Igual que todos los años.
Llega esta época de las fiestas y me siento a contramano. Mi humor decae cuando todos creen estar felices y se abrazan por la calle. Los miro en cada esquina, palmeándose la espalda y deseándose la felicidad que no alcanzaron durante el año. Y me deprimo aún más.
Los negocios adornados, las lucecitas de colores, la gente revolviendo las góndolas de las jugueterías en un intento desesperado por conseguir el famoso juguete que pasan en la tele, chuchería de plástico con precio dólar. Todo eso me marea.
Las despedidas de gente que seguiremos viendo cada día, un beso o dos, según la cantidad de alcohol ingerido, las reservas con dos meses de anticipación para que después te atiendan para la mierda y tengas que pagar por lo que no comiste ni bebiste, total no te das cuenta.
Y yo con ganas de encerrarme.
Para no tener que aguantar a los borrachos que pasan gritando y vomitando en la vereda y no escuchar a los pendejos tirando cuetes a toda hora a ver si con suerte pierden un dedo o le sacan un ojo al vecino de enfrente.
Antes era diferente.
La gente se ponía en pedo, sí, pero ni se le ocurría salir a la calle, se iban a dormir la mona. Es que era vergonzoso, ahora en cambio pareciera ser motivo de orgullo.
Y yo sigo a contramano.
Porque no entiendo eso de chupar hasta no saber quién sos ni dónde estás. Será que no les gusta lo que son. Y por eso toman hasta no ser ellos. O quizás estén buscando que alguien reaccione y se enoje, que alguno les grite "basta", cuando después de una noche de joda se tiran en la arena, a pleno sol y comienzan a insultar a los que están al lado, a bajarse los pantalones y mostrar el culo.
La verdad es que todo eso me deprime.
Sigo insistiendo que antes era diferente.
Te juntabas con amigos y tomabas para festejar. Pero nunca perdías la conciencia. Y si alguna vez llegabas a excederte venía tu abuela y te daba un café bien negro con borra, para que vomitaras y nunca más te olvidabas de esa noche.
Igual que todos los años.
Prepararé la mesa para doce (este año compré dos manteles color crema y servilletas verdes con motivos navideños). Pondré las copas de cristal y los cubiertos del juego, prenderé las luces del arbolito y las del frente de casa, les daré Sedagotas Lamar a mis perros, me pondré un vestido y tacos altos y me sentaré a esperar a mi familia. Igual que siempre. Llegarán a las diez y cenaremos. Y cuando sean las doce levantaremos las copas y nos desearemos felicidad antes de abrir los regalos.
Igual que todos los años.
Aunque yo siga a contramano.