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Julio del 2008
 Galileo Galilei declara que la Teoría Heliocéntrica es falsa. La
Santa Inquisición sonríe de costado (cual Ignacio Copani) y alimenta,
en un solo bocado, tres patas que constituirán su devenir: opulento
ego, infinita ignorancia y caótica ambición. Ego, ignorancia y
ambición: elementos vecinos que tienden a la atracción mutua y a parir
discursos autoritarios. Galileo Galilei pierde la batalla y
gana la eternidad en el mismo evento. Eppur Si Muove
desliza por lo bajo, dejando que la historia coseche el rastro sembrado
para el futuro. Galileo Galilei, como siglos después Nietzsche, nacería
póstumo. Galileo aportó en el campo científico del mundo
denotado, de las experiencias corporales, de las interpretaciones
concebidas para entender porque los sentidos
suceden. Mucho antes semantizó el mundo
Sócrates, fue el primero en preguntarse por el hombre. De alguna manera
comienza a ver algo nuevo, pregunta y construye sentido orientado por
sus inquietudes. La pregunta por el Hombre remite, ante todo, al Hombre
mismo. La Edad Media construyó las verdades divinas.
Torquemada como testaferro y la diversidad como víctima. Leonardo Da
Vinci (entre tantos) no tuvo necesidad (ni intención) de discutirle, en
su actuar construyó interpretaciones que desplazaron el
absolutismo. Muerto dios (todavía sin enterrar) se inventa
el sustituto: Rey Muerto, Rey Puesto. Ahora somos nosotros los
referentes últimos del acceso a La Verdad. Bienvenidos a la
Era Moderna, donde todavía tenemos Grandes Verdades Absolutas. Ahora
las dicen los Durkheim, Lotman, Saussure, Marx, Stalin, Hitler, Benito,
Mao, Fidel. Muchas pretensiones juntas, tan opuestas como diversas.
Evidentemente La Verdad es otra cosa.
Posmodernidad es la nueva muerte de una vieja divinidad, el suicidio de
nuestras pretensiones demiurgas y el nacimiento de la libertad del
lector/espectador/interpretador. Pararse en una episteme
posmoderna implica que, ante todo, somos nosotros remitentes últimos de
las "verdades" que observamos y/o experimentamos. Un nosotros que no
refiere al Hombre como ser genérico, sino al observador particular que
cada uno es. La verdad nos pertenece. Declarar que La
Verdad nos pertenece implica tanto hacernos responsables (habilidad de
responder ante una situación) de su existencia, como reconocer que el
Otro puede tener la suya. Jean Paul Sartre planteó que un
pensador es aquel que está lleno de creencias y no deja de atacarlas.
Pudo percibir que, de alguna manera, lo relevante no es la respuesta,
sino la pregunta. Los hombre modernos se ofenden y enojan
ante la pregunta que impugne su verdad, se anclan en un rol de víctimas
ante la maldad del mundo (o clases opresoras). ¿Cuantos cuestionan si
esa maldad existe fuera de su propia observación? "Nadie
peca voluntariamente" dijo Sócrates (con las orejas rojas), tal vez, no
existan buenos y malos, oprimidos y opresores. Quizás sea el momento de
cuestionar la mirada que, en su observar, interpreta el mundo y
construye sentido ( ese sentido) sobre él. ¿Qué responsabilidad tienen (tenemos) ante el mundo tal cual lo
experimentamos? ¿Qué nueva pregunta podemos hacernos? ¿Qué respuesta
podemos resemantizar (despojándola de su Verdad)? ¿Lucha de
clases es algo más que dividir lo social en función de una sola mirada?
¿Porqué los luchadores populares no son legitimados (democráticamente)
por el pueblo? ¿contra quien se lucha? ¿los propietarios de medios de
producción son ajenos al pueblo? ¿los pensamos como tipo ideal o como
tipo empírico? ¿el pueblo son todos? ¿incluimos cacerolas de teflón?
¿Cobos traidor? ¿Campo golpista? ¿Qué es el Estado? ¿Para qué existe?
