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Diciembre del 2007

Devociones Para Ocasiones Emergentes

Por Rosario Escribe - 31 de Diciembre, 2007, 10:47, Categoría: General

¿Quien no echa una mirada al sol cuando atardece?
¿Quien quita sus ojos del cometa cuando estalla?
¿Quien no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?
¿Quien puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de éste mundo?
Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuída,
Como si fuera un promontorio o la casa de uno de tus amigos o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta
Porque me encuentro unido a toda la humanidad;
Por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.
(John Donne)

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Y SANTA “CLOS” LLEGÓ A LA CIUDAD...

Por Berta Temporelli - 25 de Diciembre, 2007, 21:39, Categoría: 8.TALLER EL LIBRO DE ARENA

Preparo los últimos detalles. Mi pesebre tercermundista está hermoso. ¡Ah, falta algo! Lo saco de la caja. Éste también es a apilas. ¿Cómo se armará? Lo intento.
¡Un Papá Noel  Made in China! ¿Y El mundo occidental y cristiano? “Si occidente no era cristiano, ni Cristo era occidental”, dijo un viejo dirigente del Partido Comunista. La globalización. Me imagino al niñito Jesús a pilas, con ojos achinados, moviendo los bracitos y las piernitas al compás de: Jingle bell, jingle bell…
Todos los años alguna película de Hollywood da fe de que él existe, eso si, para los niños buenos, los que viven donde cae nieve en navidad. Nunca Papá Noel se le  aparece a un niño de Irak, de una favela o de una choza en Somalia. 
¡Aleluya hermanos, se mueve! Ya podemos celebrar la Nochebuena. Lo cuelgo a  la entrada, sube la cuerda con su trajecito rojo, cantando el tema de la película “Mi pobre angelito”.
 Llegan mis familiares. ¿Les gusta? Les pregunto.
_Abuela, gastaste $30 en esto?  Mejor me dabas la plata y me compraba un CD de Skap.
_ ¿Y esto qué es?
_Un pesebre.
_Esto es de los años sesenta, abu.
La nueva pareja de mi hijo comenta: “Parece que  te interesa la arqueología urbana”.
Vestido a lo Sinatra Luis Miguel canta desde la tele “y Santa Clos llegó a  la ciudad”, mientras cae la nieve en Nueva York. A mí me caen... no,  lágrimas no, gruesas gotas de transpiración, la pantalla indica 35 grados de sensación térmica.

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LA VÍSPERA

Por Berta leonor Temporelli - 23 de Diciembre, 2007, 16:02, Categoría: 8.TALLER EL LIBRO DE ARENA

Preparan un brindis en la oficina. No soporto ese “clima” de falsa calidez que se genera, tan superficial. Al desearme “felicidades”, se me representa la cara del gordo Casero. Nos Besamos por compromiso, en el aire, sin siquiera rozarnos las mejillas, reflexiono mientras me pregunto impaciente qué pasa hoy con el reloj, que  no corre. 
Recuerdo qué hermosas eran las fiestas navideñas de mi niñez, ese humilde pesebre que mami  armaba todos los años, el niñito Dios….
¿Hoy el tiempo no pasa?  Hace más de treinta años  -hacía mucho que yo había dejado de creer-  nos pareció bien a mi esposo y a mí continuar con la tradición familiar. Compramos  un pesebre de arcilla hecho por las artesanas de Areguá. Aún lo conservo. Es hermoso, tendría que buscarlo…
Tengo ante mí el árbol de navidad, lo arma todos los años la bruja más antigua,  cree que es un derecho adquirido. Le ha agregado con el tiempo cuanto adorno cae en sus manos: los de Coca Cola, los de Taper, la basura china, si hasta debe tener los espejitos que los conquistadores les cambiaban a los indios. Ignora lo que es contaminación visual.
Ya faltan pocos minutos para el horario de salida. Descubrieron en un armario el espantoso florero de plástico plateado con flores doradas de todo por dos pesos que yo había escondido y  lo pusieron en el escritorio. Es lo último que veo antes de cerrar la puerta. Me voy sin saludar, es la hora. Ni se dieron cuenta.
Tengo que hacer algunas compras para la reunión familiar de mañana. Vienen los nietos. Mi hijo me avisó que trae a su nueva pareja. ¿Cuántas van con esta? Ya perdí la cuenta...
Me resisto a ir al centro, debe ser un loquero. Me trepo al colectivo. Pisotones, apretujones. Suenan los ringtones de los celulares, contestan. ¿Cómo pueden escuchar? Bolsas y paquetes, parecería que el pasaje volviese de un saqueo.
Me bajo en el centro comercial de la zona sur. Miro vidrieras, todo funciona a pilas, tiene sonidos, luces. A brillar mi amor, vamos a brillar…    
Allí, en la puerta de un negocio, con su  traje polar está él, soportando estoicamente la temperatura  de las dos de la tarde.¡Jo! ¡Jo! ¡Jo!
Se saca la barba blanca postiza y el gorro  rojo de raso. De dónde lo conozco? Ya recuerdo, es actor de teatro,  lo vi en una obra, se la rebusca de Papá Noel.
Se seca la transpiración con la manga de la chaqueta. Pone los labios en forma de piquito y le tira un beso en el aire al empleado parecido a Brad Pitt que comienza a cerrar  el comercio. Toma un taxi.
Entro corriendo A “Fashion house”. Durante cuarenta años fue el bazar de don Juancito, el careta del hijo le cambió el nombre  cuando murió el padre. El  negocio parece tierra arrasada. Miro los rezagos de la batalla consumista.
Allí está él otra vez, todo un ícono del postmodernismo. Con su barba blanca, un trajecito de terciopelo rojo y una bolsita al hombro trepa  por una cuerda que cuelga del techo. Hasta el año pasado mi nieto lo adoraba. Uno de esos, le digo a la vendedora que tiene cara de no doy mas. Treinta pesos. Ya cierran. Salgo corriendo, tomo un taxi.

