
Galileo Galilei declara que la Teoría Heliocéntrica es falsa. La
Santa Inquisición sonríe de costado (cual Ignacio Copani) y alimenta,
en un solo bocado, tres patas que constituirán su devenir: opulento
ego, infinita ignorancia y caótica ambición. Ego, ignorancia y
ambición: elementos vecinos que tienden a la atracción mutua y a parir
discursos autoritarios.
Galileo Galilei pierde la batalla y
gana la eternidad en el mismo evento.
Eppur Si Muove
desliza por lo bajo, dejando que la historia coseche el rastro sembrado
para el futuro. Galileo Galilei, como siglos después Nietzsche, nacería
póstumo.
Galileo aportó en el campo científico del mundo
denotado, de las experiencias corporales, de las interpretaciones
concebidas para entender porque los sentidos
suceden.
Mucho antes semantizó el mundo
Sócrates, fue el primero en preguntarse por el hombre. De alguna manera
comienza a ver algo nuevo, pregunta y construye sentido orientado por
sus inquietudes. La pregunta por el Hombre remite, ante todo, al Hombre
mismo.
La Edad Media construyó las verdades divinas.
Torquemada como testaferro y la diversidad como víctima. Leonardo Da
Vinci (entre tantos) no tuvo necesidad (ni intención) de discutirle, en
su actuar construyó interpretaciones que desplazaron el
absolutismo.
Muerto dios (todavía sin enterrar) se inventa
el sustituto: Rey Muerto, Rey Puesto. Ahora somos nosotros los
referentes últimos del acceso a La Verdad.
Bienvenidos a la
Era Moderna, donde todavía tenemos Grandes Verdades Absolutas. Ahora
las dicen los Durkheim, Lotman, Saussure, Marx, Stalin, Hitler, Benito,
Mao, Fidel. Muchas pretensiones juntas, tan opuestas como diversas.
Evidentemente La Verdad es otra cosa.
Posmodernidad es la nueva muerte de una vieja divinidad, el suicidio de
nuestras pretensiones demiurgas y el nacimiento de la libertad del
lector/espectador/interpretador.
Pararse en una episteme
posmoderna implica que, ante todo, somos nosotros remitentes últimos de
las "verdades" que observamos y/o experimentamos. Un nosotros que no
refiere al Hombre como ser genérico, sino al observador particular que
cada uno es. La verdad nos pertenece.
Declarar que La
Verdad nos pertenece implica tanto hacernos responsables (habilidad de
responder ante una situación) de su existencia, como reconocer que el
Otro puede tener la suya.
Jean Paul Sartre planteó que un
pensador es aquel que está lleno de creencias y no deja de atacarlas.
Pudo percibir que, de alguna manera, lo relevante no es la respuesta,
sino la pregunta.
Los hombre modernos se ofenden y enojan
ante la pregunta que impugne su verdad, se anclan en un rol de víctimas
ante la maldad del mundo (o clases opresoras). ¿Cuantos cuestionan si
esa maldad existe fuera de su propia observación?
"Nadie
peca voluntariamente" dijo Sócrates (con las orejas rojas), tal vez, no
existan buenos y malos, oprimidos y opresores. Quizás sea el momento de
cuestionar la mirada que, en su observar, interpreta el mundo y
construye sentido (
ese sentido) sobre él.
¿Qué responsabilidad tienen (tenemos) ante el mundo tal cual lo
experimentamos? ¿Qué nueva pregunta podemos hacernos? ¿Qué respuesta
podemos resemantizar (despojándola de su Verdad)?
¿Lucha de
clases es algo más que dividir lo social en función de una sola mirada?
¿Porqué los luchadores populares no son legitimados (democráticamente)
por el pueblo? ¿contra quien se lucha? ¿los propietarios de medios de
producción son ajenos al pueblo? ¿los pensamos como tipo ideal o como
tipo empírico? ¿el pueblo son todos? ¿incluimos cacerolas de teflón?
¿Cobos traidor? ¿Campo golpista? ¿Qué es el Estado? ¿Para qué existe?
Preguntemos que se acaba el mundo tal como lo tenemos
junado.
Preguntemos que trasformar es encontrar nuevas
respuestas.
Preguntemos.
Sigamos
preguntando.
Y ante cada respuesta recordemos a Galileo
rezando, bien por lo bajo, un
Eppur Si
Muove.