Preguntemos que se acaba el mundo tal como lo tenemos
junado. Preguntemos que trasformar es encontrar nuevas
respuestas. Preguntemos. Sigamos
preguntando. Y ante cada respuesta recordemos a Galileo
rezando, bien por lo bajo, un Eppur Si
Muove.
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La soledad arbolece en las sombras
ardientes de la lluvia mientras
desde un húmedo puente que
apenas hilvana las orillas
agrietadas de la incierta realidad
ella mira pasar, indiferente,
las aguas del arroyo marrón.
Aguas que marchan torpes,
inevitables y ciegas como el destino,
tropezando con el barro y los cascotes
oscuros de la pasión perdida,
restos opacos, espejos desgarrados
que sólo brillan con la plata de sus lágrimas
al influjo feroz
del breve fulgor incandescente del rayo despiadado.
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El próximo martes 29 de julio continuará el ciclo LA POESIA EN LOS BARES, encuentro que organiza el Centro Cultural Bernardino Rivadavia (Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario). En esta oportunidad leerán Corina Moscovich, Gervasio Monchietti y Juan Pablo Angelone. Las presentaciones estarán a cargo del poeta Roberto Lobos. La Cita es en el Bar LA SUBSEDE, en Entre Ríos y San Lorenzo,a las 20 hs. (se ruega puntualidad)
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Si acaso decidiera salir a la calle y en ese avatar te encontrara, Antonio, el cielo gris de invierno podría derrumbarse sobre nuestros hombros con todo el peso helado de la memoria compartida. Por eso dudo. Pero si llevado por un impulso irrefrenable abriera la pesada puerta de hierro forjado del caserón de tejas heredado de mis abuelos y afrontara con valor ( preclaro pechito argentino) el viento y la lluvia de junio y, apenas dar vuelta la esquina, tropezara con tu viejo saco-amuleto de gamuza que, de tan usado, ya parece pintado en tu piel, y viera con rabia tu muñeca derecha (¡siempre ese afán de originalidad!) ostentando, con la soberbia de costumbre, el reloj nuevo que te regaló Alejandra (a mí me parecía excesivo) para tu último cumpleaños, ¿qué haría? Tal vez podría, haciéndome el boludo, invitarte a cenar y hasta es posible que aceptaras. Ordenaríamos, casi seguramente, el Malbec de siempre y una bien provista tablita de fiambres, tal como solíamos hacerlo en los buenos viejos tiempos. Pero, ¿de qué hablaríamos entonces? ¿Sería posible evitar el tema de aquellos sucesos de abril? No, claro, no sería posible. Y entonces, si habláramos de eso, probablemente no podría dejar de señalarte que fue en ese momento, durante la celebración de tu cumpleaños, cuando las cosas comenzaron a revelarse (aunque lo comprendí después). Hasta allí todo parecía marchar viento en popa, Antonio, viejo lobo de mar, pero ¿y ahora qué?
Los amigos se cotizan en las buenas y en las malas, dijiste esa noche en nuestra querida Sociedad Gardeliana, mientras levantabas la copa de rubio Champagne. Como entre José y yo (me miraste), como entre Leopoldo y Ronaldo, agregaste, cerrando el brindis con grave acento patriótico: "las Malvinas son Argentinas. Viva la patria, carajo". ¿Y qué pasó después de ese diez de abril, después del megadelirio perónico de Galtieri convocando a las masas y de tu virulento ataque de patriotismo, tal vez acentuado por tu pasado de marino? Te diré, y en esto, repasando la historia, puedo ser certero, el Papa se candidateó como salvador pero el General curda, en medio de la curda general, no renunciaba a la gloria, Menéndez, para no ser menos, desafió al Principito (Saint Exupery ni se enteró), a la primera de cambio Astiz se rindió sin pelear, los pibes se morían de hambre y frío en las trincheras, les hundimos un barco y, mientras festejábamos, reapareció Menéndez rindiendo Puerto Argentino (lo del Principito era una joda, ¿viste?). Para colmo, tras cartón, perdimos el Mundial.