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Una opinión...

Por ARMANDO RONDELLI - 22 de Diciembre, 2007, 21:56, Categoría: 5.PALABRISTAS

El cursor titila nerviosamente sobre la pantalla vacía. Espera que el escritor comience, de una vez por todas, a desarrollar el tema de algún desvelo postergado. Ya es hora y por eso escribe estas palabras como prologando, quizás, un relato cataclismico o una poesía dulce y canora. Decide, por el momento, dejar de lado la poesía ya que no se siente capaz de hacerla. La considera un género literario mayor, muy exigente, en dónde no se permiten los términos medios. No puede existir una poesía más o menos buena: la hay malas o bochornosas, por un lado y las geniales, por el otro. En la poética no hay grises.
Sería como compararla con la interpretación de un glorioso preludio en que por el desliz de un violinista distraído, equivocase la nota y el desafino evidente, anacrónico, disonante, hiciera derrumbar la excelsitud de la obra interpretada hacia la turbación o lo grotesco, descontando la voluntad del público en las gradas del teatro, que puede perdonar con un aplauso piadoso. Pero ya no hay vuelta atrás. En la poesía no pasa lo mismo. Resulta peor aún, ya que lo escrito con algún verso anodino y pretencioso perdurará en el papel, con la inmutabilidad de lo definitivo, sin que el autor pueda expresar las disculpas del caso.
Pero por el contrario, cuando la factura de los versos escritos condice con la sensibilidad literaria medida, dotada de la belleza y elegancia exigida, la poesía conmueve y emociona inevitablemente.
La prosa, puede contener fragmentos no tan buenos, con pasajes extraordinarios, finales ambiguos, descripciones mediocres, pero con argumentos atrapantes y entretenidos. Se dice que: “en el cuento corto, no debe sobrar nada y en la novela nada debe faltar”, pero los márgenes que conducen al refinamiento literario en la prosa, suelen ser mas amplios y democráticos … ¿No les parece?
ARMANDO RONDELLI

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SANTIDAD

Por Juan Pablo Angelone - 21 de Diciembre, 2007, 13:19, Categoría: 5.PALABRISTAS

Los santos se prodigan en milagros solidarios,
nublando la visión de los benditos,
multiplicándose entre abanicos de lenguas anudadas.
Los santos se santiguan entre milagros solitarios,
extraviándose en la ambigüedad de celestiales fumatas.

Los santos suelen ser
Inocentes
 y no sienten.

¡No creas en la santidad!

Dios condena el suicidio, pero a diario los santos
renuncian a esta vida, descarriándose en la otra.
Su santidad les transporta en un viaje ultraterreno sobre poblados de Egipto.
Se vuelven como ángeles, y en sus místicos arrebatos de ultratumba,
arrebatan las vidas de los primogénitos.

¡No creas en su santidad!

Los santos suelen no entregarse al supremo goce.
Su existencia es desentenderse del más allá del sur de los cuerpos.
Para ellos, prevalece el suplicio sobre deseos y urgencias.

