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Compañeros Poetas, músicos, y oyentes! quiero informarles que este lunes 6 de Junio se suspenden las lecturas del ciclo, por motivos de sanidad social, hablando con ustedes la mayoría me sugirió no realizarlas. Veremos que pasa la samana del 13, pero de todas maneras, nos mantenemos en contacto. Por ahora nos veremos, tal vez, el 13, con una mesa larga e interesante! Les mando un abrazo. Alejandra Mendez
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Entonces vi caer la lluvia violenta, como grandes hilachas de sábana líquida. Caía sobre el campo mudo, con una violencia desmedida y corría desde la canaleta del techo con un chorro interminable y potente sobre el patio de ladrillos brillantes. El ruido sobre la galería de chapas era ensordecedor, pero grato. Nunca supe qué insondables misterios nos mueven –algo oscuro, arcaico- cuando en esa soledad sentimos lo que debió el primer hombre que la observó atónito, atemorizado desde la boca de la caverna. Los anillos caían hasta juntarse en el jardín llevándose las hojas secas, las pequeñas hierbas, los pétalos caídos del rosal que la madre cuidaba. Los teros, guarecidos bajo el ceibo troncoso, espinudo, hacían coraza con sus plumas acostumbradas desde siempre a la intemperie. Las gallinas -pensé- buscarán refugio arracimándose bajo esas tres coposas plantas de granada, viendo pasar indiferentes un brilloso ejército de sapos, únicos seres contentos con este diluvio. Lo bueno vendría al escampe, cuando reunidos sin previa cita en la esquina de esa cortada rica en gramillas, estrenaríamos los extraños barcos que fabricábamos con restos de maderas, corchos o cualquier otra materia flotante. La lluvia sin embargo nos ponía contentos. Andar descalzos entre el barro que prometía porrazos a cada tranco no omitía las carreras al costado del hondo zanjón donde las improvisadas embarcaciones competían tratando de llegar a la otra esquina donde se juntaban varios desaguaderos hacia el canal y los campos. Ganar una competencia no dependía tanto de la habilidad para armar un objeto más o menos flotante solamente, sino de otras muchas razones, como ser el azar de la corriente o una mata imprevista o inoportuna de gramilla que la fatalidad pusiera en el camino (ese camino de agua transitoriamente tumultuosa). Quitar el barquichuelo, posarlo nuevamente en el centro del cauce era perder el tiempo y puntaje, porque se consideraba una trampa elegir el centro rápido de la corriente para ganar el tiempo perdido. De todos modos la ansiedad nos ponía incansables y era cosa de volver a empezar luego de la primera carrera, volviendo al punto de partida, esa curva donde el agua venía con una fuerza considerable. Muy pocas veces parábamos y era para saltar el cerco de tejido y espinas de la quinta de don Clemente Gerlo y hurtarle alguna fruta para la merienda. Ninguna otra fruta tuvo en la vida el sabor inigualable de aquéllas que le sacábamos al pobre italiano que vivía de esa magra venta por las calles indiferentes del pueblo. ¿Qué sadismo especial, qué inoportuna travesura nos hacía robarle frutas a ese pobre hombre que vivía con su mujer –doña Marianna- en esa humilde casa hecha de sombras y sombras de recuerdos y de olvidos de una península cada vez más lejana?. No lo sé. Tal vez –lo digo para defender a aquellos niños de entonces- la propia inocencia nos hacía tan crueles. Cuánta maldad inocente cometimos en esas vandálicas incursiones, que a veces –muy pocas- se organizaban de forma más “científica”. Y era, entrando de a uno para llenar los bolsillos y repartir luego equitativamente. O más bien diremos, casi equitativamente, porque se sabe que el riesgo es como una victoria que no da derechos pero sí prebendas. Bueno, eso creo yo, porque además nosotros aún no habíamos leído La guerra de las Galias. Esa actitud, o mejor esa actividad de pequeños depredadores nos ponía siempre en desventaja con respecto a las acciones futuras, ya que una infidencia a los padres nos valdría una paliza. ¡Y qué palizas pegaban los padres de entonces!. De todos modos la tentación era grande y lo peor es que esas mismas frutas estaban en nuestras casas, pero como el lector sabe, no tenían el mismo sabor que las que le hurtábamos al pobre don Clemente. Esas brevas goteando su miel delicada, dulce y ambarina. Esas naranjas con su jugo para la extenuación de los juegos, esas tunas tan ricas y pulposas, los melones que sonaban contra el suelo y una vez partido era el elixir amarillo seccionando en dos las siestas caniculares de diciembre. Y en invierno era la delatadora mandarina, sus cáscaras que tirábamos en el hueco musgoso de las alcantarillas que no guardaban el grillo cantor de la noche. Pero los días de lluvia tenían un encanto muy particular, porque tal vez vendrían mis primas con una fuente repleta de empanadas que hacía tía Ita, tan buena. O mi madre reinando entre hojaldres y azúcares nos pondría pronto en la cima más extática del mundo: en la perfección y la armonía que ya perdimos para siempre: esos pastelitos de dulces membrillescos, con su poca o su abundosa azúcar impalpable caída como nievecilla preciada. En el ámbito de la pequeña y humosa cocina donde la Istilart Nº 1 consumía sus marlos blanquísimos o su leño seco de acacia y déle crepitar aventando los malos humores que podrían sobrevolar en esas tardes de reunión holgazana en la humilde vivienda de mi más humilde familia. Convoco hoy ese espacio -único, impoluto, irrepetible- tal vez para parapetarme del caos del tiempo, de la corrosión de los años y para que este recuerdo sea una moneda brillante entre el barro que nos tapa las paredes del alma.
Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar
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Cuando las cosas se llamaban de un solo modo, es decir, cuando el verano era el verano y el Otoño era Otoño, las cosas tenían sentido. Las cosas eran compactas como ese mundo que nada tenía de evanescente y los mayores actuaban con una lógica de hierro, porque la dignidad no se negociaba y la pobreza era digna, el mundo elemental era seguro porque así había sido a través de los tiempos. De las cosas que no se discutían en primer término estaba el lugar de los niños. Debían sostener su posición fantasmática, su posición de cero a la izquierda frente a un mundo adulto que parecía tabicado para todo aquel que no se alzara demasiado del suelo. El mundo adulto del trabajo frente al del niño que no exponía su cuerpo el los avatares adultos, salvo que la familia más que numerosa lo exigiera y allí sí, todos participaban de las tareas rurales. En mi caso, al no tener hermanos todavía, digamos que lo pasaba mejor que otros amigos de mi edad. Si no era la escuela o los mandados todo podía resolverse en placenteros juegos y libertad que terminaba en las últimas quintas que festoneaban las últimas calles del pueblo. Cuando pienso en aquel tiempo, lo pienso como si una gran fotografía en sepia se pusiera en movimiento. Como si la moviola del tiempo arrancara entre goznes, y nos pusiera dando vueltas en el arcón sentimental de los días. Donde supura el aire están las cosas que no podemos dejar de olvidar, lo que no queremos que se caiga en el azufre de los tiempos, allí en ese pozo a la deriva donde refulgen los odios y se retuercen los vendavales recurrentes, donde un sopor insiste dando tumbos por el aire enconado de junio. En el aire sí que supuran enconados dulzores que secundan otros misterios. Cuando las cosas tenían unidad y dulce magia, rubricando albores que susurran los recuerdos y dan colores en el denso temblor de la noche. Sin rubores y sin restos, cuando roncaba la luna que el histórico temblor desistía como un estigma helado en el aire, sin saber que alguna noche fungía un amor pasajero. Dentro del aire que no suponía certezas, dentro de la luna que enarcaba su ceja octubreña, frente al dominio que no “iba a diamante” con su “luna en los pies de pato”, en los últimos años en que formaba el temblor del perdido sobre el anca de Dios. Dulzura enseñoreaban fervores dados vuelta, como una nube que erguía esplendor en la noche, asistía un plenilunio de amor. ¡Qué recoletos, qué reprimidos vivían los novios de entonces!. Los horarios, los días con esos horarios que plantaban la formalidad y la costumbre, la familia, las hermanas y las tías, las visitas del novio al prostíbulo clandestino que llamaban “casa de tolerancia”, la de doña Chola Olave, las posibles enfermedades venéreas que no se nombraban en público. Un mundo cerrado a los niños, a las mujeres y apenas entreabierto a los hombre que gozaban del raro privilegio de la soledad mitigado por el truco tedioso de las tardes moribundas que apenas matizaban de vez en cuando el duro trabajo de entonces. El pueblo era ese escarabajo soñoliento en medio de las eras rubionas, las heladas impiadosas que mataban y quemaban los montes frutales, la paciencia de monje frente a los temporales de agosto. Lluvia y barro. Barro y lluvia y mate y ginebra y música donde había una guitarra o un acordeón a piano. Lo único recordable es el Otoño, cuando el atardecer exigía su abrigo y caminar bajo la hilera de casuarinas oscuras, con sus hojas como pequeños pecesitos dorados, era un poco menos voluptuoso que hacerlo bajo los altos plátanos añosos que dejaban el suelo crujiente de hojas con sus nervaduras muertas. El Otoño en ese tiempo remoto era la estación que uno añoraba y cuyo paso trataba de retener aunque el frío y las heladas prematuras fueran un aviso inequívoco de que el dueño de esos ocres y las rencillas vespertinas pronto serían recuerdo. El Otoño también era la sombra tibia sobre la casa de los viejitos Ortali que desde aquí siempre veíamos lejana. ¿Por qué será que el Otoño, aquel Otoño y tal vez todos los Otoños sucesivos me ponen en súbita tristeza, dulce como un elixir que uno no quiere nunca dejar de beber?
Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar
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Desde sus ancestrales orígenes, la relación entre poesía y poder ha sido por lo menos ambigua, cuando no conflictiva y abiertamente contradictoria. Porque al poder le agrada la música poética cuando lo alaba y le rinde pleitesía, como lo prueban múltiples experiencias históricas comprendidas en un arco que va desde Virgilio hasta Lugones, por señalar polos extremos de su dimensión cronológica. Pero también al poder la poesía lo irrita, lo enfurece, cuando siente que su lengua lo interpela y lo denuncia, tal como lo prueba tan cercanamente y entre nosotros el destino de poetas como Miguel Angel Bustos, Carlos Aiub, Francisco Urondo, Roberto Santoro o Juan Gelman, por mentar algunos ejemplos notorios.