Pero todo esto no era nada para mí. ¿Podés creer que casi no lo registraba? Nada para tomar en serio. Sólo los acostumbrados títulos catástrofe de Crónica. Es que lo grave, escuchame bien, lo realmente grave comenzó a partir de esa noche. Fue ese diez de abril, la mismísima noche de tu cumpleaños, hace ya más de dos meses, que Alejandra durmió en mi cama por última vez. Y te digo más, no sé si es tan grave el hecho de que ahora duerma en la tuya sino el modo en que lograste que dejara de dormir en la mía. Ni la guerra de Malvinas, ni el Mundial, ni Maradona expulsado contra los brasucas podían igualarse. Una tragedia griega, otra que Sófocles. Mirá, te juro, Antonio, lo que más bronca me da es haber sido tan gil, cómo me comí el amague de tu amistad.
Recuerdo tu ingreso a la Sociedad Gardeliana pretextando una admiración por el Mudo que, por supuesto, no sentías. Aquel balurdo que inventaste diciendo que tu abuelo, carpintero y guitarrista nacido en el Abasto, había estado a punto de tocar con Gardel si no hubiera sido por aquella sierra que le rebanó el dedo gordo de la mano izquierda. Gracias a eso entró Barbieri, decías. Esa mañana lluviosa de Junio de hace dos años, se cumplía un aniversario más del infausto día de Medellín y estaba toda la hermandad reunida en el laguito del Parque Independencia. Con un cuadro del Mudo que habíamos colgado de una palmera improvisábamos un acto de homenaje y justo cuando el pelado Carrasco estaba a punto de depositar la ofrenda floral me di vuelta y te vi por primera vez. Impecablemente trajeado, el gesto adusto y humildemente apartado del grupo. Así hiciste tu ingreso. Me empaquetaste de lujo, te hiciste mi amigo pero ya tenías la mira puesta en Alejandra. Claro, la tenías bien junada porque eras habitué de aquel Piringundín de Pichincha donde ella se lucía como cancionista de la Típica del Pollo Figueroa. Por eso no quiero salir, Antonio. No sé si quiero encontrarte.
Pero supongamos que ofrezco el pecho al helado atardecer de este día de junio y supongamos que te encuentro a la vuelta de la esquina. Supongamos que haciéndome el boludo te invito a cenar y supongamos que aceptás, que ordenamos el Malbec de siempre y la tablita de fiambres que tanto nos gustaba. Supongamos que hablamos de aquellos sucesos de abril y supongamos también, ya que estamos, que este rencor que me atormenta me empieza a subir de las tripas al corazón. Supongamos que entonces tomo el Tramontina con manguito de madera y remaches dorados, de hoja brillante y aserrada (como la sierra que le cortó el dedo a tu abuelo) y, sin más, te lo clavo en la yugular y de pronto brota tu sangre a borbotones (¿será roja?) y mancha el mantel a cuadros azules y blancos y tu cabeza cae sobre las aceitunas de la picada y las aceitunas ruedan por el piso de granito como bolitas de purrete arrabalero y tu mano derecha, con reloj y todo, se derrumba blanda, inarticulada, como un pedazo de estopa a un costado de la mesa, y entonces… por eso dudo, Antonio, por eso dudo.
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Salís del tiempo para comprar un par de horas para poder ganar. Cruzando el charco de la uniformidad, te crees que hoy podes escapar.
Dale que va todo como vos queres. Dale que sos hoy el vencedor.
Cada vez estas más robusto, seguís soñando como un rugbier? Y duro como una roca te tropezas, sentís que hay solo pigmeos a tu alrededor.
Dale que va todo como vos queres. Dale que sos hoy el vencedor.
Lastima que tu chica ya huyo, ahora tenes que gastar plata para poder gastarla. Me parece que mucho no impresionas pero ponete su cruel maquillaje.
Dale que va todo como vos queres. Dale que sos hoy el vencedor.
Pastillitas, pastillitas te dan vuelta en el coco, con un poco de buen humor la transformas. Te presentaste y desmenuzaste el pan ahora quiero ver donde aterrizas.
Dale que va todo como vos queres. Dale que sos hoy el vencedor.
Sos un fiel pastiche del mundo de hoy, y haces lo posible por soportar. Si te caes no te lastimas, te partís, y a tus pedazos nadie los va a levantar
Dale que va todo como vos queres. Dale que sos hoy el vencedor.