¿No es pecado reprimir el regocijo?
¿No es pecado reprimir?

Ascetas del crucifijo.
Cruzados del azote.
Congelados arcángeles, los santos anhelan al Santo inmolarse
y en el instante propicio, inmolarnos.

¡No creas en Su Santidad!

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DESDE EL HASTÍO - Reseña

Por Rosario Escribe - 18 de Diciembre, 2007, 19:52, Categoría: 1. CASA DE LA POESÍA

RESEÑA DEL LITORAL DEL LIBRO "DESDE EL HASTÍO" DE VICTORIA LOVELL

Una línea del horizonte a la que aferrarse
El cuerpo central de este poemario (el que casi da título al libro) se introduce con un diálogo entre un amodorrado lector que cabecea, mientras cae a sus pies la "última novedad del sello editorial" (de ser náusea rebelde y no simplemente "cansancio de las
ideítas reputitas/ y de las ideonas reputonas", este lector podría despertarse ante la caída del mentado libro y con una sana costumbre ante todo el hartazgo que supone la lectura de las primeras páginas del 99 % de tales "últimas novedades" debidamente promocionadas, patear el libro, azotarlo contra la pared, y levantarse para volver a patearlo, que ruede por las escaleras, por los derrumbaderos, hasta su propio infierno).
En ese diálogo introductorio hablan el lector adormilado y la voz en off del autor. Uno reprocha la repetición de lo ya dicho, la tautología de una rosa es una rosa de la Stein, y aprovecha la cópula y los espejos abominables del heresiarca del Bioy de
Borges para asociarlos al artefacto de Gutemberg, ese otro mecanismo multiplicador de hombres. La voz en off del autor acepta esa "compulsión repetitiva", aunque insiste en demostrar su existencia, modesta y retirada, pero el autor duda, confiesa su necesidad de visitar la tumba de Kafka para corroborar su existencia, "bien muerto y coleando". ¿Y entonces? Entonces, la libertad del arte, desde luego, ser autor de prólogos, y de Amor vence a Muerte, como Macedonio; o comprender, como Kafka, que el horror no sería el canto de las sirenas sino su silencio, o como Poe, que el horror no es que haya fantasmas sino que no haya nada.
Los poemas que componen este apartado, y por extensión todos los del volumen (escritos "desde" ese hastío, desde el "harto tenso extenso entrenamiento al engusanamiento y al silencio" girondiano) están iluminados por ese manifiesto que comprueba y rechaza a la vez esa lengua "demasiado escabechada" que "repite el gusto", que lleva a "eructar con beneplácito del público", ya que "nada sabe mal entre los desechos".
¿Y entonces?
Patear las promocionadas novedades hasta despertarnos y encontrar "una línea lanzada no importa cómo/ un horizonte al menos/ para cuando amanezca/ entre los pliegues pringosos de los párpados./ Una raya, una imagen lineal donde sostenerse/ una barra de trapecio, una soga...".
Que Rousseau, el Aduanero; Kavafis; Macedonio, sean los luminosos nombres junto a esa línea de horizonte es significativo de la poética que Lovell propone "contra" el hastío de la tautología y de los autores que repiten su estilito como firma: "ser primigenios en este amor". Sólo así tendrán sentido la escritura y la lectura, sólo así habrá un cuerpo que recuerda.
Por Julio Anselmi

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La Merienda

Por DANIEL VALDEZ - 18 de Diciembre, 2007, 13:06, Categoría: MARCE NOMALUMBRE - Taller

