescindible para que Rosario sea verdaderamente aquello que los logos municipales desde hace años pretenden simbolizar como nuestra identidad ciudadana.

Por Roberto Retamoso
Doctor en letras, docente de la UNR, fundador de la
Cátedra Libre "Felipe Aldana"

NOTA PUBLICADA EN EL DIARIO LA CAPITAL VIERNES 19/06
http://www.lacapital.com.ar/ed_impresa/2009/6/edicion_241/contenidos/noticia_5170.html

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BACK CENTRAL

Por Jorge Isaías - 19 de Junio, 2009, 12:02, Categoría: 4. AGENDA CULTURAL

“Soy, soy aquel muchacho, el fulback  de Sportivo    
Glorias a Jorge Newbery, que alborotó la escuela”
Carlos de la Púa

Por qué elegí jugar en ese puesto tan ingrato es algo que nunca me será develado, como a un creyente la Sagrada Trinidad.
 Lo cierto  y verdadero es que yo desde muy chico, instintivamente, en los picados me paraba frente al arco, de espaldas a mi arquero porque me gustaba ver como se desarrollaba el partido, desde un lugar –creía yo- privilegiado para seguir todo el trámite y poder intervenir cuando mi arco peligraba.
En verdad no podía jugar en otro puesto, pero allí me sentía seguro, a mis anchas.
Con el  tiempo supe que ese puesto se llamaba “back centro” o “back derecho” o se traducía el back por el de zaguero o como le decían los muchachos “fulbá”, simplemente.
Entonces yo siempre que estaba de espectador y veía jugar a los grandes los miraba para ver cómo se desempeñaban en mi puesto, todos los que con variada fortuna pasaron por el Club  y aún los de otros equipos pero aquí sólo los que se destacaban.
Por Huracán pasaron casi cronológicamente los que nombro: Quique Moreno, Fatiga Scozziero, el Petiso Capobianco (a quien las pelotas de alto lo pasaban como “alambre caído”, según mi padre) el Turco Díaz, el Negro Ferreira (venadense y gran tipo) y así sucesivamente. Los “primos” del otro lado de las vías tuvieron algunos buenos: Virginio (que había jugado en Central) Jorgerino a quien todos apodaban “El rosarino” y que se casó con la Cholita Camiscia y se quedó en el pueblo y tuvieron un hijo a quien llaman Semilla y es “canalla” fanático, mi amigo el Cabezón Albanessi; en Gödeken estaba Cesáreo Rodriguez, que pateaba inevitablemente con la punta del botín, unos tiros para decapitar contrarios y el recio Villalba, de  “9 de Julio” de Beravebú. Dos grandes “cepilladores” que dejaban heridos a los delanteros rivales. De hecho yo rechazaba ese juego demasiado brusco.
Del “Min” Villarreal había aprendido desde muy chico a cuidar mi marca (¿quién la cuidaba en ese tiempo?), yo lo sufría todos los partidos ya que mis compañeros no eran de mi misma filosofía y dejaban a los delanteros entrar orondos al área con gran peligro para el Mincho Vega, nuestro heroico arquerito que andaba siempre a los manotazos y por el suelo. Yo diría que se colaban en nuestra defensa como peligro los torpedos dispuestos a fusilar al Mincho en la primera de cambio. A mí eso me llenaba de preocupación y muchas veces nos llenaban de goles.
Es cierto que era un fútbol más lento, pero también más bello –espero no ser traicionado por los recuerdos –como un ballet en el que muchas veces la torpeza de un defensor terminaba en infracción inevitable, aunque casi siempre sin mala intención. No quiero decir con esto que fueran señoritas ni que todos teníamos habilidad con la pelota, pero la velocidad era muy mal  mirada.
“Masquique” Sequeira me cuenta una anécdota de otros tiempos. En Huracán debutaba Néstor Peiretti, el famoso Petiso, pura garra y pasión y se ve que el hombre se quería ganar el puesto, y corría de un lado a otro de la cancha. El Flaco Maggi y el Pelado Míguez, dos cracks ya de vuelta, se miraron atónitos y el primero le pregunta al otro.
- ¿Y éste  adónde va tan apurado?
- No sé- contestó irónico el Pelado- se le estará yendo el tranvía...
Había varios que trataban a la pelota como a la niña de sus sueños: Balazo Renzi, Lallana, el Toto Míguez, el Nino Míguez (hijos del Pelado, primer maestro que tuvimos).
Antes el fútbol se jugaba, hoy se corre, simplemente.
Ese bello fútbol que se comió el “negocio de las liebres”, como decía mi viejo, ese fútbol que como tantas cosas se nos fue para siempre. Ahora cuentan sólo los resultados, si hasta los goleadores son tales cuando hacen más de 5 goles en un campeonato y antes para tener patente de tal debía por lo menos pasar de cuarenta.
El fútbol era nuestra manera de respirar, de identificarnos, de estar en el mundo y el amor a una camiseta más importante a veces que una novia.
Las anécdotas de aquel tiempo feliz, pero perdido para siempre, se activa solamente cuando en las mesas del Club Huracán nos reunimos –no a recordar, eso viene, casi siempre de suyo- en pláticas calmas que no son nunca alteradas, ni cuando las opiniones son encontradísimas –la única condición no la ponemos nosotros, sino la historia y el tiempo transcurrido, ya que por razones más que obvias los más jóvenes no pueden opinar.
Y yo, aunque a veces disiento con un recuerdo compartido, nunca refuto a nadie, por dos razones: la primera, por respeto amistoso y la otra porque mientras escucho hablar a mis amigos, no puedo separarlos de aquella bruma lejana de la infancia donde nadie valora en su magnitud este regalo de la vida que nos junta de nuevo como si nunca nos hubiéramos separado y los vientos y las tormentas del mundo que a cada uno fue dejando alguna cicatriz no nos hubiera tocado.
Acá, en el Club Huracán, transitan sin discusión, como un dogma, dos cosas indelebles: la amistad y los recuerdos, y con ellas le hacemos modestamente pata ancha a la “Huesuda” que nos mira con envidia esperando pacientemente su oportunidad.
                   
