Miguel evocaba vívidamente el siguiente sueño, cuyo escenario recordaría más tarde:
“Él se encontraba en la galería de aquella casona de provincia, tendido sobre las baldosas de granito bruñidas por el lampazo y el kerosén, cuya guarda oscura y perimetral, le servía de carretera para los autitos de juguete... Algunas sombras humanas, fugaces, inasibles, se movían en el fondo, pero que llegaban como seres amables y familiares... hasta alcanzó a percibir el olor a sopa o al puchero, por lo tanto dedujo que era un mediodía de invierno... Luego, un alboroto en el gallinero, la salamandra negra de hierro fundido resoplando en la galería. También el sol y el frío combinándose como una gloriosa ofrenda. Miguel se arrastraba en el piso con los pantalones cortos, para examinar muy de cerca las rueditas de su minúsculo automóvil azul, con el que estaba jugando y que parecía de verdad. El piso de granito se encontraba muy frío...”
Miguel abrió los ojos y escudriñó el reloj despertador: faltaba poco más de un minuto para levantarse. Se dio vuelta y vio a su mujer dormida serenamente. Quiso reencontrarse con rapidez en su reciente y apacible ensoñación -no quería perderla-. Si bien lo había conseguido, no pudo hacerlo nítidamente; las emociones no eran las mismas...le resultaba un sueño ficticio, como una caricatura, construido con retazos de recuerdos sin vibración, ni sensaciones... El autito no era azul. Resultaba gris o desteñido en ese esfuerzo de sentir, por otro instante, el encanto de convertirse nuevamente en un niño...
¡Cuántas imágenes y efectos, pueden concentrarse en esas fulguraciones del tiempo!. Podrían tratarse de pesadillas, pero en la oportunidad, Miguel tuvo un sueño que arribó a su conciencia aun vaga e imprecisa , como una evocación gentil y serena, en franco contraste con la actividad que le aguardaba en el trabajo, pleno de exigencias agobiantes y a veces demoledoras.
Creyó oportuno entonces, programar la tarea del día, ya que si lo hacía, era probable que las cosas en el trabajo salieran bien... tendría que recibir, antes que nada, la buenaventuranza de Dios. No estaba persuadido si rezaría por superstición o por convicción religiosa, así que oró, por las dudas y con el pensamiento... Entre tanto, el tic-tac del reloj palpitaba amenazante, como un cartucho que estallaría al concluir ese fatídico minuto, en el último momento...
Una modorra ligera lo invadió como un íntimo deseo, hasta que volvió a dormirse y a soñar:
Se vio caminando por la peatonal rumbo a la oficina: una niña rubia sentada en un banquito hacía sonar su bandoneón desafinadamente. La gente la rodeaba con gestos de conmiseración y le daba monedas. Tenía unas trenzas rubias que se balanceaban detrás de sus orejitas.¡Y unos ojazos tan azules..!. un cartel apuntaba que era de origen rumana. ¿Qué haría allí, tan lejos de su tierra?. El padre la controlaba a cierta distancia, sentado en la vereda. Miguel sintió pena, pero siguió su camino...
En la esquina, mientras el semáforo permanecía en rojo, un niño Toba hacía maravillas ensortijando tres naranjas verdes por el aire. Nadie le daba monedas. Miguel sintió más pena por él que por la niña rubia, quizá porque se trataba de un chico nuestro, ciertamente olvidado, despreciado... Se vio tentado de darle un beso, más que dinero...
Por entre las cortinas de la habitación del departamento, un rayo de luz se filtró tímidamente, iluminándola con una penumbra vacilante. El hombre abrió los ojos cuando la pierna desnuda de su mujer dormida, se apoyó cálidamente entre las suyas. Se turbó, apenas. Continuó dormitando...
Dentro de un momento se daría una ducha, se lavaría los dientes, una buena afeitada...en fin, la higiene rutinaria, pero también para cumplir con rituales obligados, enseñados y aprendidos con obsesión...
Se dio vuelta en la cama, buscando con el pie, algún rincón fresco entre las sábanas, mientras pensaba cómo daría inicio con los trámites financieros. Primero hablaría con Gutiérrez del Banco Nación y luego debería ir al de La Provincia para solicitar un resumen...o al revés, primeramente al de La Provincia...en fin...
Entreabrió los ojos y vio el traje gris colgado junto a la camisa blanca. Faltaba la corbata, pero cualquiera podría combinar. También vio el sobretodo negro, que como un espectro decapitado colgaba de una percha en la puerta, fuera del placard. ¿Haría mucho frío en la calle?. Se preguntó.
Un deseo repentino de orinar lo incomodó mientras su mujer se levantaba para ir al baño, casualmente. Él permaneció con los ojos cerrados escuchando el chorrito familiar a través de la puerta entreabierta del baño. Contuvo sus ganas, cuando se percató que una erección espléndida, pero sin apetito, abultaba como un asta enhiesta el pijama, entre sus piernas.
Ya su esposa había regresado a la cama dejando la luz del baño encendida. Miguel pensó que el sueño profundo de ella – o el sonambulismo- era envidiable, pero lamentó que no fuera contagioso, como la gripe. Él deseaba continuar durmiendo, hasta el mediodía, si eso pudiera ser posible...
Presintió que llovía...¿o era el viento?... De cualquier manera el paraguas estaba en el paragüero de la entrada, a mano. Aun adormilado, controló que los adminículos necesarios estuvieran todos juntos sobre la mesita de luz: la billetera, el teléfono móvil, los anteojos...y una carta para llevar al Correo, al que iría luego de cumplir con los trámites bancarios.
Hasta que de repente, siendo las seis en punto de la mañana, ¡como el disparo de un arma de fuego a repetición!, el sonido insolente del despertador, ametralló el oído de Miguel, quien sobresaltado manoteó la mesita de luz hasta dar con aquel artefacto diabólico al que sofocó, por fin, con una bofetada torpe. El silencio volvió a instalarse de manera inquietante, porque ni siquiera el murmullo de la calle logró percibirlo con claridad.
Salió de la cama todavía aturdido y se dirigió al baño además, para cumplir con el ritual del aseo. El silencio de la mañana era sugestivo, incluso ahora, lo distinguía con certeza. El tumulto del tráfico resaltaba como ausente y desde el balcón de su departamento, comprobó que la calle se encontraba, insólitamente vacía...
Demoró un buen rato para que Miguel se percatara de que ese lunes, 1º de mayo, feriado nacional, amanecía para él, como una burla absurda e imperdonable.
ARMANDO RONDELLI