Lara se sentó en el banco de madera, dejó la cartera a un lado y la bolsa entre sus piernas. Miró la pared que tenía enfrente. Una pared blanca, bordeada por una débil línea de pasto, protegida por una reja que alguna vez había sido negra y que la herrumbre y las palomas habían transformado en un simulacro de valla.
Se acomodo lo mejor que pudo, observando hacia ambos lados con breves miradas furtivas. Detrás de la reja y empotrada en la pared, estaba la ventana. Una típica ventana de escuela, alta y cuadrada, también enrejada. En cualquier momento vería restallar los vidrios biselados contra el sol de la mañana, cuando la ventana se abriera. Luego, la mano de su hijo asomaría con esfuerzo por el borde inferior y ella se acercaría y le arrojaría la bolsa de la merienda.
No era la primera vez que Lara olvidaba poner la merienda en la mochila de su hijo. Después de la tercera o cuarta ocasión, habían ideado este plan de contingencia. Y esta era la primera vez que lo pondrían en práctica. Por el lado de adentro, la ventana daba a una galería contigua al patio. Era fácil acercarse allí a la hora del recreo y aunque la ventana estaba bastante alta para un niño de quinto grado, Mauro le había asegurado que era capaz de alcanzar el pestillo y abrirla lo suficiente. Lara recordaba objeciones. Hubiera sido mucho mas fácil acercarse a la puerta principal y dejarle el encargo a una de las porteras, pero Mauro le suplico casi llorando que no lo hiciera. No quería por nada del mundo pasar por semejante humillación.
Esa mañana las cosas empezaron a salir mal desde el principio. De alguna manera el despertador se las había ingeniado para morir en plena madrugada. Lara despertó sobresaltada y se dio cuenta al instante que se había quedado dormida. Insulto con un murmullo al mecanismo traidor y salio volando para el baño. Saco a Mauro de la cama, lo ayudo a vestirse, a ponerse el guardapolvo y le dio una chocolatada rápida mientras le calzaba la mochila. La terminó justo cuando el transporte escolar tocaba bocina frente a su puerta. Besó a su hijo y se metió enseguida a la casa. Tenía que desayunar y ya se le estaba haciendo tarde. Con la taza de café con leche en las manos se fue a la mesa del comedor. Y allí arriba, bien acomodada en su bolsa de plástico de supermercado, estaba la merienda de su hijo.
El plan tenía sus complicaciones. Por suerte Lara trabajaba cerca de la escuela. Pero su jefe no era de los mejores. Debía que convencerlo de que la dejara salir un rato y el parecía estar siempre malhumorado y con un enorme NO pintado en los labios. Sin embargo y por suerte para ella, esta mañana estaba mas receptivo que de costumbre. La mentira había funcionado bien (Tengo que pagar la luz porque me la van a cortar, le dijo con la mejor cara de desesperación que pudo poner), pero los nervios la habían traicionado. Salio del trabajo con tiempo de sobra y ahora no le quedaba otra alternativa que esperar sentada en el banco a que se hiciera la hora.
Los minutos se le deslizaban lentos en la muñeca. Los pájaros se enredaban frenéticos en la copa de los árboles y le dejaban caer trozos de corteza y ramitas en el pelo. Había poca gente en la calle. Pudo ver a un niño pequeño caminando a tropezones con un andador, a una mujer mayor siguiéndolo de cerca y a un perro rebuscando en la basura de la esquina. Los autos pasaban rápido y le dejaban un recuerdo de ráfagas del aire aún fresco de la mañana. Un hombre venia caminado hacia ella. Usaba un impermeable gris y un maletín que se balanceaba al ritmo de sus pasos. A Lara le dio la impresión de que el hombre ya la venía mirando desde lejos. Siempre desconfiaba de los hombres. El carnicero, el verdulero, un vendedor cualquiera. Todos educados y amables en exceso a la hora de atenderla. Pero con la lascivia a flor de piel. Todos a la caza de la viuda joven. Todos esperando algo de ella. Todos, irremediablemente convencidos de que la viudas o separadas son putas consagradas. Bajó la vista y volvió a consultar el reloj. Faltaban diez minutos.
El hombre ya estaba sobre ella. Se detuvo a su lado y se sentó en el banco. Puso el maletín sobre sus piernas y saco una carpeta. La abrió. Rebusco entre los papeles y llamo por su celular. Lara tomo la cartera y la atrajo un poco más hacia si. Algo le rozó los dedos. Un ciempiés se colaba en la cartera por el hueco del cierre entreabierto. Aparto la mano con asco. Con la punta de los dedos abrió el cierre del todo. Sacudió un poco la cartera y espió adentro. El bicho no se veía por ninguna parte. Del bolsillo de su blusa saco una birome. Revolvió un poco el interior y volvió a mirar. Cerro de un golpe seco la cremallera y tocó con rabia el costado de cuerina. El hombre hablaba por teléfono sin parar. De vez en cuando parecía echarle miradas distraídas.
Las nueve. La calle estaba casi desierta ahora. Lara miró la ventana y las rejas de enfrente. Una paloma se posó en la reja mugrienta, pivoteó un par de veces y levantó vuelo con un aparatoso batir de alas. Lara se acercó a la ventana justo cuando empezaba a abrirse. No vió la esperada mano de su hijo. Un bulto azul se balanceaba en el borde del alfeizar, casi fuera de la vista. ¡Mauro! Grito esperanzada. ¿Quién? ¿Quién? – le contestaron del otro lado. El bulto de la ventana creció y se transformó en una gorra de Boca. Un escudo lleno de estrellas brillo un instante y volvió a desparecer. ¿Quién es? Dijeron desde el hueco oscuro, con una voz que no era la de un niño. Se quedo callada, sin saber qué hacer.  La ventana se cerró. Los cristales brillaron. El hombre pareció notar su ausencia en el banco. Guardó la carpeta y el teléfono y se puso de pie. Con lentitud comenzó a cruzar la calle y se dirigió hacia ella. Lara apretó fuerte la bolsa entre los dedos. Empezó a caminar hacia la esquina con pasos cada vez más rápidos, buscando la entrada de la escuela. En la puerta, una portera con delantal celeste barría la vereda. Le entregó el paquete y le dio las instrucciones de rigor. Por esta vez, pensó, Mauro se las va a tener que aguantar. Miro por donde había venido. El hombre no se veía por ningún lado. Le agradeció a la portera y se fue para el lado opuesto. En la otra esquina estaba el hombre comprando un diario. Apenas la vio se le acercó. Lara pensó en correr o en darle una patada. El hombre notó su molestia y sin decir mucho le entrego un botón de su blusa. Estaba caído en el banco, le explicó. Y como era de un diseño particular, temió que no consiguiera repuesto. La saludó con un ademán y se fue.
Volvió a consultar su reloj. Había estado afuera una media hora. Salir a pagar una deuda le hubiera llevado mucho más tiempo. Se metió en un bar y pidió un cortado. Por el amplio ventanal, la ciudad se deslizaba incesante.
Pensó en la vergüenza de su hijo y en la inocencia del hombre. En la escuela y en los pájaros. En el nene y su andador. Después suspiró y sin pensarlo, se llevó un sobrecito de azúcar a los labios.
El ciempiés seguía en la cartera.