Jorge Isaías
jisaias46@yahoo.com.ar
  

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Ciclo de lecturas 22/06

Por Rosario Escribe - 19 de Junio, 2009, 11:57, Categoría: 4. AGENDA CULTURAL

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BARRIO “EL JAZMÍN”

Por Jorge Isaías - 19 de Junio, 2009, 11:50, Categoría: 5.PALABRISTAS

    “El sombrero de alas  anchas con que adorno mi cabeza”, así cantaba Manuel González, el popular Manolo, solterón, y vecino cuando pasaba debajo de la débil luz de la esquina donde se reunían  los sapos. Una  sola lamparita que se balanceaba a la más leve brisa y ensombrecía la calle de tierra y sus hondos zanjones que cubrían los yuyos.
   Aquel pueblo es mi pueblo,  el que se adormecía en siestas aletargadas y extensas, con su carrito heladero que pregonaba su exquisitez seductora, o las vascos lecheros que venían del campo o Bureau, el hielero que atravesaba los veranos y las calles con sus barras envueltas en bolsa de arpillera, con su forcito hipante, pletóricos y lleno de orgullo,  con su radiador lleno de mariposas.
   Los vecinos con sus trabajos humildes, cuidando sus quintas fresquísimas,  olorosas de hondas albahacas y las vecinas con sus gallinas y sus chismes y sus paseos al cementerio y a la misa inevitable del domingo.
   Alguna me llamaba para ofrecerme un plato de higos  dulcísimos, tal vez para recompensar un mandado, sin saber que yo  prefería un  par de monedas que poco habrían de tintinear en mis hueros bolsillos.
   Entre todos sobresalía un hombre gordo, vasco, silencioso, a quien llamaban “El nuevo rico” , porque pasó de simple cocinero de la estancia Maldonado a rentista ocioso. Lo veo todavía caminar esa cuadra hasta la casa con veleta de don Manuel Gómez  y volverse. Pantalón claro, faja negra, boina vasca y caminar elegante en el aterido rincón de mi memoria.
   Esa calle   donde vivían Manolo y el Vasco, era la última del pueblo y  se deshacía en llanura, motivo por el cual no era difícil que pasaran  criollos a caballo, peones de Maldonado, a veces solos, a veces en grupo, y a veces arreando ganado.
   Esta era una situación que nos encantaba, ya que subidos a los árboles podíamos mirar con suma comodidad las cornamentas peligrosas desde  un lugar protegido.
   En esa calle también vivían los Míguez. El matrimonio lo formaban Ubi González (hermana del Manolo) y Andrés Míguez, el inolvidable “Pelado”. Un gran crack futbolístico de nuestro club y de toda la zona, era además un dirigente sindical respetado. Pertenecía al gremio de los estibadores, como mi padre.
  Me encantaba oírlo en las asambleas. Era un fogoso orador y polemísta temido. Ubi era dulce y silenciosa y tenía una hermosa sonrisa .Yo iba mucho a esa casa , ya que era –y soy todavía por suerte- muy  amigo de su cuarto hijo varón de una serie  de cinco. Claro que hablo de Jorge Miguez, el “Toto”, como todo el mundo lo conoce.
   Frente a la casa siempre pintada del rojo, de don Manuel Gómez, en cuyo techo enseñoreaba una veleta con un gallito compadrón y señero, estaba la casa de la viejita Lencioni, que vivía con Pedro, su hijo solterón, Siempre apoyado a un paraíso con su eterno pucho en la boca. Pedro era silencioso, era calvo y tenía los ojos celestes, como su madre.