Tamaña oscilación en las respuestas que el poder brinda a la poesía seguramente tiene que ver con el antagonismo irreductible que separa a sus lenguas. La lengua del poder tiende a lo unívoco, al sentido único, impuesto como ley sobre el habla de las sociedades. La lengua de la poesía, por el contrario, tiende a un decir plural, radicalmente insumiso respecto de cualquier normativa que pretenda regirla, incluso la normativa propia de las gramáticas.
Los tiempos que corren no han hecho más que potenciar ese antagonismo. A escala mundial, el poder aspira a un lenguaje simplificado —y por lo mismo devaluado, empobrecido— que permita homogeneizar su discurso hegemónico. Ese lenguaje es el que exhiben cotidianamente la mayoría de los medios de comunicación, y es el único que parece interesarle o importarle al poder. En ese contexto, la poesía, confinada a una suerte de deportación cultural, solamente les importa a los propios poetas, y a los escasos pero consecuentes lectores que su discurso todavía convoca.
Semejante cuadro de situación permite comprender las causas más profundas que han generado un lamentable episodio en nuestra ciudad recientemente, como fue el propósito de cerrar la Casa de la Poesía de Rosario. Las razones esgrimidas por los funcionarios responsables de dicha medida han sido tan inverosímiles como irrisorias, puesto que se adujo la falta de funcionamiento, o el no cumplimiento de los fines para los que fuera creada, como las razones que conducían a tomar esa decisión, según un argumento donde los responsables de tales males no eran justamente los encargados de su administración sino unos "otros" tan difusos como indeterminados; acaso los númenes que, se cree, visitan habitualmente a los poetas.
Así, asistimos a la paradoja de que una administración municipal que se enorgulleció de haber logrado que Rosario fuera sede del Congreso Internacional de la Lengua Española, intenta cerrar la Casa de la Poesía de nuestra ciudad. Ello significa desconocer el papel que la poesía juega, aún hoy, como fuerza al servicio de la potenciación, el enriquecimiento y la ampliación de la lengua. Pero no sólo eso: significa desconocer además lo que la poesía aporta a la argamasa cultural donde se construyen identidades colectivas y subjetivas, tradiciones y legados que configuran lo que algún pensador trasnochado imaginó como una suerte de "rosarinidad", esa marca identitaria que tanto parece preocupar a la administración municipal cuando se trata de "vender" la ciudad a los intereses económicos, políticos y culturales de otras provincias e incluso de otras naciones.
En estos momentos, hay indicios de que la administración municipal en sus más altos niveles estaría dispuesta a rever la cuestión. Enhorabuena si ello es así. Pero para aquellos que desde hace años estamos comprometidos con el estudio, la difusión y la promoción de la poesía escrita en Rosario, rever la cuestión significa no sólo admitir que la Casa de la Poesía debe seguir existiendo. Significa también dotarla de recursos técnicos y financieros, designar a sus autoridades por medio del único procedimiento legítimo que existe para esta clase de designaciones —un concurso público de oposición y antecedentes, ante un jurado compuesto por representantes del poder municipal, de la universidad y de los propios poetas— y, por sobre todas las cosas, significa admitir que la actividad de los escritores, como la de los músicos, los artistas, los plásticos y todos cuantos contribuyen a la existencia de una cultura rosarina, resulta imprescindible para que Rosario sea verdaderamente aquello que los logos municipales desde hace años pretenden simbolizar como nuestra identidad ciudadana.
Por Roberto Retamoso Doctor en letras, docente de la UNR, fundador de la Cátedra Libre "Felipe Aldana"
NOTA PUBLICADA EN EL DIARIO LA CAPITAL VIERNES 19/06 http://www.lacapital.com.ar/ed_impresa/2009/6/edicion_241/contenidos/noticia_5170.html
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“Soy, soy aquel muchacho, el fulback de Sportivo Glorias a Jorge Newbery, que alborotó la escuela” Carlos de la Púa
Por qué elegí jugar en ese puesto tan ingrato es algo que nunca me será develado, como a un creyente la Sagrada Trinidad. Lo cierto y verdadero es que yo desde muy chico, instintivamente, en los picados me paraba frente al arco, de espaldas a mi arquero porque me gustaba ver como se desarrollaba el partido, desde un lugar –creía yo- privilegiado para seguir todo el trámite y poder intervenir cuando mi arco peligraba. En verdad no podía jugar en otro puesto, pero allí me sentía seguro, a mis anchas. Con el tiempo supe que ese puesto se llamaba “back centro” o “back derecho” o se traducía el back por el de zaguero o como le decían los muchachos “fulbá”, simplemente. Entonces yo siempre que estaba de espectador y veía jugar a los grandes los miraba para ver cómo se desempeñaban en mi puesto, todos los que con variada fortuna pasaron por el Club y aún los de otros equipos pero aquí sólo los que se destacaban. Por Huracán pasaron casi cronológicamente los que nombro: Quique Moreno, Fatiga Scozziero, el