DANIEL VALDEZ 
dvaldez@arnet.com.ar

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Swingers

Por Eduardo Mancilla. - 15 de Diciembre, 2007, 15:34, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Sonido de timbre de teléfono o riiiing, como más les guste.
La mujer delgada oye el sonido desde el palier. Corre, abre la puerta presurosa, tira las llaves sobre la mesa y, prácticamente se lanza sobre el tubo. Agitada por el esfuerzo, atiende.
-Hola….!-
-¿Sos vos perra arrastrada…!?
-¿Quién habla?- responde sorprendida por la voz desconocida del hombre.
-No te hagas la boludita, sabes muy bien quien habla…!-
-Pe pppero….!-
El marido llega al departamento detrás de ella. Celoso como un perro Rottweiler ciego, presta atención a la charla.
-Te ví, no lo podes negar, te vi salir del telo con el turro ese- recrimino la voz del hombre.
Ella, perturbada, no pudo reconocer la voz, pero si la situación.
-Pero escuchame…, no se quién sos…! Responde mientras mira azorada a su esposo.
-No te hagas la que no me conoces, hipócrita, putita, reventada- bramo la voz del otro lado de la línea.
El marido, bruto como pocos, la empuja y agarra el tubo que su mujer había soltado en su caída al suelo.
-¿Pero quién carajo habla? Pregunta con el seño fruncido y voz autoritaria.
-¿Vos sos el carnudo del marido?, ¿porqué no averiguas con quién se viene revolcando tu mujercita todas las tardes?- ¿eh? Porqué no le decis que te cuente con quién nos esta gorreando la perra ¡Nos mete los cuernos a los dos…, enterate, sorete!
Enceguecido por lo que está escuchando, mira a la mujer que se está incorporando y tapando el micrófono del tubo con la palma de su mano, le dice:
-Hija de puta, con razón llegas todos días a cualquier hora…!- le recrimina fuera de sí.
La mujer pensando que había sido descubierta por algún amigo del marido, se tapa la cara, llora y gesticula exageradamente…! Ahora trata de negar la situación con un movimiento de su cabeza pero sin emitir palabra, entre sollozos.
Mientras el interlocutor anónimo seguía profiriendo insultos y acusando a la mujer de acciones reñidas con la moral y la santa castidad de su matrimonio, el marido toma con su mano libre una efigie de la Venus de ébano que estaba sobre la mesita del teléfono y le aplica un feroz golpe en la cabeza.
Cuando el agresor ve caer pesadamente el cuerpo, nota que se trataba de un golpe mortal, en segundos, la sangre brotaba en una mezcla pegajosa con sus cabellos rubios. Entonces, un hilo sangre comienza a escapar de la comisura de los labios, lo que presagiaba la imagen que tantas veces había visto en películas. Su mujer estaba muerta.
¡ El marido, viéndola inerte, lanzó un grito desgarrador…!
¡Marisaaaaa…!
Cuando el interlocutor escucha el grito, le dice al marido que aún estaba con el tubo en su oreja.
-¿¡Pero como Marisa!? ¿No hablo con la familia Torres? Pregunta atónito.
-¡No idiota, somos los Passinni…! Responde el marido dejando caer su cuerpo arrastrado en la pared del living.
-Ó…, perdón…, número equivocado-
Aclaración:
Los  nombres propios y apellidos nada tienen que ver con la realidad, cualquier coincidencia, verifique su número en la guía telefónica.
 