   Doña Lencioni criaba una bandada numerosa de gansos, a quien abría la puerta a las primeras horas de la mañana y la  dejaba en la calle hasta el atardecer, cuando munida de una ramita salía a recogerla. No me acuerdo de su nombre, ya que siempre la llamaron así, “doña Lencioni”. Tenía  los ojos muy claros  y no se quitaba el pañuelo  de su cabeza que supongo enteramente blanca, como habrán  sido los picos nevados de su aldea italiana. Cuando la conocí, ya era viuda.
   Si sigo por esa calle, que hoy se llama Juan de Garay  y es  el corazón del “Barrio del Jazmín”,  puedo citar a otros vecinos de entonces.
   En esa calle vivía un matrimonio italiano: del buenazo don Pedro Aimetti, que oficiaba de regador comunal y su mujer, doña Luisa, muy afecta a las mateadas, con mi vieja y el oriental Eufrasio Campos y su mujer, doña Rosa, criolla  de ley, si las hubo en mi pueblo.
   Una cosa que recuerdo de ese tiempo es que la gente cantaba y silbaba por la calle. De lo que deduzco que la gente era feliz. Hoy serían tomados  por locos, sin embargo hablan solos, sin saber por qué, en la vía pública.
   Era natural y era bello ver a la gente silbar y cantar, como mi vecino el gordo Spina, a quien todos llamaban “El pobre”. Tal vez para diferenciarlo de su hermano, Humberto, que también era peluquero y tenía su negocio en el centro, si bien vivía frente y ramos generales del Cholo Belluschi, quien bautizó al barrio y era el  armador de todos los equipos de futbol que lo representaba.
   En la esquina vivían doña Marianna y don Clemente Gerlo, sufridos inmigrantes que penaban por sobrevivir con su quinta y su huerta que  saqueábamos sin piedad.
   Yendo hacia el campo del Gordo Compañy, estaba la casa de Faustino López con su pasión de peronista y sus hijos numerosos. Luego la nonagenaria Juliana Díaz que escatimaba higos a mi niñez golosa, y al final la casa de don Leandro Correa, casado con doña Carmela de cuyos dos hijos menores yo era amigo. En especial de Miguel Ángel, o “el Chajá” como le decíamos.
En la vereda de enfrente la viuda Benaglio, directora  de  escuela, jubilada, con sus hijos Lila y Carlitos, un muchachón alegre que paseaba su inmenso perro y silbaba con  gran  ahínco las canciones de moda.
   Luego seguían: la casa de Agripino Bruno, sanpedrino y peronista, como su vecino don Cruz Roca.
   La esposa de Agripino se llamaba Margarita ,  una matrona que ayudaba en los partos. Indefectiblemente se paraba en la esquina donde jugábamos y con gesto autoritario bajaba y subía como amenazando. Nunca supe porqué. Si no le hacíamos nada.
   Y al final estaba la casa de Pedro Becerro, casado con la viuda Jiménez, madre del inefable Cachito, cuyo nombre,  aunque no su rostro,  perdí para siempre.
   Más allá otras familias  numerosas, engrosaban la pibada del Barrio: los Sánchez, los Escudero, los Balquinta, los Suárez, los García.
    En fin, tanta gente que hoy son olvido, raspa del tiempo que se arremolina con insistencia en mi desolada memoria, y cuesta a mi razón   y a mis años, que alguna vez existieran  y es algo más que un empecinamiento de la memoria recurrente.
   Como la canción que Manuel González cantaba, bajo el sombrero oscuro que le cubría el rostro, de nariz muy prominente, bajo esa lamparita de la esquina que ya es -como muchas cosas- el definitivo olvido en la miseria más triste de todos los tiempos.
                                
