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El lector - PARTE 4

Por Celia Fontán - 28 de Noviembre, 2007, 16:55, Categoría: Narrativa - Casa de la Poesía

La increíble inmensidad de lo escrito
Acabo de leer un cuento. Cierro el libro y visualizo las primeras líneas, donde Felisberto Hernández cuenta la historia de "un literato que no tenía asunto", que no tuvo asunto desde el 24 de agosto por la tarde hasta el 11 de octubre. Dadas las circunstan¬cias, no puedo hacer otra cosa que relacionarlo con mi urgente necesidad de escribir un texto; tampoco yo tengo asunto o, mejor dicho, asunto tengo pero no encuentro cómo llenarlo. ¿Tal vez con un drama de guerra, con la historia de un amor traicionado o el relato de una venganza? El literato de Felisberto decide por fin "si quiero asunto tengo que meterme en la vida" y sale a la calle para hallar alguno. Yo vengo intentando sin éxito imitarlo, o sea, meterme en la vida, pero mi mente permanece ociosa e insiste en que los temas universales: el amor, la vida y la muerte, han sido ya magistralmente abordados, desde las conmovedoras pequeñas memorias de la infancia de Saramago al cautivo de Borges, desde el desaforado dictador inmortal de Roa Bastos hasta el espanto y el misterio de los cuentos de Poe. Hoy ya no podré escribir ninguna historia, pero en cambio siento la compulsión de leer y me invade la certeza insalvable de que la vida no me alcanzará para abarcar la increíble inmensidad de tantas historias guardadas en los libros.
Por lo tanto, porque sigo sin resolver lo de mi asunto y ante la imposibilidad de escribir mi texto, me voy a casa para terminar de leer un libro fascinante que comencé anoche. Disculpen y gracias.
Nelly Galasso 

Tomates y hongos
Comenzaba a rehogar una cebolla en aceite de oliva cuando sonó el teléfono. Como estaba solo en casa, no tuve  más remedio que atender.
- Hola ¿usted es Pancho Carranza? – dijo una voz rara.
- Sí, ¿quién habla?
- Eso no importa, lo que importa es que si querés ver a tu hijo con vida sigas atenti  las indicaciones que te voy a dar.
Puta, se me va a quemar el aceite, pensé.
- ¿No podría llamar en un ratito, por favor?
- ¿Me estás jodiendo? Te lo mato al pibe, no te hagas el boludo.
- Es que en este preciso momento no lo puedo atender.
Corté el teléfono. Estos tipos suelen ponerse pesados y descolgué para que no me molestara por un rato y corrí a la cocina. Por suerte no se había quemado nada. Agregué una hoja de laurel, un poco de pimentón dulce y una pizca de ají molido. Luego agregué dos latas de tomate cubeteado y recordé que había quedado en llamar por teléfono a mi amigo Charlie, el  invitado al almuerzo que estaba preparando, para confirmar la hora del encuentro..
- ¿Venís?- le dije cuando atendió.
- Menos mal que me hablaste, la verdad es que me había olvidado. En un rato estoy en tu casa – y me preguntó - ¿Qué vas a cocinar?
- Tallarines con una salsa de tomates y hongos.
- Llevo un vinito Malbec y helado de menta – concluyó.
Colgué olvidándome del molesto secuestrador. De inmediato sonó el teléfono.
- ¿Te volviste loco? Tengo tu hijo, escuchalo así ves que no es verso – gritó no bien atendí.
- Bueno, dale, pero rápido – contesté impaciente,  temiendo que los tomates se secaran.
- ¡Papá, me tienen estos tipos, hacé algo, por favor! – dijo la voz inconfundible de Nicolás
- Mi querido, lo que pasa es que estoy cocinando y viene Charlie a almorzar –le  expliqué.
- Pero viejo, estos están reembroncados, dicen que vos los estás jodiendo y que me van a cortar un dedo por cada hora que pase – dijo  llorando.
- Ponémelos al teléfono – dije imperiosamente.
- Hola, tarado, escuchá, queremos ciento cincuenta mil pesos. Juntálos y te llamamos en un rato para darte más instrucciones – y el delincuente cortó.
Volví a la olla, los tomates estaban bien. Les eché sal y pimienta. También azúcar y un caldito  de gallina. Pensaba en cómo determinaba las cantidades  de sal, azúcar, especias  y cualquier otro agregado y  llegué  a la conclusión de que nunca usaba medidas. Sin embargo, las comidas preparadas por mi salían muy ricas. No es que lo dijera yo, todos mis amigos y parientes alababan el sabor exquisito de  mis platos. Nunca había reflexionado sobre cuál era el método que empleaba, pero era indudable que  algún sistema utilizaba. Enseguida concluí  que, en efecto, ponía en práctica uno: podía casi percibir con la imaginación, con mucha  precisión, como iba cambiando el gusto de las preparaciones  en curso a medida que le echaba los diversas ingredientes, calculando la cantidad de porciones y multiplicando por ellas cada porción individual, en esa degustación en la fantasía. Es decir, si cocino para seis, le pongo la sal que me gustaría para mi parte y la multiplico por seis. Esto lo hago automáticamente, casi sin pensar. Y que yo sepa nunca o muy rara vez me he equivocado.
En esas cavilaciones estaba cuando sonó otra vez el teléfono.
- En una hora poné en el container que está en Pellegrini y 1° de Mayo la guita en una bolsa de supermercado en la que tenés que dibujar una cruz con un marcador negro en los dos lados de la bolsa. Ni se te ocurra avisar a la policía – y agregó riéndose – uno de los canas nos pasa el aviso que avisaste. Si no está la mosca te mandamos un dedo de tu hijito.
- Imposible, mandame el dedo nomás. Hoy es domingo y los bancos están cerrados. En el cajero no tengo disponible semejante cantidad. Y además, ya te dije, estoy cocinando y no me puedo ocupar porque se me quema la comida – y corté.
La salsa ya estaba en ebullición de modo que le bajé el fuego. Previsor, como debe ser todo aquel que aspire a cocinar bien, tenía desde hace no menos de dos horas una buena cantidad de hongos secos remojados en vino tinto. Alrededor de esto siempre hay discusiones: Están quienes aseguran que a los hongos secos (en general son de pino aunque también los hay de coco) hay que ponerlos en agua tibia y no en vino, porque éste les altera el gusto. También están los que se deciden por el vino blanco. Yo siempre opto por el tinto en las salsas rojas, como lo hacía mi padre, y por el blanco si voy a hacer una salsa con crema de leche. Y siempre me dio buen resultado. Por otra parte, no sé cual sería la diferencia, en el caso de remojarlos con agua, ya que de todos modos le agregaría vino tinto a una salsa de tomates como era la que estaba cocinando.
En la olla grande el agua con sal ya había roto el hervor, de modo que metí los tallarines.
Llamaron desde la puerta de calle y entraron mi mujer y Charlie. Mi mujer traía pan fresco.
Agregué un poco, tan solo un poco de orégano en la salsa. Y ordené:
- Pongan la mesa nomás, pero no pongan plato para Nico porque no va a venir a almorzar.
Nicanor de Elía

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