La soledad arbolece en las sombras
ardientes de la lluvia mientras
desde un húmedo puente que
apenas hilvana las orillas
agrietadas de la incierta realidad
ella mira pasar, indiferente,
las aguas del arroyo marrón.
Aguas que marchan torpes,
inevitables y ciegas como el destino,
tropezando con el barro y los cascotes
oscuros de la pasión perdida,
restos opacos, espejos desgarrados
que sólo brillan con la plata de sus lágrimas
al influjo feroz
del breve fulgor incandescente del rayo despiadado.