Jorge Isaías
jisaias46@yahoo.com.ar
  

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BALDOMERO FERNANDEZ MORENO

Por Jorge Isaías - 16 de Junio, 2009, 13:04, Categoría: 5.PALABRISTAS

BALDOMERO FERNANDEZ MORENO
la modernidad que no muere

 Sometida a los vaivenes implacables del tiempo que trae  “liciones con sus mudanzas” al decir de José Hernández, una obra literaria puede ser sepultada en el olvido para siempre o puede, como en el caso de Góngora, esperar con paciencia algunos siglos para ser justamente reivindicada.
 En el caso de nuestro querible Baldomero Fernández Moreno tal vez no sería prudente esperar tanto, aunque yo no pretenda compararlo con el gran cordobés. Muerto en 1950, su poesía, presuntamente inmediatista,  podría ser tomada por banal si la lectura actual fuera apresurada o distraída como suele ser costumbre en nuestra crítica.
 Después de una intensa vida sin escándalo, su obra fue consecuente con su poesía y se simbolizó tanto con ella que hizo que Emilio Carilla lo definiera como  “autobiografía lírica”.
 Producción “nerviosamente escrita y publicada” según sus propias palabras, iba siendo por su autor “ordenada” temáticamente y corregida cuando lo sorprendió la muerte a mediados de 1950.
 Varias cosas nos llaman la atención en su discurso. La primera es la exactitud total que adquiere en la métrica y una justeza en el manejo del verso y aún de la prosa –menos conocida y editada- que no deja de sorprendernos. 
 Esta advertencia no puede tomarse a la ligera, ya que es cada vez menos frecuente leer en los autores un manejo seguro de la sintaxis española, que no es baladí, aunque resulta obvio remarcarlo.
 A veces hemos pensado qué raro manejo fluía de sus textos donde resulta imposible quitar una como sin que se derrumbe su delicada arquitectura.
 Tempranamente reconocido por sus pares, de costumbres mansas y cordiales, es posible que no haya suscitado sobre sí ninguna atención desmesurada, pero muchos lo reconocieron de este lado y del otro del océano. Banchs nada menos, escribió “es el primero que se para y mira alrededor.
 Muerto Carriego, Fernández Moreno retomó esa cordialidad discursiva que tenía en cuenta lo doméstico extrayéndole, además, un refinado lirismo. Tanto que hasta algo tan poco poético como un tacho de basura podría resultarle, a su espíritu, algo llamativo.
 Desechó casi monótonamente la pirotecnia de los años 20, eludió las modas sin ninguna dificultad y reconoció con apabullante humildad, cuando se le preguntó si era el jefe del sencillismo: “Yo sólo he sido fiel a la exhalación natural de mi ser”; dejando con ello zanjada cualquier actitud que no contemplara su propio proyecto de una escritura sin alardes pero también sin desviaciones.
 Varias cosas hoy puede llamarnos la atención en la obra de este auténtico argentino.
 La primera es su impermeabilidad, la incontaminación que protege a su obra pese  a las conmociones sociales de las que fue contemporáneo. Sólo un par de versos casi desganados se pueden extraer de su profusa obra publicada.
 “Unos son conservadores /los  otros son radicales/Otros son conservadores…¡Oh la lluvia en mis cristales!” (1919).
 De lo cual puede uno imaginarse la prescindencia de las formas políticas o las banderías de su tiempo.
 Esto en cuanto a las marcas externas que pueden aparecer en su poesía, aunque tampoco  se le conoció una militancia activa en política, ni siquiera alguna preferencia, salvo el compromiso con un amigo de un partido provincial que lo incluyó como candidato a senador por Chascomús. Su hijo César lo cuenta: “Por supuesto, perdió la elección: el día del comicio había olvidado repartir las boletas electorales, con su nombre. Allí quedaron cuidadosamente empaquetadas y vírgenes, en un ángulo de su consultorio”.
 La segunda es esa condición innata para dominar nuestro idioma en una versión de exactitud y capacidad expresiva extrema, y todo ello tenido a un gran poder de síntesis.
 ¿Qué leía Baldomero?
 Darío, Machado y con entera seguridad todos los clásicos del Siglo de Oro español. No es improbable que haya desechado muchas de las líneas de la poesía moderna, aunque hay constancia que tenía bien leído a Rimbaud y Baudelaire.
 Es probable que su formación haya sido tradicional, muy española, rasgos de su habla parece que lo hacían muy castizo, pero eso, según Borges, fue su virtud.
 “La falta de tradición le ha servido. Un literato criollo no puede mirar la llanura sin alguna memoria de la época pastoril y de nuestras discordias civiles, sin la presión e interposición de un fantasma: Rosas, López, Soler o el hombre mitológico Martín Fierro. Fernández Moreno, hijo de extranjeros, ha podido mirarla con integridad e inocencia, sin que el pasado enturbie el presente”.
 Muy certero, como siempre, Borges; porque además se justificaría ese fervor casi de escarapela que tenía por lo patriótico (hasta una parte de su obra hay que él llama justamente “Rama patriótica”).
 No solamente era hijo de españoles, sino que él mismo había vivido entre sus 6 y 12 años en Bárcena, la aldea santanderina paterna y habría mamado hasta las leyendas de su “aldea española”. Estuvo justamente en España los años que Pavese considera fundamentales para un poeta: los de la primera infancia. Los años en que todo se marca a fuego en la memoria vivida del niño.