Eduardo Mancilla.

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Despedida FIN DE AÑO

Por Rosario Escribe - 13 de Diciembre, 2007, 18:00, Categoría: 1. CASA DE LA POESÍA

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alQuímica

Por Rosario Escribe - 11 de Diciembre, 2007, 21:02, Categoría: 4. AGENDA CULTURAL

 

Te invitamos a la presentación de alQuímica, propuesta poético-musical sobre textos de Fabricio Simeoni
con música compuesta e interpretada por Fabián Gallardo.
Con las voces de Darío Grandinetti, Roberto Fontanarrosa, Gustavo Cordera, Silvina Garré,
Quique Pesoa, Carlos Resta, Mónica Alfonso y Daniel Querol.
El jueves 13 de diciembre a las 20 horas, en el Museo Castagnino, Oroño y Pellegrini, Rosario.

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33 Revoluciones.

Por Eduardo Mancilla - 11 de Diciembre, 2007, 17:23, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Los tres habían salido mismo vientre materno. Los tres eran observados con famélica indiferencia. Los tres habían sido atravesados por la misma espada. Los tres chorreaban la misma mansedumbre. Los tres giraban a 33 revoluciones por minuto en el inflamable Spiedo.
 
Las salas del infierno.
Mientras esperan por habitar su eterna morada, oyen sus nombres por los altavoces del purgatorio:
-Profundamente perturbado.., amargamente solitario.., enajenado irrecuperable.., irremediable crueldad.., dictador despiadado..-
Uno a uno ingresaran a la sala de tormentos del infierno denominada “Honestidad Brutal”.
 
Epitafio:
Debajo de ésta eterna loza, yace una gran fortuna.
Remedios Clotilde Fortuna – 1889-1956
Ilusionista en vida. QEPD.
 
Eduardo Mancilla.  Taller literario La Casa de la Poesía. Sra. Celia Fontán.

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El concierto

Por Eduardo Mancilla - 10 de Diciembre, 2007, 12:46, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

Mi coche se detuvo en la desierta avenida de la mano del paredón. Era invierno, lloviznaba y la madrugada me había sorprendido muy a mi pesar. Por un momento pensé en pedir un taxi, pero el extraño movimiento que provocaba el viento sobre los álamos en principio me distrajo y luego me atrapó. Me esforcé en descifrar el sonido que producía ese efecto, oí lo que supuse eran melodías de Brahms. Schumann tal vez… Lo que sea, estaba fascinado por la música, no me importó mojarme, ahí estuve por largo rato disfrutando el concierto recostado sobre mi coche y fumando cada tanto.
Flautas traversas, violines y chelos, atravesando la humedad tan Rosarina, enriquecían la sinfonía con una actividad coral de tono melancólico pero hermosa al fin.
El viento cesó y escuché el inconfundible aplauso del público premiando el excelso concierto. Cuando amaneció pude leer el cartel que la cerrada noche no me permitía, Cementerio “La Piedad”.

 Eduardo Mancilla.

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ECO-LÓGICA

Por Juan Pablo Angelone - 8 de Diciembre, 2007, 13:01, Categoría: 5.PALABRISTAS

El lógico eco de una india vieja es la savia que se estrella entre los montes.
Bajo las sabias estrellas, el monte es muralla.
Sobrevive, medio ambiente.
Su otra mitad murió de cáncer.
Pero la india vieja no calla.

Hombre civilizado que explotas ríos y mares.
Acaudalado Prometeo que robas a los bosques el secreto del fuego;
que arrasas con el aire, con las bestias;
que haces de otros hombres, ecos de robles talados;
que haces de otras mujeres, vetas de minas desérticas.