Petiso Capobianco (a quien las pelotas de alto lo pasaban como “alambre caído”, según mi padre) el Turco Díaz, el Negro Ferreira (venadense y gran tipo) y así sucesivamente. Los “primos” del otro lado de las vías tuvieron algunos buenos: Virginio (que había jugado en Central) Jorgerino a quien todos apodaban “El rosarino” y que se casó con la Cholita Camiscia y se quedó en el pueblo y tuvieron un hijo a quien llaman Semilla y es “canalla” fanático, mi amigo el Cabezón Albanessi; en Gödeken estaba Cesáreo Rodriguez, que pateaba inevitablemente con la punta del botín, unos tiros para decapitar contrarios y el recio Villalba, de “9 de Julio” de Beravebú. Dos grandes “cepilladores” que dejaban heridos a los delanteros rivales. De hecho yo rechazaba ese juego demasiado brusco. Del “Min” Villarreal había aprendido desde muy chico a cuidar mi marca (¿quién la cuidaba en ese tiempo?), yo lo sufría todos los partidos ya que mis compañeros no eran de mi misma filosofía y dejaban a los delanteros entrar orondos al área con gran peligro para el Mincho Vega, nuestro heroico arquerito que andaba siempre a los manotazos y por el suelo. Yo diría que se colaban en nuestra defensa como peligro los torpedos dispuestos a fusilar al Mincho en la primera de cambio. A mí eso me llenaba de preocupación y muchas veces nos llenaban de goles. Es cierto que era un fútbol más lento, pero también más bello –espero no ser traicionado por los recuerdos –como un ballet en el que muchas veces la torpeza de un defensor terminaba en infracción inevitable, aunque casi siempre sin mala intención. No quiero decir con esto que fueran señoritas ni que todos teníamos habilidad con la pelota, pero la velocidad era muy mal mirada. “Masquique” Sequeira me cuenta una anécdota de otros tiempos. En Huracán debutaba Néstor Peiretti, el famoso Petiso, pura garra y pasión y se ve que el hombre se quería ganar el puesto, y corría de un lado a otro de la cancha. El Flaco Maggi y el Pelado Míguez, dos cracks ya de vuelta, se miraron atónitos y el primero le pregunta al otro. - ¿Y éste adónde va tan apurado? - No sé- contestó irónico el Pelado- se le estará yendo el tranvía... Había varios que trataban a la pelota como a la niña de sus sueños: Balazo Renzi, Lallana, el Toto Míguez, el Nino Míguez (hijos del Pelado, primer maestro que tuvimos). Antes el fútbol se jugaba, hoy se corre, simplemente. Ese bello fútbol que se comió el “negocio de las liebres”, como decía mi viejo, ese fútbol que como tantas cosas se nos fue para siempre. Ahora cuentan sólo los resultados, si hasta los goleadores son tales cuando hacen más de 5 goles en un campeonato y antes para tener patente de tal debía por lo menos pasar de cuarenta. El fútbol era nuestra manera de respirar, de identificarnos, de estar en el mundo y el amor a una camiseta más importante a veces que una novia. Las anécdotas de aquel tiempo feliz, pero perdido para siempre, se activa solamente cuando en las mesas del Club Huracán nos reunimos –no a recordar, eso viene, casi siempre de suyo- en pláticas calmas que no son nunca alteradas, ni cuando las opiniones son encontradísimas –la única condición no la ponemos nosotros, sino la historia y el tiempo transcurrido, ya que por razones más que obvias los más jóvenes no pueden opinar. Y yo, aunque a veces disiento con un recuerdo compartido, nunca refuto a nadie, por dos razones: la primera, por respeto amistoso y la otra porque mientras escucho hablar a mis amigos, no puedo separarlos de aquella bruma lejana de la infancia donde nadie valora en su magnitud este regalo de la vida que nos junta de nuevo como si nunca nos hubiéramos separado y los vientos y las tormentas del mundo que a cada uno fue dejando alguna cicatriz no nos hubiera tocado. Acá, en el Club Huracán, transitan sin discusión, como un dogma, dos cosas indelebles: la amistad y los recuerdos, y con ellas le hacemos modestamente pata ancha a la “Huesuda” que nos mira con envidia esperando pacientemente su oportunidad. Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar
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“El sombrero de alas anchas con que adorno mi cabeza”, así cantaba Manuel González, el popular Manolo, solterón, y vecino cuando pasaba debajo de la débil luz de la esquina donde se reunían los sapos. Una sola lamparita que se balanceaba a la más leve brisa y ensombrecía la calle de tierra y sus hondos zanjones que cubrían los yuyos. Aquel pueblo es mi pueblo, el que se adormecía en siestas aletargadas y extensas, con su carrito heladero que pregonaba su exquisitez seductora, o las vascos lecheros que venían del campo o Bureau, el hielero que atravesaba los veranos y las calles con sus barras envueltas en bolsa de arpillera, con su forcito hipante, pletóricos y lleno de orgullo, con su radiador lleno de mariposas. Los vecinos con sus trabajos humildes, cuidando sus quintas fresquísimas, olorosas de hondas albahacas y las vecinas con sus gallinas y sus chismes y sus paseos al cementerio y a la misa inevitable del domingo. Alguna me llamaba para ofrecerme un plato de higos dulcísimos, tal vez para