 Por eso resulta notable lo que Borges, afirma “esa inocencia” ese descubrimiento de lo que él llamó en “La patria desconocida”, un ojo nuevo para mirarlo todo, empezando por el nuevo paisaje.
 Se le ha objetado tal vez un excesivo descriptivismo, pero por otro lado esa presunta “objetividad” nunca es neutra, por que lleva implícita una mirada de amorosa comprensión, cuya delicadeza pone a veces de manifiesto en un solo verso, “desvío” de la mirada aparentemente comprometida sólo con lo exterior.
 Si disculpamos esta aparente “ingenuidad” escolática suya, no nos debería llamar la atención que no haya visto el quiebre social que iba carcomiendo y revolucionando las bases sociales que se levantaban a la busca de un mayor equilibrio y una mayor justicia. No tenemos derecho a exigirle una postura que no sintió y debemos ajustarnos a los tópicos que sus textos eligieron, de lo contrario elegiríamos la opción de una lectura interesada.
 Se podrá objetar también que editó demasiados libros  -uno o dos por año a veces-  pero en su descargo diremos que ningún avatar doméstico le fue ajeno, por pequeña cosa que nos parezca.
 Fernández Moreno pertenece a esa estirpe de escritores que ya no existen y que asumían un compromiso de exactitud con el idioma. Que no admite ripios, ni distracciones disfrazadas de la originalidad y de la propia y escondida ignorancia. Y lo digo pensando en aquellos que tanto hicieron por nuestro idioma y parece que se los nombra  -Borges, por ejemplo-  sin leérselos, o se los olvida lisa y llanamente como Gerchunoff, Nalé Roxlo, Mastronardi, Rega Molina, González Carbalho, Rojas Paz, entre otros.
 Hemos escrito anteriormente que tal vez su error fue la incontinencia cuando ella quedaba expuesta en la letra impresa, pero, también diremos que cuando la muerte lo sorprendió –con apenas 62 años- estaba expurgando sus libros y dejando a futuras generaciones lo que él llamó “Obra ordenada”. Pruebas fueron las antologías que editara Espasa Calpe en 1941 (primera versión) hasta llegar la sexta en 1954.
 Criterio discutible éste del “ordenamiento”, ya que altera “el orden” cronológico y “natural” de la obra de un autor. Pero desde que sabemos que de todos los discursos, el escrito es el único pasible de ser enmendado, tachado y aún negado, todo es posible y permitido.
 ¿Quién puede olvidarse de algunas piezas imperecederas que nos regaló su pluma? “Setenta balcones y ninguna flor”, “Octavas reales a Pepito”, o su magistral “Soneto a tus vísceras”  o aquella inmejorable “La vaca muerta”, que comenzaba:
“Lentamente tenía la vaca bermeja…”
 Y se lo criticó desde un iluso y tonto realismo ya que, al parecer, no existen las vacas bermejas.
 Pionero de estas críticas fue un rematador de hacienda de Chascomús, que un diario local publicó por primera vez cuando Fernández Moreno vivía allí
 Las críticas, al parecer, siguieron, hasta que el poeta cedió a la presión del realismo y cambió el adjetivo original por uno que consideró menos irritante a los críticos y puso “Lentamente venía la vaca rosilla” Ganaron los rematadores de hacienda y de la poesía pero yo me sigo quedando con la vaca bermeja.
 Similar polémica rural armó aquel famoso “overo rosao”, que trajo una batahola donde hasta Lugones terció con su sapiencia de ex comarcano de la Villa del Río Seco.
 Pregunto yo: ¿acaso los poetas no tienen la potestad y el permiso de verle peras al olmo?
 Siguiendo con esa línea versal que lo ataba a su circunstancia inmediata, podemos agregar con Borges “más de una vez ha oído Fernández Moreno el reproche de ser un poeta de circunstancias.(…). A ello cabría replicar que la idea de que lo particular no es poético y sí lo indefinido, lo general es inseparablemente prosaico. Esta reflexión de Borges debe tomarse en cuenta o sólo porque está en lo correcto, sino por venir de quien viene. ¿Acaso él –Borges- no fue “limpiando” toda su obra de “localismos” y particularidades temáticas o referencias rastreables en el exterior?
 Cierto pudor o diría mejor, cierto prejuicio de nuestras letras alude, de alguna forma, esas particularidades, como si lo indefinido pudiera asegurarnos el viaje intelectual alrededor del mundo civilizado con sus múltiples traducciones y una eternidad asegurada a plazo fijo.
 Nada más provinciano y alejado de la realidad que este pretendido universalismo, como si hubiera una fórmula o un atajo para arribar a las generaciones que vendrán o a las altas cimas de la fama imperecedera.
 Todo lo escrito sirve para dejar la humilde opinión de que, en poesía, ninguna cosa que aparece simple deja de ser el resultado de una minuciosa orfebrería aún a pesar de la propia confesión de un autor como Pedroni: “Sólo yo sé cuánto cuesta ser sencillo”.
 Lo cierto es que al transitar la poesía profusa y aún prolífera que circula por sus versos, estaremos ante una de las voces más auténticas de nuestra lírica.
 Mención aparte merecen sus prosas, que si excluimos sus memorias se reducen sólo a dos pequeños pero magistrales volúmenes  de “impresiones” -de alto contenido poético y de un ejemplar manejo del idioma, con una orfebrería tan delicada que hasta parece imposible un uso tan inmejorable de los adjetivos, la certera puntuación y el uso inimitable de las comas- y un libro de aforismos.
 Dada la desprolijidad de los escritores de Internet, no me parece poco. Al contrario.
 