Azules y verdes respiran de negro, expiran.
Cenizas de selva esparcidas entre hogueras monetarias.
Cuando la Madreselva explote, será el potentado arrasado por las bestias.
Caerán los hombres en cuenta.
Caerán sus cuentas bancarias.

Celebrarán las bestias, los montes, los mares, los ríos, las savias,
las minas, los bosques, el aire, el fuego,
las indias viejas.

Sobre cancerígenas, cancerberas cenizas muertas,
Será el medio ambiente,
ambiente entero.

Juan Pablo Angelone (Rosario; 1967)

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descripción furtiva

Por seldonito - 7 de Diciembre, 2007, 19:23, Categoría: MARCE NOMALUMBRE - Taller

            Estoy rastreando algún recuerdo, una anécdota que te dispare en mí. Aunque sea leve la resonancia metafísica de tu presencia, sigo cazando.

            Busco frente a nuestras fotos, canciones, bebidas y almohadas. Pregunto frente al espejo del ascensor, aquel que en medio minuto revela lo viejo, cansado, solo, aburrido y olvidado que estás.

            Puta, me miro y no te encuentro. Es como si no hubiera quedado ni tu ausencia, como si no hubiera sido, como si me hubieran formateado. Como si nada, el pasado ya no es ni recuerdo.

            En la nuca encuentro un par ojos. Son negros pero no tuyos: no me miran, no ven, no brillan en la oscuridad, no insultan a los gritos, no sonríen al pasar, no miran de reojo, no son moralistas, no me incitan ni me excitan;  sobre todo, aunque cuelguen de mi nuca, no me siguen donde voy.

            Impotencia es no poder inducir ni deducir, ser incapaz de revertir implosiones involuntarias. En mi todo no hay partes tuyas… ¿donde estarás?

            Estoy tratando de escribirte y no te encuentro.

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Proverbios

Por GONZALO RUZAFA - 5 de Diciembre, 2007, 22:46, Categoría: MARCE NOMALUMBRE - Taller