recompensar un mandado, sin saber que yo prefería un par de monedas que poco habrían de tintinear en mis hueros bolsillos. Entre todos sobresalía un hombre gordo, vasco, silencioso, a quien llamaban “El nuevo rico” , porque pasó de simple cocinero de la estancia Maldonado a rentista ocioso. Lo veo todavía caminar esa cuadra hasta la casa con veleta de don Manuel Gómez y volverse. Pantalón claro, faja negra, boina vasca y caminar elegante en el aterido rincón de mi memoria. Esa calle donde vivían Manolo y el Vasco, era la última del pueblo y se deshacía en llanura, motivo por el cual no era difícil que pasaran criollos a caballo, peones de Maldonado, a veces solos, a veces en grupo, y a veces arreando ganado. Esta era una situación que nos encantaba, ya que subidos a los árboles podíamos mirar con suma comodidad las cornamentas peligrosas desde un lugar protegido. En esa calle también vivían los Míguez. El matrimonio lo formaban Ubi González (hermana del Manolo) y Andrés Míguez, el inolvidable “Pelado”. Un gran crack futbolístico de nuestro club y de toda la zona, era además un dirigente sindical respetado. Pertenecía al gremio de los estibadores, como mi padre. Me encantaba oírlo en las asambleas. Era un fogoso orador y polemísta temido. Ubi era dulce y silenciosa y tenía una hermosa sonrisa .Yo iba mucho a esa casa , ya que era –y soy todavía por suerte- muy amigo de su cuarto hijo varón de una serie de cinco. Claro que hablo de Jorge Miguez, el “Toto”, como todo el mundo lo conoce. Frente a la casa siempre pintada del rojo, de don Manuel Gómez, en cuyo techo enseñoreaba una veleta con un gallito compadrón y señero, estaba la casa de la viejita Lencioni, que vivía con Pedro, su hijo solterón, Siempre apoyado a un paraíso con su eterno pucho en la boca. Pedro era silencioso, era calvo y tenía los ojos celestes, como su madre. Doña Lencioni criaba una bandada numerosa de gansos, a quien abría la puerta a las primeras horas de la mañana y la dejaba en la calle hasta el atardecer, cuando munida de una ramita salía a recogerla. No me acuerdo de su nombre, ya que siempre la llamaron así, “doña Lencioni”. Tenía los ojos muy claros y no se quitaba el pañuelo de su cabeza que supongo enteramente blanca, como habrán sido los picos nevados de su aldea italiana. Cuando la conocí, ya era viuda. Si sigo por esa calle, que hoy se llama Juan de Garay y es el corazón del “Barrio del Jazmín”, puedo citar a otros vecinos de entonces. En esa calle vivía un matrimonio italiano: del buenazo don Pedro Aimetti, que oficiaba de regador comunal y su mujer, doña Luisa, muy afecta a las mateadas, con mi vieja y el oriental Eufrasio Campos y su mujer, doña Rosa, criolla de ley, si las hubo en mi pueblo. Una cosa que recuerdo de ese tiempo es que la gente cantaba y silbaba por la calle. De lo que deduzco que la gente era feliz. Hoy serían tomados por locos, sin embargo hablan solos, sin saber por qué, en la vía pública. Era natural y era bello ver a la gente silbar y cantar, como mi vecino el gordo Spina, a quien todos llamaban “El pobre”. Tal vez para diferenciarlo de su hermano, Humberto, que también era peluquero y tenía su negocio en el centro, si bien vivía frente y ramos generales del Cholo Belluschi, quien bautizó al barrio y era el armador de todos los equipos de futbol que lo representaba. En la esquina vivían doña Marianna y don Clemente Gerlo, sufridos inmigrantes que penaban por sobrevivir con su quinta y su huerta que saqueábamos sin piedad. Yendo hacia el campo del Gordo Compañy, estaba la casa de Faustino López con su pasión de peronista y sus hijos numerosos. Luego la nonagenaria Juliana Díaz que escatimaba higos a mi niñez golosa, y al final la casa de don Leandro Correa, casado con doña Carmela de cuyos dos hijos menores yo era amigo. En especial de Miguel Ángel, o “el Chajá” como le decíamos. En la vereda de enfrente la viuda Benaglio, directora de escuela, jubilada, con sus hijos Lila y Carlitos, un muchachón alegre que paseaba su inmenso perro y silbaba con gran ahínco las canciones de moda. Luego seguían: la casa de Agripino Bruno, sanpedrino y peronista, como su vecino don Cruz Roca. La esposa de Agripino se llamaba Margarita , una matrona que ayudaba en los partos. Indefectiblemente se paraba en la esquina donde jugábamos y con gesto autoritario bajaba y subía como amenazando. Nunca supe porqué. Si no le hacíamos nada. Y al final estaba la casa de Pedro Becerro, casado con la viuda Jiménez, madre del inefable Cachito, cuyo nombre, aunque no su rostro, perdí para siempre. Más allá otras familias numerosas, engrosaban la pibada del Barrio: los Sánchez, los Escudero, los Balquinta, los Suárez, los García. En fin, tanta gente que hoy son olvido, raspa del tiempo que se arremolina con insistencia en mi desolada memoria, y cuesta a mi razón y a mis años, que alguna vez existieran y es algo más que un empecinamiento de la memoria recurrente. Como la canción que Manuel González cantaba, bajo el sombrero oscuro que le cubría el rostro, de nariz muy prominente, bajo esa lamparita de la esquina que ya es -como muchas cosas- el definitivo olvido en la miseria más triste de todos los tiempos. Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar
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BALDOMERO FERNANDEZ MORENO la modernidad que no muere
Sometida a los vaivenes implacables del tiempo que trae “liciones con sus mudanzas” al decir de José Hernández, una obra literaria puede ser sepultada en el olvido para siempre o puede, como en el caso de Góngora, esperar con paciencia algunos siglos para ser justamente reivindicada. En el caso de nuestro querible Baldomero Fernández Moreno tal vez no sería prudente esperar tanto, aunque yo no pretenda compararlo con el gran cordobés. Muerto en 1950, su poesía, presuntamente inmediatista, podría ser tomada por banal si la lectura actual fuera apresurada o distraída como suele ser costumbre en nuestra crítica. Después de una intensa vida sin escándalo, su obra fue consecuente con su poesía y se simbolizó tanto con ella que hizo que Emilio Carilla lo definiera como “autobiografía lírica”. Producción “nerviosamente escrita y publicada” según sus propias palabras, iba siendo por su autor “ordenada” temáticamente y corregida cuando lo sorprendió la muerte a mediados de 1950. Varias cosas nos llaman la atención en su discurso. La primera es la exactitud total que adquiere en la métrica y una justeza en el manejo del verso y aún de la prosa –menos conocida y editada- que no deja de sorprendernos. Esta advertencia no puede tomarse a la ligera, ya que es cada vez menos frecuente leer en los autores un manejo seguro de la sintaxis española, que no es baladí, aunque resulta obvio remarcarlo. A veces hemos pensado qué raro manejo fluía de sus textos donde resulta imposible quitar una como sin que se derrumbe su delicada arquitectura. Tempranamente reconocido por sus pares, de costumbres mansas y cordiales, es posible que no haya suscitado sobre sí ninguna atención desmesurada, pero muchos lo reconocieron de este lado y del otro del océano. Banchs nada menos, escribió “es el primero que se para y mira alrededor. Muerto Carriego, Fernández Moreno retomó esa cordialidad discursiva que tenía en cuenta lo doméstico extrayéndole, además, un refinado lirismo. Tanto que hasta algo tan poco poético como un tacho de basura podría resultarle, a su espíritu, algo llamativo. Desechó casi monótonamente la pirotecnia de los años 20, eludió las modas sin ninguna dificultad y reconoció con apabullante humildad, cuando se le preguntó si era el jefe del sencillismo: “Yo sólo he sido fiel a la exhalación natural de mi ser”; dejando con ello zanjada cualquier actitud que no contemplara su propio proyecto de una escritura sin alardes pero también sin desviaciones. Varias cosas hoy puede llamarnos la atención en la obra de este auténtico argentino. La primera es su impermeabilidad, la incontaminación que protege a su obra pese a las conmociones sociales de las que fue contemporáneo. Sólo un par de versos casi desganados se pueden extraer de su profusa obra publicada. “Unos son conservadores /los otros son radicales/Otros son conservadores…¡Oh la lluvia en mis cristales!” (1919). De lo cual puede uno imaginarse la prescindencia de las formas políticas o las banderías de su tiempo. Esto en cuanto a las marcas externas que pueden aparecer en su poesía, aunque tampoco se le conoció una militancia activa en política, ni siquiera alguna preferencia, salvo el compromiso con un amigo de un partido provincial que lo incluyó como candidato a senador por Chascomús. Su hijo César lo cuenta: “Por supuesto, perdió la elección: el día del comicio había olvidado repartir las boletas electorales, con su nombre. Allí quedaron cuidadosamente empaquetadas y vírgenes, en un ángulo de su consultorio”. La segunda es esa condición innata para dominar nuestro idioma en una versión de exactitud y capacidad expresiva extrema, y todo ello tenido a un gran poder de síntesis. ¿Qué leía Baldomero? Darío, Machado y con entera seguridad todos los clásicos del Siglo de Oro español. No es improbable que haya desechado muchas de las líneas de la poesía moderna, aunque hay constancia que tenía bien leído a Rimbaud y Baudelaire. Es probable que su formación haya sido tradicional, muy española, rasgos de su habla parece que lo hacían muy castizo, pero eso, según Borges, fue su virtud. “La falta de tradición le ha servido. Un literato criollo no puede mirar la llanura sin alguna memoria de la época pastoril y de nuestras discordias civiles, sin la presión e interposición de un fantasma: Rosas, López, Soler o el hombre mitológico Martín Fierro. Fernández Moreno, hijo de extranjeros, ha podido mirarla con integridad e inocencia, sin que el pasado enturbie el presente”. Muy certero, como siempre, Borges; porque además se justificaría ese fervor casi de escarapela que tenía por lo patriótico (hasta una parte de su obra hay que él llama justamente “Rama patriótica”). No solamente era hijo de españoles, sino que él mismo había vivido entre sus 6 y 12 años en Bárcena, la aldea santanderina paterna y habría mamado hasta las leyendas de su “aldea española”. Estuvo justamente en España los años que