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Cuando aquel pequeño productor vio el círculo de soja quemada de aproximadamente cien metros de diámetro que había dejado la nave de Uror luego de su aterrizaje y despegue, tomó un par de decisiones irrevocables. Así fue que esa tarde, al volver a su casa en el minúsculo pueblo de Nonsanto de Caragivillel , se sentó frente al escritorio de roble que había heredado de su abuelo y escribió dos cartas (en esa época, para los trámites más formales todavía se usaba el correo tradicional). La primera estaba dirigida al señor Coordinador General de Siembra, Sección Vía Láctea y sus Arrabales, del Excelentísimo Gobierno Globalizado del Planeta Tierra, para que, por su intermedio, le fuera remitida al Presidente de la Federación Agraria Intergaláctica del Lado de Acá del Universo, haciendo formal denuncia y protesta por la conducta irresponsable de los nativos de Uror que, como todo el mundo sabe, no reparan en el daño que provocan en su afán de procurarse sus axolots. Los axolots, bien lo saben ahora los historiadores, no eran más que unos repugnantes reptiles verdes que se alimentaban de Glifosato, un herbicida de la época muy utilizado en los cultivos de soja y que ellos, los Urorianos, adoraban adoptar como mascotas. La otra carta estaba dirigida al Presidente del Gobierno de la Parcela V, Sección Pampa Húmeda, del Gobierno Globalizado. En ella, el pequeño productor, intentaba demostrar mediante pruebas de las que había hecho acopio durante años, decía, la culpabilidad de los Urorianos en los últimos incendios. Citaba en su apoyo, aunque en una interpretación a la violeta, justo es reconocerlo, el riguroso tratado del Ingeniero Vidal, La soja transgénica, los axolots y los viajes interestelares -relaciones causa-efecto-. Son los mismos Urorianos, sostenía, quienes, dedicados la caza del carpincho fluorescente, esa especie mutante producto de la última gran conflagración atómica, han desencadenado con sus aterrizajes los últimos incendios en las islas del delta y del pre-delta del río Paranada que afectaron catastróficamente a la ciudad de Aires Viciados. Lo peor de todo, agregaba el pequeño productor revelando sin querer antiguos prejuicios machistas, es que ambas cosas: la búsqueda de axolots y lo cueros de carpincho fluorescente la hacen sólo para satisfacer a sus frígidas hembras que no les conceden sus favores sexuales si sus caprichos no son satisfechos. En la posdata el pequeño productor pedía (o más bien exigía) que le fuera concedido un Crédito Re-Blando para reponer las pérdidas que le había causado la nave Uroriana porque en última instancia, decía, esos aterrizajes no eran más que el resultado de la deficiente política exterior que había llevado adelante el Gobierno. En caso de no concedérsele su justo pedido accionaría, en homenaje a antiguas luchas agrarias, cortando la aero-ruta 9 mediante la utilización de alambres de púas neutrónicos.
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Si hay algo que de verdad me saca de las casillas, es cuando un ejemplar del sexo opuesto “generaliza” acerca de lo que somos las mujeres.
Afortunadamente para ellos, si bien todas tenemos características inherentes a nuestro género, es una falacia eso de que “todas las rubias son tontas, las morochas calentonas, las pelirrojas extrañas, las católicas pacatas y las judías calientes en la cama”. Hay de todo, como en un bazar.
Por eso cuando escucho decir, que a todas las mujeres de clase media nos delira poseer una cartera Louis Vuitton o vestirnos con ropa de Prada o calzar nuestros delicados pies con unos lindos Saverio di Ricci, se me vuela la cabeza y quisiera agarrar una 9mm y callar para siempre al portavoz de tal manifestación.
A muchas de nosotras nos tiene sin cuidado el mundo fashion, la superficialidad de una marca determinada y lo único que buscamos al elegir la ropa, es ponernos algo que nos quede bien, porque es innegable que nos gusta vernos bien. Por algo somos femeninas. Pero de ahí a sentir odio o envidia por aquella que piense diferente, hay un largo trecho.
Es lo mismo que si nosotras pensáramos que a todos los hombres, lo único que les importa es el buen sexo. He conocido tipos a los que esto los tiene sin cuidado y otros para los cuales no existe otra cosa.