“Teme hoy.Teme siempre.”
  Proverbio Árabe

De tanto en tanto recordamos con tristeza el día en que se prohibieron los proverbios. Laura apareció de súbito en la esquina del club con cara de espanto, pálida, aturdida. Y pasó que mientras salíamos de a uno no pudimos más que dejarnos caer en las hamacas de la plaza, atónitos por la noticia. “Seguro escuchaste mal Laura”, dije, “como si fueran a hacer semejante atrocidad, como si fueran a prohibir los proverbios.” Pero algo le flotaba en la mirada, algo que me inclinaba con firmeza a creer sin dudar en lo que anunciaba. Entonces fuimos derecho para lo del intendente y debajo del balcón cargado de plantas esperamos. Algunos gritos de Carlos bastaron y vimos al fin  salir a Vidal atravesando la persiana, sus ojos entrecerrados a causa del incansable sol de aquel domingo, su rostro severo revelando una cruda preocupación. “¿Es que acaso están todos locos? Cada uno a su casa muchachos, y que no se hable más del tema, ¿o quieren que la pasemos mal en serio? Esto no es joda gente, el asunto es delicado...”
Volvimos a la plaza confundidos.  De repente el ambiente se había puesto tenso y ya nadie hablaba más que en susurros. Sólo Carlos animaba una mueca burlona: “Son unos giles”, decía, “Se creen esas boludeces. Son unos giles”. En realidad hasta ese momento estábamos  abrumados por la noticia. Por la cara de Laura, por las plantas colgando del balcón de Vidal; entonces la acusación fue más bien una bofetada, una suerte de despertar. Nos hizo pensar que verdaderamente éramos unos giles. No porque Carlos fuera un tipo sensato, menos aún inteligente; sino porque esta vez tenía lógica lo que decía ¿Cómo podían prohibirnos los proverbios? ¿Cómo podían? ¿Prohibirlos? ¿Con qué sentido?
 Lo habían hecho sin embargo, habían prohibido los proverbios. Yo miraba las caras de los muchachos, las escrutaba de a una. Nadie lo confesaba pero se podía sentir en la humedad del aire, en la sombra que proyectaba cada torso que algo había cambiado. Las conversaciones se volvieron torpes y algunos alegaron compromisos para escapar de esa intranquilidad que se respiraba. La plaza se despobló silenciosamente y al fin quedamos sólo Carlos, Laura y yo. Él repetía que el asunto entero era una farsa y se propuso hacer una prueba, a pesar del constante desaliento de Laura, a pesar de las fugaces palabras de Vidal insistía en hacer el ensayo.
“No por mucho madrugar…” comenzó a decir; lo hizo lentamente, como saboreando en cada palabra una parte de la humillación que implicaba para mí y para Laura, su notable audacia. No tuvo, a pesar de todo, la suerte de terminar la frase; es que el sonido nítido de la sirena lo obligó  a parar en seco, a girar con un espasmo su cabeza hacia la avenida principal del pueblo, vacía por completo desde hacía ya un buen rato. El eco se hizo lejano, se percibió más y más difuso hasta que al fin desapareció. “Fue casualidad”, murmuré, “además pareció mas bien el ruido de una ambulancia…” Pero Laura ya no me prestaba atención, se la veía casi tan contrariada como a Carlos y ambos mantenían la mirada estática, fija en la avenida. “Me voy a casa” anunció de repente, y partió entonces rauda por la cortada a un lado del almacén. Pudimos oír inconfundibles sus pasos resonando a través de las calles desiertas, el golpe seco de la puerta al cerrarse con violencia. No recuerdo si fui yo el que propuso que hiciéramos lo mismo, quizás haya sido idea de Carlos; lo concreto es que ambos sentíamos nuestros pechos oprimirse, adivinábamos sombras deambulando impunes por detrás de cada árbol, merodeando entre la simetría de los arbustos; de modo que inevitablemente nos marchamos.
Durante la rápida caminata de regreso imaginé que ya nada volvería a ser igual, que ese tácito consentimiento en el que se había dejado caer el pueblo se haría más y más profundo, de modo que en ese pozo formado por la duda y la incertidumbre acabaríamos por vivir todos y para siempre. Quizás haya sido esa la causa por la que no trajeron mayor revuelo las prohibiciones que vinieron después. Personalmente no lamenté demasiado abandonar definitivamente los acertijos, tampoco los silogismos. Menos aún me afectó que vedaran terminantemente los trabalenguas (como lo hicieron dos meses más tarde). Lo que me afligía ligeramente era que también los versos fueran ya, cosa del pasado. Solían venir a mí algunos particularmente bellos mientras escuchaba la voz pausada de Laura… Mas penosamente, antes de lograr dibujarlos en el papel yo sentía algo moverse furtivo en lo profundo mi ser. Algo que sin aviso atacaba mi pasajes con violencia; rasgando, hiriendo, dejando de ellos tan sólo tristes jirones. De modo que cada ocasión que tenía para estar a solas con Laura se veía oscurecido por el recuerdo de aquellos versos; versos que hubiesen sido tan oportunos por esos momentos pero que ahora descansaban inertes, deshechos, torcidos. Mutilados por el miedo.

GONZALO  RUZAFA

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Relato de JORGELINA OPPIDO

Por JORGELINA OPPIDO - 5 de Diciembre, 2007, 22:40, Categoría: MARCE NOMALUMBRE - Taller

Terminó sus actividades y como suele hacer cuando está apurada, llega a la esquina mirando el reloj.  Espera, hasta poder hacer seña al taxi y recibir la contestación con juego de luces.
Sube al coche muy en su mundo, organizando sus tareas, dejándose llevar… hasta que un día, sin saber porqué, levanta su mirada tratando de ubicarse, saber dónde está, porqué, cómo y entonces se encuentra con la mirada del taxista y ahí, inmóvil en el asiento trasero, empieza a sentirse prisionera de un desconocido.

Una a veces se siente armada. No precisamente para atravesar una batalla sino para andar por la ciudad. Cree sentirse segura, predispuesta y hasta agraciada. Pero los contratiempos no se presentan de un solo frente y es en ese segundo donde se rompe el contrafuerte del taco aguja y quedás renga, desvalida, insegura. Y surgen esas ganas irrefrenables de correr, cuando nunca estuvo previsto el apuro. Se busca desesperadamente un refugio, cuando no se necesitaban trincheras. Donde una abre los ojos, da incesantes giros para reconocer su ubicación. Y en ese momento se ve sola, en un lugar poco deseado, desconocido, con gente alrededor que no  alcanzás a distinguir si están uniformados o camuflados para escabullirse en el campo minado… No se logra descifrar si son buenos o qué… Muchos parecen extras de una película mala. Es ahí cuando tengo la certeza de que estoy sola, justo a la hora en que debería estar acompañada…

JORGELINA  OPPIDO
jorgi03@hotmail.com

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