Por Jorge Isaías


 

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Blog literario...

Por Clarisa Martina Vitantonio - 8 de Junio, 2009, 14:14, Categoría: General

Los invito a pasar un ratito por el blog, siempre hay algo que leer...
Un abrazo
Clarisa Martina Vitantonio

http://clarisavitantonio.blogspot.com
http://clarisa-vitantonio.blogspot.com

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LA POESÍA EN LOS BARES

Por Rosario Escribe - 8 de Junio, 2009, 14:13, Categoría: 4. AGENDA CULTURAL

LA POESÍA EN LOS BARES (La Sede), Martes 09/06 20.30 hs
Invita a usted a su ciclo de lectura de poesía el martes 9 de junio a las 20:30 en la Subsede, San Lorenzo y Entre Ríos.
Es esta oportunidad participarán los poetas Clarisa Vitantonio, Alejandro Mensi y Corina Moscovich, siempre con las presentaciones de Roberto Lobos
 

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Ciclo de lectura y asamblea

Por Rosario Escribe - 8 de Junio, 2009, 14:09, Categoría: 4. AGENDA CULTURAL

cASA pOESÍA  -4- by you.

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Poetas del Tercer Mundo

Por Rosario Escribe - 8 de Junio, 2009, 14:05, Categoría: 4. AGENDA CULTURAL

El lunes 8 de Junio, en el bar tercer mundo, a partir de las 20 hs, además de las lecturas; realizadas en ésta  ocasión, por: Norman Petrich, Marina Maggie y Marcelo Cutró.Con el acompañamiento musical del dúo Bivarieta (  conformado por: Leandro Vacchino y Diego medina).
LLevaremos adelante la Asamblea " Todos Juntos, para decir No, al ciere de la Casa de la Poesía", porque la participación de todos los poetas, amantes de la poesía, y artistas en general, no puede estar al márgen. Es esencial la presencia, y el diálogo.
Por eso empezaremos un rato antes, por favor, sean puntuales!
Abrazo!
Alejandra Mendez

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Almacén Las colonias - JORGE ISAÍAS

Por Rosario Escribe - 3 de Junio, 2009, 11:17, Categoría: 4. AGENDA CULTURAL

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Poetas del Tercer mundo

Por Rosario Escribe - 1 de Junio, 2009, 10:53, Categoría: 4. AGENDA CULTURAL

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