Por suerte, en la diversidad está el buen gusto.
Hay mujeres que usan el cerebro con el cual han sido dotadas y lo usan muy bien. De igual modo, algunas con un físico privilegiado, se aprovechan del mismo y lo hacen su forma de vida.
A quién se le ocurriría pensar a una Pradón estudiando medicina. A nadie. Y lo bien que eso está.
Algunas usan las neuronas y otras exacerban la progesterona. Y están las que hacen ambas cosas.
Generalizar es apropiado si lo que buscamos son estadísticas, pero es definitivamente inoportuno al hablar de mujeres.
De igual modo, en una sociedad democrática que se precie de tal, todos y cada uno de los ciudadanos tenemos derecho a la libertad de opinión. Si soy de derecha, del medio o de izquierda por mis convicciones, es problema mío, siempre que con ello no interfiera en los derechos de los demás.
Entonces, resulta detestable que se tilde de “hipócritas” a muchas mujeres que se sienten realizadas, dignas y plenas, aunque no ocupen un sillón de directorio en una empresa.
A veces y para algunas, es suficiente ser mujer. Solo eso.
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Y ahí estás, paladeando, saboreando junto a tu café, cada gota del licor amargo de la melancolía y el rencor. Melancolía resbalando sobre el vidrio empañado de la ventana del bar, sobre el asfalto negro manchado de tormenta, sobre el neón irreverente destellando en la vereda con su desvergüenza verde y amarilla, sobre la boba pantalla indiferente. Rencor elevándose en humo descompuesto de dolor, humo que hace lagrimear, lágrimas quemando las mejillas, mejillas ardientes de impotencia y rabia, rabia tensando los labios, rechinando los dientes con un ruido feroz, ruido como el del bondi que justo frenó en la esquina, como el freno del bondi del que baja ella, ella que cierra el paraguas y que abre la puerta vaivén y que se sienta frente a vos y dice hola ¿ y ahora qué te pasa, Julián? y vos que la mirás, que te quedás mirándola con los ojos chiquititos, chiquitos los ojos como los de un japonés, pero no como los ojos de un japonés cualquiera sino como los de un japonés tanguero, cámara en mano en Corrientes y Esmeralda preguntando por Rivero, un japonés inerme, un japonés des-orientado en occidente, entonces, recién entonces, apagás el pucho en el cenicero de lata propaganda de Cinzano, alzás la frente ya marchita por años de amargura y decepción y recuperando el coraje de varón que Dios te dio la mirás, la mirás desenvainando sin piedad la katana de tus negras pupilas asesinas y decís decapitando las palabras: perdimos dos a cero. La puta que los parió a esos brasucas del carajo.
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Berta L. Temporelli- 31/03/07 A cinco años de la muerte de NORBERTO CAMPOS Irrumpió inesperadamente, como si hubiese salido de una de esas cajas de chascos de las que al abrirse salta un payasito en el extremo de un resorte. Despeinado, con un rompeviento agujereado -como llamábamos a los joggins- que alguna vez fue azul. Se burlaron de su aspecto de polichinela. Su talla era tan menuda que podía transportarse en una valija de esas que compraba en el Ejército de Salvación. Quizá de vez en cuando se introducía en su caja para aparecer luego en un nuevo personaje, crisálida en permanente metamorfosis. Poco tardó en mostrar su talento y quienes se habían mofado de él comenzaron a respetarlo. Se calzó coturnos que elevaron su estatura. Desde ella denunció al imperialismo y la explotación del pueblo. Otras veces, como murguero cantó sus alegrías. Profanó los falsos templos de la cultura almidonada abriendo las puertas a las expresiones populares y escandalizando a señoras pacatas-paquetas. Arrojó tomatazos en la cara de algún periodista-censor-reivindicador de la cursilería de esos años. Como el legendario personaje de Pablo Podestá se hizo un traje blanco de PAYASO, -porque eso era él, un payaso con mayúsculas- y le cosió dibujos de trapo negro. Se montó en una escoba y expresándose en cocoliche delató tan sutilmente como pudo las atrocidades de la última