Pavese considera fundamentales para un poeta: los de la primera infancia. Los años en que todo se marca a fuego en la memoria vivida del niño. Por eso resulta notable lo que Borges, afirma “esa inocencia” ese descubrimiento de lo que él llamó en “La patria desconocida”, un ojo nuevo para mirarlo todo, empezando por el nuevo paisaje. Se le ha objetado tal vez un excesivo descriptivismo, pero por otro lado esa presunta “objetividad” nunca es neutra, por que lleva implícita una mirada de amorosa comprensión, cuya delicadeza pone a veces de manifiesto en un solo verso, “desvío” de la mirada aparentemente comprometida sólo con lo exterior. Si disculpamos esta aparente “ingenuidad” escolática suya, no nos debería llamar la atención que no haya visto el quiebre social que iba carcomiendo y revolucionando las bases sociales que se levantaban a la busca de un mayor equilibrio y una mayor justicia. No tenemos derecho a exigirle una postura que no sintió y debemos ajustarnos a los tópicos que sus textos eligieron, de lo contrario elegiríamos la opción de una lectura interesada. Se podrá objetar también que editó demasiados libros -uno o dos por año a veces- pero en su descargo diremos que ningún avatar doméstico le fue ajeno, por pequeña cosa que nos parezca. Fernández Moreno pertenece a esa estirpe de escritores que ya no existen y que asumían un compromiso de exactitud con el idioma. Que no admite ripios, ni distracciones disfrazadas de la originalidad y de la propia y escondida ignorancia. Y lo digo pensando en aquellos que tanto hicieron por nuestro idioma y parece que se los nombra -Borges, por ejemplo- sin leérselos, o se los olvida lisa y llanamente como Gerchunoff, Nalé Roxlo, Mastronardi, Rega Molina, González Carbalho, Rojas Paz, entre otros. Hemos escrito anteriormente que tal vez su error fue la incontinencia cuando ella quedaba expuesta en la letra impresa, pero, también diremos que cuando la muerte lo sorprendió –con apenas 62 años- estaba expurgando sus libros y dejando a futuras generaciones lo que él llamó “Obra ordenada”. Pruebas fueron las antologías que editara Espasa Calpe en 1941 (primera versión) hasta llegar la sexta en 1954. Criterio discutible éste del “ordenamiento”, ya que altera “el orden” cronológico y “natural” de la obra de un autor. Pero desde que sabemos que de todos los discursos, el escrito es el único pasible de ser enmendado, tachado y aún negado, todo es posible y permitido. ¿Quién puede olvidarse de algunas piezas imperecederas que nos regaló su pluma? “Setenta balcones y ninguna flor”, “Octavas reales a Pepito”, o su magistral “Soneto a tus vísceras” o aquella inmejorable “La vaca muerta”, que comenzaba: “Lentamente tenía la vaca bermeja…” Y se lo criticó desde un iluso y tonto realismo ya que, al parecer, no existen las vacas bermejas. Pionero de estas críticas fue un rematador de hacienda de Chascomús, que un diario local publicó por primera vez cuando Fernández Moreno vivía allí Las críticas, al parecer, siguieron, hasta que el poeta cedió a la presión del realismo y cambió el adjetivo original por uno que consideró menos irritante a los críticos y puso “Lentamente venía la vaca rosilla” Ganaron los rematadores de hacienda y de la poesía pero yo me sigo quedando con la vaca bermeja. Similar polémica rural armó aquel famoso “overo rosao”, que trajo una batahola donde hasta Lugones terció con su sapiencia de ex comarcano de la Villa del Río Seco. Pregunto yo: ¿acaso los poetas no tienen la potestad y el permiso de verle peras al olmo? Siguiendo con esa línea versal que lo ataba a su circunstancia inmediata, podemos agregar con Borges “más de una vez ha oído Fernández Moreno el reproche de ser un poeta de circunstancias.(…). A ello cabría replicar que la idea de que lo particular no es poético y sí lo indefinido, lo general es inseparablemente prosaico. Esta reflexión de Borges debe tomarse en cuenta o sólo porque está en lo correcto, sino por venir de quien viene. ¿Acaso él –Borges- no fue “limpiando” toda su obra de “localismos” y particularidades temáticas o referencias rastreables en el exterior? Cierto pudor o diría mejor, cierto prejuicio de nuestras letras alude, de alguna forma, esas particularidades, como si lo indefinido pudiera asegurarnos el viaje intelectual alrededor del mundo civilizado con sus múltiples traducciones y una eternidad asegurada a plazo fijo. Nada más provinciano y alejado de la realidad que este pretendido universalismo, como si hubiera una fórmula o un atajo para arribar a las generaciones que vendrán o a las altas cimas de la fama imperecedera. Todo lo escrito sirve para dejar la humilde opinión de que, en poesía, ninguna cosa que aparece simple deja de ser el resultado de una minuciosa orfebrería aún a pesar de la propia confesión de un autor como Pedroni: “Sólo yo sé cuánto cuesta ser sencillo”. Lo cierto es que al transitar la poesía profusa y aún prolífera que circula por sus versos, estaremos ante una de las voces más auténticas de nuestra lírica. Mención aparte merecen sus prosas, que si excluimos sus memorias se reducen sólo a dos pequeños pero magistrales volúmenes de “impresiones” -de alto contenido poético y de un ejemplar manejo del idioma, con una orfebrería tan delicada que hasta parece imposible un uso tan inmejorable de los adjetivos, la certera puntuación y el uso inimitable de las comas- y un libro de aforismos. Dada la desprolijidad de los escritores de Internet, no me parece poco. Al contrario. Por Jorge Isaías
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LA POESÍA EN LOS BARES (La Sede), Martes 09/06 20.30 hs Invita a usted a su ciclo de lectura de poesía el martes 9 de junio a las 20:30 en la Subsede, San Lorenzo y Entre Ríos. Es esta oportunidad participarán los poetas Clarisa Vitantonio, Alejandro Mensi y Corina Moscovich, siempre con las presentaciones de Roberto Lobos
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El lunes 8 de Junio, en el bar tercer mundo, a partir de las 20 hs, además de las lecturas; realizadas en ésta ocasión, por: Norman Petrich, Marina Maggie y Marcelo Cutró.Con el acompañamiento musical del dúo Bivarieta ( conformado por: Leandro Vacchino y Diego medina). LLevaremos adelante la Asamblea " Todos Juntos, para decir No, al ciere de la Casa de la Poesía", porque la participación de todos los poetas, amantes de la poesía, y artistas en general, no puede estar al márgen. Es esencial la presencia, y el diálogo. Por eso empezaremos un rato antes, por favor, sean puntuales! Abrazo! Alejandra Mendez
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Los invitamos a leer el nº 8 del revistual platense en el blog: www.diagonalconverso.blogspot.com
DIA/AGONAL CON/VERSO Nº 8: (Revistual independiente. Idea y producción Norma Etcheverry y Sara Cuber. LA PLATA, ARGENTINA.mayo/2009)
*EL TIEMPO, EL IMPLACABLE : sueltos de la poesía platense *DECIR EL TIEMPO: Qué es el tiempo, dónde empieza, dónde termina? La escritura llega con la percepción del vacío. *Poetas de Antología: SALVATORE QUASIMODO *CON VERSOS DEL DIAGONAL Y MAS ALLA: María Antonio, Angel Sorkin *POETICAS DIAGONALES: Lecturas, Encuentros, Ciclos, Libros.
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La Capital informa que las autoridades municipales han decidido el cierre de la Casa de la Poesía dando al inmueble que hoy ocupa otro destino. Tal medida me parece altamente contradictoria. Tantas veces Intendentes y funcionarios posicionaron a Rosario como “polo cultural “ o “ capital de la poesía” en diferentes foros con altivo orgullo. En esta ciudad se lleva a cabo año tras año uno de los festivales de poesía más importantes del mundo y por estos días el teatro El Círculo se engalana con la realización del III Encuentro Internacional de Poesía que convoca a escritores de diferentes países. Como muestra de la calidad y valor de la literatura rosarina baste mencionar algunos de los autores que La Capital anuncia en la colección La literatura en Rosario : Felipe Aldana, Alcides Grecca, Jorge Riestra y tantísimos otros. Cabe preguntarse entonces: ¿cuando alguna dependencia cultural “no funciona bien “ hay que cerrarla ? Cerraríamos también entonces ante alguna gestión desacertada el museo Castagnino o el bellísimo Estevez ? No sería más lógico corregir el rumbo, convocar a un concurso de ideas para optimizar el espacio, ampliarlo y sobretodo otorgar a la literatura un presupuesto al menos cercano al que se les asigna a otras disciplinas? Quizá la poesía no venda demasiado pero constituye claramente uno de los pilares de la identidad de los pueblos y como bien expresaba Mario Benedetti “es el género de la sensibilidad última e irreversible”
MIGUEL J CULACIATI
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Programa
Lunes 18 de Mayo 19:30 h Encuentro Internacional en Arroyo Seco auspiciado por la Asociación Cultural El Círculo con la participación de los poetas Renatta TORRES NAVA (México), Alexis ROMERO (Venezuela), María Teresa OGLIASTRI (Venezuela), Mario ALONSO LÓPEZ (México), Álvaro MATA GUILLÉ (Costa Rica), Pedro ENRÍQUEZ (Granada, España) Claudio F. PORTIGLIA (Junín, Buenos Aires), Eduardo D'ANNA (Rosario), Guillermo IBÁÑEZ (Rosario) y Héctor BERENGUER (Rosario); y la comunidad de la ciudad de Arroyo Seco.
Martes 19 de Mayo 19:30 h Homenaje al hermanamiento poético Rosario-Granada, en la voz del poeta Pedro ENRÍQUEZ. Marcelo CUTRÓ (Rosario), Alejandra MÉNDEZ (Rosario), Sergio GIOACCHINI (Rosario), María Teresa OGLIASTRI (Venezuela), Marcelo SCALONA (Rosario), Renata TORRES NAVA (México), Corina MOSCOVICH (Rosario), Fernando MARQUÍNEZ (Rosario).
Miércoles 20 de Mayo 19:30 h Álvaro MATA GUILLÉ (Costa Rica), Claudio F. PORTIGLIA (Junín), Fabricio SIMEONI (Rosario), Mercedes GÓMEZ de la CRUZ (Rosario), María Paula ALZUGARAY (Rosario), Alexis ROMERO (Venezuela), Mario ALONSO LÓPEZ (México), Concepción BERTONE (Rosario).
Por mayor información: http://www.semanadeletrasylectura.blogspot.com Entrada libre y gratuita. Se agradece su difusión.
Organización Asociación Cultural El Círculo Coordinación General Héctor BERENGUER Colaboradores Fabiana ALONSO, Luciano SAVORETTI Presentación de las lecturas Marisa CHAZARRETA
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