dictadura. Porque su pueblo estaba triste, decidió alegrarlo y se transformó en Mendieta. Él y su troupe de cómicos de la legua, con las caras pintadas de blanco, -como en la historieta- dieron vida a los personajes de “Inodoro Pereira”. Después la representaron otros grupos, pero el Negro Fontanarrosa reconoció que fue aquella la que más le gustó. Amigo, cumpa solidario, agresivo, fue querido, odiado o combatido, pero nunca resultó indiferente. Sus palabras podían ser tan lacerantes como los puñales lorquianos y sin embargo era capaz de sentir y expresar: “ Preparábamos el espectáculo de Navidad y Reyes, recibimos la noticia del nacimiento de César, y se unió la intención artística a la cotidiana, porque siempre pensé que toda criatura que nace es sagrada. Desde la propuesta teatral de Grotosky puso a Próspero y Calibán en las barrancas del Paraná. Caracterizó a Bernarda Alba haciendo vibrar el personaje de Lorca y ¡Otra vez el escándalo! exclamaron los críticos mojigatos. Citó con el mismo respeto a Cachilo, Atahualpa Yupanqui o Bertolt Brecht. Maestro reconocido, prefirió la calle a los claustros para sus clases. Subido a sus zancos, su figura adquirió la altura de un edificio de dignidad irreverente. Desde allá arriba acompañó cuanta protesta creyó justa y desdeñó los halagos de los tilingos que antes lo habían denostado. Histriónico y desenfadado, al igual que Garrick, nos hizo “reír llorando”. Hace unos años, su cuerpo aporreado como el de “Cristobita, pobre muñeco de trapo/ del populachero guiñol de mi barrio” se cansó y fue a guardarse en su caja de chascos. Mientras lo velaban, una actriz acompañada por un pequeño acordeón cantó la misma canción que entonaba en la representación de “Politik Theatre”, dirigida por él. En la calle, sus dos hijas y sus alumnos, vestidos de blanco y montados en zancos, agitaron banderas negras. Desde entonces suele verse una silueta etérea -como escapada de “El rito del zorro” de Kurosawa- encabezando cuanto grupo de actores, cirqueros zancudos o murgueros, recorre las calles de Rosario con sus piruetas y sus trajes de colores. Quizá alguna sala de teatro de esos que funcionan en casas antiguas, ruinosas, amenazadas por el desalojo o la piqueta lleve su nombre.
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Mitad de Una Clase: Prudente Hermandad del Justo Medio que a fin de mes con lo medio justo llegas. Augusta te sientes, a gusto te sientas con la clase que se robó tu otro medio y aunque no es justo, desprecias a los otros, los que ni medio tienen.
Clase a Medias: Engendras bienpensantes cuyas recetas perfectas del pensar aquí el ahora nos ahorran las molestias.
Clase a Tientas, cada tanto, aunque no sientas, hijos distintos te nacen. Cuando díscolos tus retoños se rebelan, reaccionaria te revelas, podríamos decir que te tientas. Eludiendo los llamados de la sangre, aludiendo que las clases son sagradas, poco lamentas, Poco Más que Una Clase, que esa parte de tu carne desangrada, en más, perezca. Juan Pablo Angelone
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El Lunes 7 de Julio a las 20 hs. en la Subsede, subsuelo del Bar La Sede (Entre Ríos y San Lorenzo) Rosario continúa el Ciclo Arte por la Paz. En esta ocasión están invitadas a leer las poetas: Jorgelina PALADINI, Concepción BERTONE, Celia FONTAN y María Paula ALZUGARAY; y están invitados a exponer los artistas plásticos: Marita GUIMPEL y Rubén Echague.
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Querida gente: Si bien prometo enviar el afiche apenas lo tenga, les adelanto que el próximo jueves 10 de julio a partir de las 19 horas, estaremos junto a Fernando Aloras y Silvio Ballan, en el marco del Ciclo de Narradores organizado por la Editorial Ciudad Gótica. Leeremos material propio y dialogaremos con el público. Esto tendrá lugar en el Centro Cultural La Nave. Asociación Bancaria. Calle San Lorenzo 1383. Rosario. La coordinación estará a cargo de Sergio Montanari. Saludos afectuosos de Juan Pablo Angelone
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